Poniendo el amor a prueba de estrés

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Hace varios años, en una hermosa tarde de San Valentín en San Francisco, una amiga y yo decidimos visitar la Academia de Ciencias de California. El museo tenía temática de amor para la ocasión, con conferencias sobre citas y exhibiciones de vibradores antiguos, artilugios que parecían dispositivos de tortura medieval.

Luego de examinar los juguetes sexuales históricos con creciente horror, deambulamos a una conferencia donde una mujer estaba compartiendo los pros y contras de varios sitios de citas en línea. Su plática hizo que mi amiga sugiriera que yo creara un perfil en OkCupid.

Acababa de mudarme al área de la bahía y quería conocer gente, pero no estaba lista para citas. Así que en la sección de "Deberías enviarme un mensajes si..." escribí un párrafo sobre por qué alguien no debería mandar un mensaje. Al principio de mi lista: "No me envíes un mensaje si estás interesado en citas".

Un par de días después, recibí un mensaje de alguien que afirmaba que teníamos mucho en común, pero insistía en que yo contestara más que sólo 25 preguntas para que él pudiera "evaluar más confiablemente" nuestra compatibilidad. La curiosidad me condujo a su perfil, donde me di cuenta de que él había contestado casi 500 preguntas.

Resultó que él, también, había creado una elaborada lista de "No me envíes un mensaje si..." que incluía todo lo que yo habría escrito si hubiera pasado más tiempo en mi perfil.

Acordamos conocernos ese fin de semana en una cafetería. Él era delgado, con ojos azules y cabello café, y tenía el look geek por excelencia de San Francisco. Para completar el estereotipo, era fundador de una startup de tecnología, el equivalente de San Francisco a conocer a un escritor en Hollywood. La única cosa que resaltaba sobre él, además de su acento esloveno, eran sus lentes. En lugar de descansar en sus orejas como los lentes normales, colgaban a los lados de su cabeza como una enorme araña. (No se veían tan raros como suena).

Tomamos lattes, no sentamos en el patio y nos sumergimos directo en una profunda conversación sobre política y nuestros pasados. No hubo plática ligera sobre el clima o pasatiempos. El café se convirtió en cena, y pasamos la tarde entera discutiendo todo desde religión hasta robótica, desenterrando sorprendentes cosas en común una tras otra.

Ambos éramos geeks tecnológicos, pero nuestra superposición iba más allá de eso, con nosotros compartiendo primeros empleos idénticos, visiones del mundo, todo. Incluso nuestras madres parecían la misma persona. Nos topamos con el extraño hecho de que cada una nos había urgido (inapropiadamente) a enmarcar y exhibir nuestros certificados de exámenes de tecnología de la información de Microsoft porque Bill Gates los había firmado. Ninguna sabía mucho de nada sobre nuestro trabajo, pero ambas habían escuchado sobre Gates.

A las 10:00pm decidimos dar por terminada la noche. Él había tomado el tranvía local para encontrarse conmigo, así que le ofrecí conducirlo a casa. Nuestras experiencias y personalidades eran tan sorprendentemente similares que no pude evitar preguntarme si este encuentro era una elaborada broma práctica orquestada por mis amigos. Conforme me dijo cómo llegar a su casa, mi sospecha solamente creció, porque me estaba dirigiendo a mi propio departamento. Resultó que vivía justo cruzando la calle de mi edificio, un hecho que ninguno de nosotros había sabido cuando nos conocimos pocas horas antes.

Para descubrir nuestras diferencias, pasé la semana contestando cada pregunta que él había contestado en OkCupid, pero sólo encontré más similitudes. Tenía que dar mis respuestas antes de poder ver las suyas, pero una tras otra, nuestras respuestas eran idénticas. Nos encontramos el siguiente fin de semana para cenar, donde pasé cinco horas buscando razones para vehementemente disentir con él en algo, cualquier cosa.

Luego de tres meses, el único desacuerdo que teníamos era sobre manzanas; a mí me gustaban, y a él no. Pero ese es el asunto: nuestra ridícula falta de diferencias me preocupaba. Mi idea de una relación exitosa había sido esa del diagrama de Venn con una intersección saludable, no con dos círculos mayormente superpuestos, y que el mejor partido era aquel con el cual te complementas, no replicarse el uno al otro. Tal vez me estaba perdiendo de algo.

"Las cenas y actividades de fin de semana son fabulosas", dejé escapar un día. "Pero necesitamos encontrar una forma más eficiente de descubrir nuestras diferencias reales". 

"Ambos tenemos la misma meta", dijo. "¿Qué propones?".

En desarrollo de software, algunas veces fuerzas intencionalmente los límites para ver si el sistema se colapsa. Se le llama prueba de estrés, similar en concepto al examen de caminadora que lleva a cabo un médico para medir la condición del corazón de un paciente.

"¿Por qué no ponemos a prueba de estrés nuestra relación?", pregunté. 

