La mujer sin paz

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    La autora estuvo fuera de México más de 20 años; volvió a instancias de René Avilés Fabila. Foto: El País

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    Elena Garro (segunda de la derecha) aparece en este imagen con Elena Poniatowska, quien en la década de 1970 se desarrollaba como periodista de tiempo completo. En la fotografía están acompañadas por

Elena Garro (1916-1998) nunca encontró la paz. Hipérbole de sí misma, seductora y delirante, la vida de la más enigmática escritora mexicana del siglo XX es aún una herida abierta en México y Latinoamérica. Hablar de ella es hacerlo de quien fue el envés, obsesivo y doloroso, de Octavio Paz. Contra él vivió, contra él escribió. Pero no agotó su biografía en la lucha contra el tótem. Su proximidad al PRI y su servicio secreto, y, sobre todo, sus errores ante la matanza de Tlatelolco, la volvieron una escritora maldita. 

Novelista, dramaturga y poeta, Garro hizo posiblemente de su existencia un cuento absurdo, pero dio al mundo una literatura que sólo ahora, en el centenario de su nacimiento (que se conmemorará en diciembre), empieza a contemplarse en toda su inmensidad.

El rapto del amor

Hubo un día en la vida de la escritora que marca al resto. Fue el 24 de mayo de 1937. Ante cuatro testigos, Elena Garro, una estudiante que soñaba con ser bailarina, contrajo matrimonio con el poeta Octavio Paz. Llevaban dos años de noviazgo y se habían conocido en la UNAM. Jóvenes e impetuosos, tras la boda viajaron a Valencia, al II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura.

Les aguardaba una España en guerra. Invitados por Pablo Neruda y Rafael Alberti, la pareja pudo contemplar durante el viaje los estragos de la barbarie franquista. Un escenario terrible y premonitorio por el que Garro paseó su mirada descreída. 

“Iba a un Congreso de Intelectuales Antifascistas, aunque yo no era antinada, ni intelectual tampoco”, escribiría años después en su libro Memorias de España 1937. La distancia con su marido, comprometido hasta la médula, era clara. Pero como siempre en ella, fatalmente intuitiva, no se le escapó el color de la desolación, el presagio de la derrota, tal y como lo describe en una visita a Antonio Machado en las afueras de Valencia: “Entramos a una casa de portón grande, jardín descuidado y aromas diluidos del reciente verano. Había hojas en el suelo y un silencio solemne. (…) Una tristeza impresionante se extendía por toda la casa: se diría abandonada o habitada por personas sin esperanzas. Apareció Antonio Machado vestido de negro, con un traje muy usado, sonrió, pero de una manera muy diferente a la sonrisa que los demás nos regalaban, se diría que sonreía con resignación”.

La prosa certera, la distancia con Octavio Paz. El matrimonio duró 22 años y terminó en llamas. Pero no fue del todo baldío. En las horas dulces, el futuro premio Nobel de Literatura auspició el talento de su esposa. Ella le abrió los ojos sobre el horror del estalinismo. Tuvieron una hija, Helena; fueron una pareja dorada, crecieron en fama. De algún modo lo tuvieron todo y todo lo perdieron.

“Parecían predestinados uno para el otro. No lo fueron. Ella provenía de una familia revolucionaria partidaria de Pancho Villa. Era hermosa, enigmática, quiso ser actriz, fue periodista, escritora y dramaturga. Octavio Paz era hijo de una familia zapatista. Era apuesto, inspirado, activista de izquierda, poeta, ensayista. Pero desde el inicio fue una relación desigual, apasionada de parte de él, fría y distante de parte de ella. Aunque desdichado, aquel matrimonio fue literariamente fructífero. La correspondencia entre ambos comprueba que se trataban como pares: se admiraban, se apoyaban, se leían”, explica el historiador Enrique Krauze, autor de la biografía de referencia Octavio Paz. El poeta y la Revolución (Debolsillo).

A finales de los años 40, Paz empezó a mantener relaciones con la pintora Bona Tibertelli de Pisis. Y Garro se enamoró locamente del escritor argentino Adolfo Bioy Casares. 

“Este 17 de junio de 1949 es definitivo en mi vida; se acabó Octavio”, escribió. El naufragio del matrimonio era evidente. Nada lo podía salvar, pero el divorcio no llegó sino hasta 1959. Y con dolor. Paz acudió a Ciudad Juárez y tramitó una separación exprés. Garro se enteró por una notificación judicial. Con aquel papel, el poeta soñó enterrar el vínculo, algo que jamás lograría. 

“Ella es una herida que nunca se cierra, una llaga, una enfermedad, una idea fija”, llegó a decir. Pero incluso en lo más profundo de su desamor, Paz siempre mantuvo un hilo de admiración hacia su primera esposa y apoyó la publicación en 1963 de la que posiblemente es su obra cumbre: Los recuerdos del porvenir. 

“Admiró a su mujer, que no dejaba de asombrarlo, mejor dicho de inquietarlo y desazonarlo hasta despeñarlo al fondo del infierno”, señaló Elena Poniatowska, amiga común del matrimonio.

