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Mencho

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    Mencho

El día 12 del presente mes y año, asistí a los funerales de un buen amigo y pariente, de un gran amigo norteño que escogió vivir -como muchos ‘fuereños’ entre los que me cuento- en el Irapuato de las fresas y morir aquí, a los 75 años, en esta tierra bendita que le acogió y acunó como la buena madre del Bajío irapuatense que es y siempre ha sido.

Este amigo norteño -Mencho, le decíamos sus familiares y amigos con mucho cariño- tuvo una vida sumamente prolija e interesante. Su descendencia contabiliza 9 hijos vivos y 30 nietos, más algunos bisnietos que mi memoria no registra. Él llegó a estas tierras del centro del País desde el norte, para ser más precisos, desde San Pedro de las Colonias, Coahuila, con su esposa y muchos hijos pequeños y adolescentes, con un cúmulo enorme también de ilusiones y esperanzas de encontrar aquí mejores perspectivas de vida.

Sin nada más, pero con todos sus tesoros, llegó a Irapuato en el año de 1984, Nemesio Zermeño Núñez.

Entre 1973 y 1976, allá en San Pedro, su tierra, participó activamente en organizaciones sociales que pugnaban por adquirir tierras para fundar colonias en donde los desposeídos pudiesen vivir sin los acosos del agio y de las casas tenientes que cercan y agiganan las necesidades de los que viven en la miseria.

Nemesio Zermeño Núñez volanteó, marchó, lideró, viajó, se conglomeró con muchos -inclusive con sacerdotes católicos liberales que staban en esa lucha social y que hasta cárcel fueron a parar en Torreón, Coahuila- e hizo valer los derechos naturales de las clases oprimidas que desde siempre viven aherrojadas, ninguneadas, marginadas, invisibles ante los ojos de los gobernantes que padecemos y que, con todo cinismo, cuentan sus cuentos que nadie cree porque la clase política de nuestro país -con sus muy escasas excepciones- viven en palacetes de lujo construidos con la ingeniería de la impunidad y la arquitectura de la corrupción que nos rodea.

Nemesio Zermeño Núñez en aquellos años de su juventud, hoy tan lejanos pero tan presentes en la mente de la clase oprimida, participó activamente en esas lides que llevaban implicitamente el rescate de la dignidad de los abrumados, de los parias, de los eternamente avasallados por el poder económico, por el poder político y, tristemente también, por el poder religioso, que siempre se ha ayuntado y han hecho prevalecer, merced a sus sucias artimañanas y nefastas triquiñuelas a través de los siglos, sus privilegios de castas.

Murió Nemesio Zermeño Núñez y, ese martes 12 del presente mes y año que corre, fui testigo y participe de su servicio religioso del culto católico más sentido, más elocuente, más amoroso,  más filial, más emotivo y más acorde con lo que – apesar de las incongruencias que contiene la Biblia- debiera de ser la escencia de cualesquier culto religioso: el amor al ombre, el cambio, la misericordia, el perdón, la esperanza de otra vida en donde no haya anatemas, ni purgatorios, ni condenación eterna, ni un Dios inflexible y juez impío, sino un Padre Eternamente Misericordioso y lleno de Amor, como lo dijo en palabras emocionadas el sacerdote Luis Armando García Ojeda, que es de aquí de Irapuato, pero que debido a su ministerio estuvo algunos años en el norte del País, en la región lagunera, y fue compañero de luchas sociales en la década de los setentas, del finado allá en el norte, y que seguramente en su ataúd, escuchaba sumamente complacido al que le hablaba con tanto cariño de sacerdote y de amigo.

Terminó la Eucaristía y el sacerdote Luis Armando García Ojeda, como cologón, le dijo al ataúd, mejor dicho a su amigo, con palabras llenas de emotividad y amor: “Nemesio, vas al Paraíso; espéranos porque tarde que temprano, nos vamos a encontrar allá”.

¡Descanse en paz Nemesio Zermeño Núñez!. 



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