Lo imperecedero: Atrapado sin salida (Parte III)

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    Lo imperecedero: Atrapado sin salida   (Parte III)

Mario Peña Dodero

Autor, consultor y catedrático

mario@lopersonal.com

 

(Que en la primaria un condiscípulo te diga: “Nos vemos a la salida”, es un mal augurio. Pero si es Giorgio, el enorme alumno de sexto, conocido como “El Matalota”, tienes que preparar tu testamento, aunque tengas 11 años).

Como es frecuente en este tipo de infortunios, la solidaridad brilló por su ausencia. Sólo un puñado de compañeros trató de confortarme con sus palabras en esos momentos de apremio.

En lo que te recuperas, ¿me dejas usar tu pupitre?– Preguntó, Pepe.

¿Piensas confesarte?- Me cuestionó Jorge.

¿Y si lo purgamos?– Añadió el listo Ricardo.

Faltaban dos horas para salir y yo no hallaba sosiego. Me sentía más angustiado que un diputado en su última jornada de gestión, que tiene que buscar un empleo como cualquier mortal al día siguiente. Por fin escuché algo esperanzador:

Tengo buenas noticias. El Matalota se ha peleado como veinte veces-Dijo Pepe, mostrando la ausencia de dos dientes delanteros.

¿Esa es una buena noticia, bobo?– Le reprendió Jorge.

Sí- Repuso el aludido-, todos le han durado menos de medio minuto. Esto quiere decir que el sufrimiento será mínimo. Un golpe y a soñar.

Chuy, el métódico del salón, habló:

Matalota es muy grande, pero lento. Puedes bailarle alrededor como si fuera un oso, hasta que se canse. Eso sí, si te pesca y te tumba, lo que te conviene es hacerle como las cucarachas, que fingen estar muertas para que no les hagan nada.

Los vi como quien mira a un grupo de enfermeros primerizos que tratan de estabilizar a un paciente grave. Me rasqué tres veces la mollera. ¿Cómo me había metido en este embrollo?

Las expresiones de agresividad de los niños son una reacción ante la frustración, y generalmente manifiestan un comportamiento aprendido en etapas más tempranas, que se mantiene cuando crecen.

Por eso es importante que tengan un modelo positivo para avanzar por la vida, ya que ellos se relacionan con los demás de la misma forma que lo hacen sus mayores. A la hora de fijar límites, tenemos que ser cuidadosos para no emitir indicaciones ambiguas, que denoten un doble mensaje que confunda a la criatura.

Las dos de la tarde. Las clases terminan en medio del bullicio. Mi pesadilla llega al clímax. Soy transportado a tres calles de la escuela. Es como la pasarela en carreta que tenían que efectuar los condenados a la guillotina en la Revolución Francesa.

Un círculo de mozalbetes conforma los límites del improvisado ring. Trato de sonreirle a mi rival, queriendo despertarle un poco de compasión, pero el tipo ni se inmuta. Los dos somos lanzados al ruedo. Con el sol cayendo a plomo, advierto las dos sombras. O yo soy muy enano, o Matalota es tan alto y ancho como un edificio. Él me persigue, yo me le escabullo.

¿Vas a pelear o vas a huir?– Me gritan desde la derecha. Yo pienso: Caray. ¿Se vale escoger?

Pasan los treinta segundos de rigor. El público azuza y nos abuchea con malas palabras. El gigante busca cazarme, yo, como zafarme. El suda y bufa, yo solamente sudo. Se le nota cada vez más agitado, pero continúa lanzando golpes sin dar en el blanco. Seis, siete, ocho minutos nos sorprenden en el mismo tenor. Yo saltando como chapulín y mi contrincante aleteando sin destino.

¿Te das?– Me ruge, visiblemente agotado.

¿Ya te das?- Me repite, ya con desesperación.

¡Date!- Jadea, suplicante.

Por enésima vez, su puño, esta vez como en cámara lenta, vuela hacia mí. Sólo percibo la brisa sobre mi oreja, pero me desplomo en el suelo. Matalota, sofocado, se pone en cuclillas. Me observa con agradecimiento. Mantiene el récord perfecto.

Abriéndose paso entre la gente, la mamá del mocetón aparece, lo levanta de una oreja y se lo lleva caminando de puntitas. El muchacho lloriquea. Mientras lo arrea, la señora le grita: -¡Cuántas veces te he dicho que…!”.

Me pongo de pie y sonrío. Como decía mi padre: “En esta vida siempre hay alguien que te educa”.



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