Genio y figura: El ritmo del universo

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    Genio y figura: El ritmo del universo

 

"La quietud en quietud no es la verdadera quietud; sólo cuando hay quietud en movimiento, el ritmo del universo se manifiesta", decía Bruce Lee, el ícono de las artes marciales.

Esa quietud interior es lo que le daba esa rapidez inusual a sus maniobras y le permitía, por ejemplo, arrojar granos de arroz al aire para después cacharlos al vuelo con palillos chinos, entre otras famosas hazañas que quedaron registradas en sus películas.

Mas esa quietud interior no sólo se requiere para ejecutar las artes marciales, sino para la vida: para ser, estar, comer, descubrir, relacionarse, incluso para disfrutar la visita a un museo.

Observa cómo los turistas solemos estar exclusivamente pendientes de registrar las experiencias en nuestras cámaras, en lugar de sentirlas y vivirlas. Llegamos a los lugares, aunque sean sagrados, a tomar fotos y postearlas de inmediato en nuestras redes sociales, y le ponemos una palomita a un renglón de nuestra lista mental, para pasar a lo siguiente. ¿Cuántos likes tengo en Instagram? Eso es lo que finalmente importa, ¿no?

La instantaneidad nos roba la sensibilidad, hace que el ritmo del universo se esfume y, con él, el momento presente, tanto como la posibilidad de enriquecernos.

De esto me percaté esa mañana que recorría con mi esposo el Museo de la Orangerie, en la ciudad de París, en cuya colección permanente se encuentra la obra de los grandes pintores impresionistas y de la cual escuchamos la audioguía.

Mientras un centenar de turistas pasaba frente a los cuadros con rapidez e indiferencia -como tantas veces yo misma lo he hecho y, claro, con la toma de una foto de por medio-, la audioguía nos detuvo a mi esposo y a mí en la mayoría de ellos con una hermosa explicación.

El narrador exponía cada cuadro y lo ubicaba en una época; acompañado de música de fondo, su voz ahondaba en detalles de la vida del artista, la búsqueda milenaria de plasmar lo indecible, lo que no puede expresarse en palabras, se refería a la luz, al aire y al misterio. Gracias a ese recurso museístico me di cuenta de que observar una pintura y la vida es lo mismo: el tiempo se detiene y es cuando aparecen la eternidad y el ritmo del universo.

Sólo se requiere observar en quietud para darnos cuenta de que no se necesita nada más para encontrar un momento de eternidad. ¿Por qué esperar a que llegue la noche, el fin de semana o las vacaciones para entrar en la quietud? El reto y el secreto son practicarla en lo cotidiano.

Al observar las pinturas me di cuenta de que los motivos que los artistas plasmaban en sus obras eran lo más comunes: paisajes naturales, naturalezas muertas, retratos de personas en momentos cotidianos, objetos sencillos como la pequeña habitación de Matisse con la ventana abierta, una cama, una silla, un cuadro y un florero sobre una mesa. ¿Puede haber cosas más sencillas?

Al detenerse y observar en calma, sin prisa, el ritmo del universo se revela. Uno puede sentir el aire del Mediterráneo en una barca de Cézanne, el cielo y el sol suave de la campiña de Gauguin, la inocencia en la niña que toca un piano y la timidez de un niño en calcetas pintado por su padre Renoir, o bien, el privilegio de observar los nenúfares de Claude Monet.

Al estar presente frente a cada cuadro y observarlo en quietud, la visita se transformó por completo.

Bien vistos no hay momentos ordinarios, todos son extraordinarios. Apreciar las cosas simples con atención puede cambiar la existencia, podemos pasar de verla como un derecho o algo trivial, a verla como un privilegio. La clave está en esa quietud en acción a la que Bruce Lee se refería.

 



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