‘El muro es una fantasía’

Publicada el

  • ‘El muro es  una fantasía’

    Una zona de la frontera. (Estados Unidos a la derecha, México a la izquierda) sin una gran valla, cerca de Nogales. The New York Times

A unos 30 metros de la frontera estadounidense, José Manuel Talavera contemplaba su desafío con la concentración de un saltador olímpico, aunque no tuviera el cuerpo de uno.

Ya hay un muro

Talavera es un campesino cafetalero hondureño; acababa de bajarse de La Bestia, el tren de carga que utilizan los migrantes para atravesar México. Ahora se preparaba para saltar a Estados Unidos por tercera vez. Ninguna de las opciones que tenía era atractiva, y ambas involucraban caminar durante días por el desierto: o pagaba miles de dólares a un guía o cargaba una mochila llena de drogas para un cartel.

Talavera se encogió de hombros. No se veía a sí mismo como un factor en la elección presidencial estadounidense, aunque tenía una idea vaga de Donald Trump y sus amenazas de construir un “muro hermoso, impenetrable”. Le parecía tonto: la frontera ya tiene un muro, ¿no? Él sabía lo difícil que es cruzar.

La primera vez, un cártel mexicano lo secuestró y se llevó todo su dinero. En su segundo intento llegó a Estados Unidos pero lo atraparon, lo detuvieron durante dos meses y lo mandaron en un avión de regreso a Honduras. Fue la primera vez que voló. “Un mes para llegar, cuatro horas para regresar”, recuerda Talavera con una sonrisa. “Por lo menos el boleto fue gratis”.

Ahora la frontera se aproximaba de nuevo, repleta de guardias y de cámaras. Esta vez, si lo atrapaban, enfrentaría seis meses de arresto. No le importaba. “Regresaré y lo intentaré de nuevo”, dijo. Nada podía detenerlo, aseguró. Ni siquiera un muro nuevo.

No funciona 

Estados Unidos, una tierra de migrantes, jamás pareció necesitar muros. Tenía agua -vastos océanos al este y oeste— y, desde 2001, un formidable programa de visas. Sin embargo, este año, el sueño de una gran barrera protectora a través de la frontera con México catapultó la propuesta Trump y, sorprendentemente, la hizo posible.

“¡Construyan el muro!”, corearon al mismo tiempo el candidato y su audiencia en los mítines este año.

No obstante, mientras más te acercas a la frontera, menos piensan que pueda funcionar, entre ellos simpatizantes de Trump y funcionarios de las fuerzas policiales.

“El muro es una fantasía”, dice Tony Estrada, sheriff del Condado de Santa Cruz, Arizona, un distrito fronterizo que es uno de los pasajes más utilizados por contrabandistas y narcotraficantes. “No me importa qué tan grande, qué tan alto, qué tan largo sea… no resolverá el problema”.

Suspiró. “Pero la gente se lo está tragando”, dijo. “No puedo creerlo”.

Estrada, de 73 años, es más consciente que la mayoría de que las fronteras son más que líneas en un mapa. Nació en México y llegó a Estados Unidos cuando tenía un año. Hasta los setenta, dijo, la frontera tuvo una cualidad orgánica. Durante la fiesta del 5 de mayo, bailarines se paseaban de México a Estados Unidos y regresaban de nuevo; reinas de belleza de ambos países se sentaban juntas en una plataforma situada en la frontera y los turistas cruzaban a México para asistir a las corridas de toros y disfrutar la vida nocturna y el alcohol barato.

Entonces explotó la guerra contra las drogas y en 1995 comenzó a erigirse una valla. El crimen disminuyó drásticamente, pero esa disminución tuvo un costo. El turismo se debilitó, las tiendas de curiosidades cerraron y hubo una ruptura dolorosa en la cultura fronteriza. “La dinámica cambió”, dice Estrada.

La nostalgia del sheriff señalaba una verdad más grande: los muros no solo son acerca de quiénes quiere excluir un país; son también una señal de lo que el País está intentando preservar, su idea de sí mismo. Con el ascenso de Trump, la percepción que tiene Estados Unidos de sí mismo de pronto es menos segura. Así que pasé una semana en las tierras fronterizas, pasando entre México y Estados Unidos, para intentar averiguar cuál podría ser esa idea en esta temporada febril de elecciones.

John Lawson, un oficial de la patrulla fronteriza, nos llevó de paseo por la valla, una barrera de rejillas de metal con una altura de cinco a nueve metros, que ondea a lo largo de las colinas de cada lado de Nogales.  

Pasamos por cámaras montadas en postes, radares, sensores de vibración y, en la cuesta del valle, una línea de barreras al estilo de Normandía en la Segunda Guerra Mundial, que tienen el objetivo de impedir que los vehículos mexicanos pasen por la puerta principal de Estados Unidos. La patrulla fronteriza también vigila desde el espacio aéreo con una flota de drones, globos aerostáticos y helicópteros Blackhawk.

Sin embargo, tanto migrantes como traficantes todavía logran pasar.

Lawson se estacionó en un pequeño farallón desde el cual puede verse la frontera y sacó sus binoculares. A unos 800 metros, en México, tres jóvenes recorrían un cerro y después se desvanecieron tras un tramo de follaje. Más allá vimos otros grupos: observadores empleados por el cártel, dijo Lawson. 

Ambos bandos permanecían quietos, observándose, esperando a que el otro se moviera. “El propósito de la valla es tener más tiempo”, dijo el oficial Lawson. “Nos permite responder. Pero no puede detenerlos por completo. Nada puede hacerlo”.

 

Camino a la muerte

• En Arizona, eso significa dirigirse al desierto. Más allá de Nogales, donde la valla se acaba, los migrantes caminan durante días a través de un paisaje sofocante. Más de dos mil personas han muerto desde 1999 en los desiertos de Arizona, a menudo a causa del cansancio o la sed, según el grupo de ayuda humanitaria Tucson Samaritans.

Antes de partir, muchos migrantes pasan por el comedor, un refugio con techo de lámina que se avista desde la frontera en Nogales, México. Los empleados ofrecen alimentos, asesoría legal, masajes y pequeñas brújulas para ayudar a quienes podrían llegar a perderse en el desierto. 

La esperanza se mezcla con la angustia a lo largo de las incómodas bancas donde se sirve el desayuno. Los hombres como Talavera, que planean entrar a Estados Unidos, comparten el pan con familias que acaban de ser deportadas y tienen rostros derrotados. Bajo el gobierno del presidente Obama, Estados Unidos ha deportado a 2,5 millones de personas, más que en cualquier otra administración.



#NotiMinuto

  • Tecnoteca

  • Viralzate