La muerte de Gorostieta

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    General P. Rodríguez y el Mayor Plácido Nungaray, junto al cuerpo del General Enrique Gorostieta. obita Valdovinos, narra una parte de su historia.

Uno de los libros que me llevaron a un conocimiento más amplio sobre la Revolución Cristera, fue “Méjico Cristero”, cuyo autor es Antonio Rius Facius. Era la segunda edición de la “Historia de la ACJM 1925 a 1931”, impresa el año de 1966 en la Ciudad de México. El año 1973 me consiguió un ejemplar la librería Buena Prensa, de León, Guanajuato. Luego que leí “Méjico Cristero”, me gustó tanto la narrativa del autor, que me di a la tarea de conseguir más obra de Antonio Rius Facius; así pude leer: “Historia de la ACJM, de 1910 a 1925”, que en su segunda edición lleva el nombre de “La Juventud Católica y la Juventud Mexicana”. El libro de cuentos, “El Retrato de Ovalito” y la novela autobiográfica “Las Confidencias de mi joven yo”.

Pero dejemos que Antonio Rius Facius nos cuente el fin del General Cristero Enrique Gorostieta Velarde: “El General Gorostieta no se daba un momento de reposo, viajaba incesantemente de un lugar a otro para organizar sus fuerzas, disponer nuevos y más decisivos ataques, y atender innumerables asuntos de índole civil y administrativa…”.

El día de su muerte, Gorostieta se dirigía a Michoacán a darle posesión y ayudar a organizarse al General Cristero Alfonso Carrillo Galindo, pues el callista Lázaro Cárdenas había recibido refuerzos para combatirlo.

Para eso, sin ponerse de acuerdo, salieron del rancho Las Cuestas diez cristeros al mando del coronel Rodolfo Loza Márquez, entre ellos, su hermano, el Jefe Civil Ildefonso Loza Márquez, quien ya había organizado varias jefaturas civiles en la Región de los Altos. La noche del 19 de mayo de 1929 llegaron al rancho Barranquillas y luego el grupo del General Gorostieta, arribó al mismo lugar. Otro día, todos subieron a un monte cercano, mientras cruzaba el rancho un grupo de tropas federales, pasado el peligro, regresaron al mismo lugar. Ahí, el General Gorostieta dictó al Mayor Heriberto Navarrete una carta dirigida al general chihuahense Marcelo Caraveo, invitándolo a que se sume al movimiento.

Caminaban de noche y descansaban de día. El día 28 de mayo llegaron a Los Sauces, cercano a Ocotlán. Ahí se les unió el Ing. Alfonso Garmendía. El 31 de mayo partieron hacia El Pitayo y el domingo 2 de junio a las diez de la mañana llegaron a la hacienda del Valle, como a treinta kilómetros de Atotonilco.

Los veinte cristeros llegan a la finca, luego de jornadas largas y cansadas. A los caballos les aflojan las monturas y les quitan los frenos para que coman y beban. Luego procuran sus alimentos, un jarro de leche y pan. Gorostieta, se recostó en la pieza contigua al zaguán para descansar un poco. Frente a la finca unas pobres casitas de adobe y atrás, una cañada por la que desemboca un camino.

“Los cristeros han desayunado; unos se dirigen a un pequeño comercio que abre sus puertas frente al casco de la hacienda, otros suben a la azotea: desde ahí se domina la llanura. Dejan desguarnecido, sin saberlo, el oculto camino de la cañada.

Sorpresivamente aparecen por allí los primeros soldados del 42º Regimiento de Caballería. Suben despacio, con descuido, metidas sus armas en los guardapolvos. Un capitán gordo y trigueño va al frente. Uno de los hombres del general Gorostieta advierte, desde la puerta del pequeño comercio, la presencia de los soldados, y dispara contra ellos su pistola. El Cor. Loza Márquez corre a ocultarse dentro de la finca; porta un saracof, usual entre los militares, y este detalle hace que los soldados de caballería se confundan y griten que no disparen, que son los mismos, hasta que un grito de ¡Viva Cristo Rey! Los saca de su error y se preparan al ataque.

El general Gorostieta se levanta con rapidez, mide el peligro que los acecha y da la orden:

.- Hay que salir de aquí en la forma que sea, monten todos inmediatamente y salgamos antes de que nos cerquen.

Pero los caballos, con el ruido de los disparos, se encabritan, y sólo el general Gorostieta logra montar el suyo. Toma entre sus manos por un instante el crucifijo que lleva colgando en el pecho, lo mira y se lanza a toda carrera hacia la salida. Una descarga cerrada lo recibe afuera y cae su caballo; él regresa al interior del caserón.

.- Estos mugrosos me mataron mi caballo y cogieron mi archivo-, dice indignado.

Uno de sus hombres le pregunta:

.- ¿Qué hacemos mi general?

.- Pelear como los valientes y morir como los hombres, responde.

Los cristeros rechazan denodadamente a sus enemigos. Han sido rodeados y es peligroso y difícil escapar. No obstante, el mayor Heriberto Navarrete, ayudante del General, el coronel Loza Márquez y el soldado Jesusillo lo intentan por un pequeño huerto de naranjos que está junto a la finca. Los tres logran su propósito.

Gorostieta pretende seguir el mismo camino, pero el cerco ya se ha cerrado. Una voz quiebra el golpeteo de las balas: 

.-¡Quien vive!

.- ¡Viva Cristo Rey! – responde desafiante Enrique Gorostieta. Son sus postreras palabras. Una ráfaga de plomo le siega la vida”.

Durante un espacio de dos horas, diez y seis hombres resisten heroicamente el ataque de doscientos federales hasta que las municiones se agotan. Los Cristeros quieren seguir el ejemplo de su Jefe: Luchar como valientes y morir como hombres, pero ceden al fin y entregan las armas.

Ya reunidos todos, los soldados llegan con un cadáver al que han despojado de casi todo su vestido y calzado. El Mayor Plácido Nungaray pregunta:

.- ¡¡ Qué !!...¿Conocen a éste?

Uno de los Cristeros se adelanta y dice:

.- Es el General Gorostieta.



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