General Cristero: Enrique Gorostieta

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    General Cristero:  Enrique Gorostieta

El intercambio entre Cronistas de Ciudades Mexicanas de la República Mexicana que desde hace algunos años he frecuentado, ha enriquecido mi biblioteca con obras y documentos muy valiosos; algunos de ellos raros y hasta de difícil adquisición. Entre ellos, guardo celosamente la obra “Cartas del General Enrique Gorostieta a Gertrudis Lasaga”, que hace tiempo la Mtra. Mirtha Hinojosa; Cronista de la Ciudad de Parás, Nuevo León me obsequió. Enterada ella, que en la Región de los Altos se desarrolló con mas ardor la Revolución Cristera, no dudó ni tantito en hacerme llegar tan preciada obra.

El Gen. Enrique Gorostieta Velarde, a quien de apodo algunos le decían “El Gorra Prieta General Invencible”, llegó en un momento a coordinar a todos aquellos que inconformes con las arbitrarias leyes de Plutarco Elías Calles se habían levantado en armas para defender a la Iglesia, participando en el último movimiento armado en México, conocido como Revolución Cristera.

Nació en Monterrey, Nuevo León, el 18 de septiembre de 1890, en el hogar del Lic. D. Enrique Gorostieta González y de Da. María Velarde Valdés y Llano y falleció en la Hacienda del Valle, en Atotonilco el Alto el 2 de junio de 1929. Su familia era de origen vasco. En el mismo lugar de nacimiento estudió en el Colegio Hidalgo. En 1906 ingresó al Colegio Militar y participó dentro del Ejército Mexicano de 1911 a 1914. Sirvió en el Ejército, del que era Teniente Táctico de Artillería Permanente, las últimas semanas del Gobierno de Porfirio Díaz; en el mandato de Francisco León de la Barra, en el gobierno de Francisco I. Madero y en el mandato del usurpador Victoriano Huerta. En 1914 le tocó defender Veracruz y cuando Victoriano Huerta renuncia a la Presidencia de la República, se separa del ejército en agosto de 1914, para luego  dedicarse a la industria. 

El futuro General Cristero conoció a Gertrudis Lasaga Sepúlveda; “Tula” o “Tulita”, como era también conocida, nació en la misma Monterrey el 18 de junio de 1895, en el matrimonio de D. Andrés Lasaga Yarto y de Da. Gertrudis Sepúlveda González; cuya familia también emigra a la Ciudad de México, lugar donde se conocen Enrique y Gertrudis, quienes contraen matrimonio  en la iglesia de los Santos Cosme y Damián, el 22 de febrero de 1922 a las diez de la mañana.

En su matrimonio procrearon a Enrique, que nació el 24 de septiembre de 1923 y falleció infante el 6 de mayo de 1924. Otro Enrique, que nació el 18 de enero de 1925. Fernando, quien nació el 28 de julio de 1926; y Luz María, a quien el General tan sólo conoció en fotografía; pues nació el 25 de enero de 1928.

La historia de Gertrudis Lasaga es interesante proeza que se desarrolla en Monterrey, Torreón y la Ciudad de México, marcando durante la Guerra Cristera un espacio de esperanzas fallidas, porque la nobleza y caballerosidad de conciencia llevó a su marido, el General Enrique Goroztieta Velarde, a encabezar una aventura que su conciencia le ordenaba, aún en contra del gobierno establecido de México.

Gorostieta aceptó encabezar el Movimiento Cristero y andando así, no perdía el aventurero revolucionario, quien de ninguna manera, no era un improvisado en el arte de la guerra, a enviarle de cuando en cuando  sentidas y apasionantes misivas a su querida esposa Da. Gertrudis. En ellas manifestaba el amor y cariño que como padre y esposo hacía llegar a la madre de sus hijos. La que les presento ahora, se la envió estando en Aguascalientes y es claro ejemplo del contenido de la mayoría de ellas. Le informaba dónde andaba y por lo que pasaba; de la misma manera enviaba queridos saludos a sus pequeños hijos. Ya estaba en plena Revolución Cristera:

“Aguascalientes, 19 de sept. de 1927.

Mi adorada mujercita:

Por falta de medio, te he dejado sin mis noticias desde hace larguísimos días. Te aseguro, que por ello, he sufrido yo mas que tu misma.

¿Cómo estás y como los niños? Solo la fe en Dios me ayuda a soportarlo. Si yo supiera de Uds. todo me parecería de color de rosa.

Yo he estado entera y totalmente  bien de salud; desde hacía tiempo no estaba tan bien. Mi única queja es del genio, que lo traigo malo por la falta de noticias de Uds.

Mis asuntos van bien. Van resultando larguitos, pero estoy seguro que al fin se logra un éxito rotundo. En días pasados creí que pronto te vería, porque supimos que la compañía pensaba suspender los trabajos, pero no resultó así y debemos hacer aún el sacrificio de otra temporada de separación.

Tú no pierdas el ánimo. Sigue mis instrucciones, sobre todo refiriéndose a la salud de los niños y a la tuya y verás como Dios te dará el premio de tu abnegación proporcionándote una vida feliz en mi compañía, ininterrumpida hasta que nos llame a cuentas.

Pronto te ha de mandar Luis, dinero suficiente, a fin de que puedas regresar a México. Mi objeto es que te vayas a Tacubaya y allá te esfumes. Contarás así con toda clase de noticias, con médicos, etc. etc. y yo estaré completamente tranquilo respecto de ti y los niñitos. Así que tan pronto puedas emprender el viaje y esfúmate. Igual cosa podrías hacer en la Sierra o en Parras, pero yo quiero al Compadre y además, los médicos se facilitan en la capital.

Por mi salud no lleves pena, pues acuérdate lo que te ofrecí y está segura de que lo estoy cumpliendo.

No olvides de recordarme con los pequeños; tu recuérdame también y reza y reza y muy pronto volveré a darte los besos que ya nos vamos debiendo de estos meses últimos.

Termino, porque las cuerdas se me aflojan y acabaré como la del Rey que Rabió.

Te besa todas, toda.       

Enrique”.



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