Más vale morir amando que vivir sin amor llorando

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    Más vale morir amando que vivir sin amor llorando

Uno de los grandes dones que se le han concedido al hombre es el don de la palabra. A través de ella podemos expresar nuestro amor o nuestro odio, la aceptación o el rechazo, la confianza o la inquietud, la admiración o el desprecio. 

Según eso no podemos concebir a un padre y un hijo que no se dirijan la palabra o dos enamorados que no se hablaran o dos amigos que sólo de vez en cuando se llamaran para saludarse, y en ese sentido se nos hace inexplicable que los cristianos no usen ese don de la palabra para dirigirse a Dios y a Cristo Jesús a quien dicen que aman, y sobre todo sabiendo que Él nos ama. 

Es inexplicable que las criaturas no le reconozcan al Creador su mérito por la creación y está fuera de toda comprensión que los creyentes no le reconozcamos a Cristo la entrega total de su vida en lo alto de la cruz para la salvación de todos los hombres.

 Es por esto que Cristo nos ha dejado una de las más bellas parábolas, pero con la salvedad de que contrariamente a lo que hacía en todas ocasiones, Él mismo dice por qué de la parábola y al final agrega  la conclusión y la aplicación a la vida. Para inculcarnos la necesidad de orar siempre y sin desfallecer, relato la parábola: 

En tiempos de Cristo la viuda era sinónimo de desamparo. La mujer de joven era propiedad del padre y casada, del propio marido. Y cuando éste moría, la mujer quedaba en la más profunda de las orfandades. Pues la viuda  de nuestra historia,  sólo pudo conservar una vaca y unos cuántos corderos. Sin embargo un día los hermanos del que había sido su esposo, se llevaron a la vista de todos, los animales de la viuda, dejándola con una mano atrás y otra adelante. 

Y comenzó su calvario. Se dirigió con el juez de la localidad. No nos imaginemos un juez con escritorio, oficina y secretaria. 

Después del arduo trabajo de cada día, el juez se sentaba a la entrada del pueblo y se disponía a atender las cuestiones que le planteaban cada día.

El juez de aquel lugar, lo dice claramente el texto, no temía a Dios ni respetaba a los hombres. A este juez la viuda comenzó a visitarlo día y noche,  pidiendo justicia contra quienes la habían despojado de todo. Por supuesto que no la atendió de ninguna forma, pero ella se presentaba puntualmente cada día, hasta que el juez, ya molesto con la presencia de la viuda que por muchos días  se sentaba frente a él en el suelo se puso a pensar: “Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, por la insistencia de esta viuda, voy a hacerle justicia para que no me siga molestando”. 

Que terrible es que haya injusticia en el mundo, que existan personas que no dudan en matar para despojar al pobre de sus posesiones, y que difícil es entender que haya jueces vendidos que se alían con los poderosos para despojar al pobre y al desvalido de sus bienes. 

Tenemos que entender que en esta parábola el protagonista no es precisamente el juez inicuo, sino la viuda que con su insistencia consiguió justicia para su triste situación.

Y la aplicación la va a hacer el mismo cristo: “Si así  pensaba el juez injusto, ¿creen ustedes acaso que Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a él día y noche y que los hará esperar? Yo les digo que les hará justicia sin tardar”.

Ya vamos entendiendo la necesidad de orar, si queremos mantener nuestra fe y nuestra esperanza, si tenemos deseos de que todo hombre tenga el pan de cada día y un techo digno para la propia familia. 

 Sabemos rezar, pero a lo mejor, con eso de que no vemos corporalmente al Señor, se nos hace cuesta arriba darle unos minutos de nuestro “valioso” tiempo y así vamos pasando la vida sin ese encuentro que da vida, que da color, que da encanto a los que han logrado la comunicación con el Señor que está vivo, pues aunque murió en una cruz, el Padre lo volvió a la vida y una vida que él puede comunicar a todos. 

Tenemos que aprenderle mucho a Cristo, que oraba mucho y pedía poco y pedía siempre para los hombres, no tanto para él. Nosotros hacemos lo contrario, oramos poco y pedimos mucho, y sobre todo a la desesperada, cuando nos aprieta el zapato, cuando las cosas no van bien, cuando nos vemos víctimas de la injusticia, entonces sí, clamamos al Señor.

Por una sola vez, Cristo clamó desesperadamente al Padre: “Si es posible, pase de mí este cáliz”. 

Pero cuando no le fue concedido, se entregó generosamente en manos de sus enemigos para salvarnos a todos. 

Finalmente diría que con la oración podremos obtener la bondad y la misericordia sobre los que viven en pecado, sobre los que explotan a sus propios hermanos, pidiendo la conversión propia y la de todos los hombres, como lo hacía Moisés cuando pedía por la salvación de su pueblo con las manos en alto.

El Padre Alberto Ramírez Mozqueda espera sus comentarios en alberami@prodigy.net.mx



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