Nuestras Voces

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Arqueólogo Alemán, fue el gran descubridor de la ciudad de Troya. Lawrence Durrell, en su libro: LAS ISLAS GRIEGAS nos relata una curiosa anécdota de la vida de Heinrich.

Las dos estrellas fijas del firmamento de la arqueología griega son: Heinrich Schliemann y sir Arthur Evans, que le pisó los talones. El alemán tuvo toda la suerte y el optimismo del gran romántico; de hecho, su vida fue un romance, pues con ella hizo realidad un sueño infantil. Nadie antes había concebido la ILIADA como algo más que una fantasía poética. Él la utilizó como gruía, desenterró literalmente la realidad que yace tras el documento y cambió todas nuestras ideas sobre la historia antigua. Tuvo tanta suerte como determinación: ahí donde hincaba su pala manaban tesoros ocultos de la tierra. Lo irritante es que durante algún tiempo incluso anduvo tras esos seductores tumuli verdes de la colina de Knosos y llegó a pedir permiso para iniciar las excavaciones, pero los problemas administrativos con las autoridades acabaron con su paciencia y se retiró para hacer descubrimientos más importantes aunque algo menos espectaculares en Micenas: las famosas tumbas, tan útiles para localizar y fechar los descubrimientos de Knosos.

Una anécdota agradable, divertida y tal vez instructiva, se refiera al matrimonio de Shcliemann que, a mitad de su carrera, sintió la repentina necesidad de tener a su lado una esposa. No había pensado en nadie en particular, pero, dada su auténtica pasión por Grecia, supuso que lo ideal sería una mujer griega. Reflexionó sobre el asunto, examinó todas las estatuas de los museos y finalmente anunció que ofrecería su mano en matrimonio a la primera mujer que pudiera recitar la ILIADA entrea sin un solo error. Corría un riesgo, pero toda la vida de este noble alemán se había basado en tales peligro, desde el día en que oyó a un molinero borracho recitar en una taberna algunos versos de Homero y sintió esa extraña agitación en el pecho que sólo sienten los que oyen la voz de una vocación. Toda Atenas estaba excitada, pues a los griegos les apasionan las loterías, las competiciones, los retos. La ILIADA se agotó, y por todas partes se oía el zumbido de las voces de las muchachas que empezaban a aprender los versos. Muchas fueron suspendidas en el último momento, muchas se equivocaron en una censura o fueron descalificadas por una pausa, como se llama en ese minúsculo y excéntrico punto sobre una vocal inicial. La lista fue menguando hasta que, por fin, salió a la escena la futura esposa de Schliemann, que recitó el poema de un tirón, puede que hasta sin detenerse a respirar. No sólo hablaba perfectamente, sino que era una de las mujeres más hermosas de Atenas. Su suerte no le había abandonado.

Aunque entrado en años, Schliemann estaba considerado como un gran partido, su fama era mundial, y en Grecia le habían adoptado como un héroe nacional casi en la misma medida que Byron. Es comprensible, ya que estaba devolviendo a los griegos su verdadera imagen histórica como descendientes de los clásicos, algo que se les había negado durante siglos. De repente ahí estaba la verdad: el auténtico Agamenón, por así decirlo, que no era sólo una invitación dramática de la imaginación. La boda prendió una chispa de simpatía en cada pecho griego.



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