Él estaba dispuesto, así que pasamos los siguientes 30 minutos discutiendo detalles. En esencia, queríamos crear el ambiente de matrimonio de décadas para ver qué tan bien se sostenía nuestra relación. Él se iría a vivir conmigo durante cuatro semanas, tiempo durante el cual nos ocuparíamos de nuestra vida sin ningún tipo de fachada: evitar el romance y no hacer nada para tratar de impresionar a la otra persona, al tiempo de ser francos sobre los desacuerdos y directos acerca de nuestras insuficiencias.

Además, creamos criterios de salida. Si durante o después de la prueba de estrés cualquiera de nosotros sentía que la relación no iba a funcionar, nos separaríamos amigablemente sin drama o culpabilidad.

Con nuestros términos acordados, se mudó el día siguiente (era bastante conveniente que ya fuera mi vecino), y nuestra prueba comenzó.

Normalmente no uso maquillaje, y él nunca me había visto utilizar otra cosa que brillo para los labios, así que no había mucho para probar allí. Pero, ¿qué pasa con las piernas peludas? Que yo podía hacerlo. Si viviera con alguien durante cinco años (o incluso cinco meses), habría un montón de veces en que él tendría que tratar con mis no tan suaves piernas.

Luego de un par de semanas, había logrado lo que mi ex solía llamar "piernas de Wookie". Para amplificar el efecto, vestí shorts. Luego vagué por la sala de estar donde él estaba agachado en el escritorio en su laptop.

"¿Cómo vas?", pregunté casualmente.

"Casi he terminado", dijo sin levantar la vista.

"Oh no, ¡mi camiseta está manchada!", dije, señalando una mancha de aceite de un experimento previo de cocina.

"Apenas si se nota", dijo.

Esa mancha no era la única cosa que apenas si notaba. "¿Esto te molesta?", pregunté señalando mis piernas.

"¿Qué me molesta?".

"Vello en mis piernas".

"¿Por qué habría de molestar eso a nadie?". Siguió corrigiendo su código. Así, como eso, hizo de la molestia obligatoria de afeitarme en invierno una cosa del pasado.

Para probar su propensión a los celos y la inseguridad, lo dejé solo casi todas las noches para ir a cenar y ver películas con mis amigos. Pero él estaba bien con la soledad, y lo único que hice fue agotarme con tanta socialización. Una vez que cumplí los 30 años, mi apetito por "salir" había disminuido significativamente. Todo lo que quería era ver un documental en pijama e ir a la cama temprano.

Por su parte, dormía tarde todos los días, dejaba tazas de café sobre la mesa de noche y ponía el termostato a unos templados 24 grados Celsius, todas las cosas por las que su ex habría lanzado un ataque. Pero yo no podía siquiera fingir que me molestaba ya que eran cosas que normalmente hago.

También dejó resurgir su personalidad boba, bajando la guardia que había puesto después de destrozar nuestro primer encuentro íntimo antes de que comenzara la prueba de estrés.

La primera vez que vino a mi departamento, estaba ocupada investigando algo en mi computadora de escritorio. Se quedó allí mirando inquieto.

"¿Está todo bien?", pregunté.

"¿Te importaría si hiciera algo?", preguntó, mirándome directamente a los ojos.

Estaba nerviosa, pensando que quería besarme. "Tal vez," dije.

La tensión estaba aumentando. Luego se acercó y me pasó de largo rumbo a mi escritorio. La siguiente cosa que supe fue que él estaba cambiando la configuración de energía de mi computadora de escritorio y de mi laptop de modo que utilizaran menos energía cuando estuvieran inactivas.

Me eché a reír, aunque no le expliqué inmediatamente por qué. Cuando eventualmente supo que yo había esperado que me besara, estaba tan avergonzado que se hizo aún más cauteloso de lo que decía y hacía a mi alrededor.

Durante nuestra prueba de estrés, sin embargo, supe que él había vuelto a ser el mismo cuando en vez de decir "¡Te extrañé!" de alguna forma genérica, me abrazó y dijo cosas como: "Es una lástima que no pueda abrazarte más cerca de lo que es físicamente posible, lo cual es irónico porque los átomos son principalmente espacio vacío".

El geek en mí verdaderamente apreció esto.

Después de que pasamos todos nuestros casos de prueba y la cuarta semana terminó, nos quedamos con una pregunta: "¿Ahora qué?".

Dijo que quería mudarse conmigo de forma permanente. Incapaz de oponerme con cualquier razón lógica para no hacerlo, acepté. Unas semanas más tarde me propuso matrimonio, y nos casamos 12 meses después.

En los dos años desde entonces, nuestro 'Diagrama de Venn' de círculos mayormente superpuestos se ha mantenido intacto.

Traducción: Jéssica de la Portilla Montaño.

FRASES

Luego de tres meses, el único desacuerdo que teníamos era sobre manzanas; a mí me gustaban, y a él no. Pero ese es el asunto: nuestra ridícula falta de diferencias me preocupaba.

En esencia, queríamos crear el ambiente de matrimonio de décadas para ver qué tan bien se sostenía nuestra relación.



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