El rescate del odio

Mucho mayor fue la sima en Garro. Aunque el autor de El laberinto de la soledad jamás dejase de apoyarla económicamente, ella hizo de su rencor un monstruo insomne. La propia autora lo reconocería antes de su muerte: “Yo vivo contra él, estudié contra él, hablé contra él, tuve amantes contra él, escribí contra él y defendí indios contra él. Escribí de política contra él, en fin, todo, todo, todo lo que soy es contra él (…) en la vida no tienes más que un enemigo y con eso basta. Y mi enemigo es Paz”.

Este odio tomó la forma de un colosal ajuste de cuentas. En sus diarios y memorias, a veces sin importarle demasiado la verdad, fatigó su animadversión e incluso en obras como Testimonios sobre Mariana (1981) la transmutó en literatura. 

“En los diarios se aprecia la patología del delirio persecutorio, es una mente enferma, pero también la mejor escritora mexicana del siglo XX. Con o sin Paz, es importante”, afirma el crítico Christopher Domínguez Michael, autor de la biografía Octavio Paz en su siglo (Aguilar).

“Octavio Paz es intocable en México, y Elena es la parte débil; se le puede acusar de todo, incluso de paranoia, pero habría que haber estado ahí, en ese matrimonio, para entender lo que sucedió. No estaba obsesionada, sino que el divorcio fue traumático. Aún hace falta mucha investigación. Ella sufrió un largo silencio”, señala Luz Elena Gutiérrez de Velasco, directora y catedrática del Centro de Estudios Literarios y Lingüísticos en el Colegio de México.

La magia de la realidad

La herida quedará para siempre. También su obra. Con el tiempo, su literatura no ha dejado de extenderse. Aunque ella lo rechazase, se la considera como una antecesora del realismo mágico. Cuentos como La culpa es de los tlaxcaltecas (1963), y novelas como Los recuerdos del porvenir, Reencuentro de personajes (1982) o Un traje rojo para un duelo (1996), son leídos como piezas maestras.

“Una generación de escritoras avanza por los caminos que abrió. Su poesía está saliendo a la luz, y su teatro al completo es espléndido. Es una autora incomparable que ahora está siendo reconocida de verdad”, dice Gutiérrez de Velasco. 

“Garro fue la escritora más poderosa y original del siglo XX mexicano, al menos hasta los años 60”, indica Krauze.

La tardanza en este reconocimiento no es ajena a la propia senda de autodestrucción que Garro eligió para sí. A mediados de los 60, ya divorciada, se aproximó en exceso al poder y cayó en la órbita del presidente del PRI, el reformista Carlos Madrazo. Sin pudor le brindó su apoyo público mientras en la trastienda tentaba las tinieblas. Su anticastrismo declarado, su relación con Madrazo y también su apoyo a las causas campesinas llamaron la atención de la siniestra Dirección Federal de Seguridad, al mando del capitán Fernando Gutiérrez Barrios, el mismo que había detenido a Fidel Castro y al Che Guevara. 

La escritora no mantuvo la distancia. Un memorándum, guardado en el Archivo General de la Nación, muestra que empezó a tratar con la policía secreta. “No fue una espía, como se llegó a decir, más bien se acercó y fue utilizada por el régimen”, señala el investigador Rafael Cabrera.

Eran tiempos peligrosos. La onda expansiva del Mayo del 68 francés había llegado a México. El movimiento estudiantil estaba en plena ebullición y el régimen de Gustavo Díaz Ordaz había desatado una feroz persecución. El mundo estaba cambiando. Pero en México, el plomo aún mandaba. 

El 2 de octubre de 1968, los estudiantes fueron masacrados en la Plaza de Tlatelolco. Garro, en un gesto delirante, producto posiblemente de la presión del régimen contra ella, culpó a los intelectuales de izquierdas, entre ellos a Carlos Monsiváis, Rosario Castellanos y Leonora Carrington, de haber provocado el derramamiento de sangre. Ya fuera de los focos, según el memorándum secreto, empezó a delatar.

Ese fue su punto de quiebre. Jamás se recuperó del todo. Repudiada por el núcleo de la intelectualidad mexicana, se autoexilió con su hija. Nueva York, Madrid y París. Durante 20 años, sobrevivió a duras penas, quemando las naves, despilfarrando, haciéndose perdonar con su infinita capacidad de seducción. “Era mágica y adictiva, pero vivía contra sí misma”, resume Poniatowska.

La vuelta 

El éxodo terminó en 1993. A su regreso a México, algunas cosas habían cambiado. Aunque la traición todavía pesaba, su obra había ganado espacio. Era estudiada y leída. Y aún ejercía su fascinación. “Seguía siendo muy bella y atractiva, vestía colores suaves, como el durazno, y se ganaba con mucha facilidad a la gente”, recuerda Gutiérrez de Velasco.

Pese a los años transcurridos, el odio a Paz seguía ahí. Una animadversión que le granjeó el apoyo de los enemigos del Nobel, criticado por su proximidad al priísmo, y también de sectores que la veían como una víctima del machismo. “Pero cuidado, ella no es nuestra Simone de Beauvoir, es nuestra Céline”, remacha polémicamente Domínguez Michael.

En cualquier caso, la vuelta de Garro a México, lejos de toda gloria, fue crepuscular. Pasó sus últimos años en un mísero departamento de Cuernavaca con su hija. Rodeada de gatos franceses y mexicanos, alimentándose de largos sorbos de café, su tiempo tocó a su fin. 

El tabaco la minaba, el enfisema ahogaba su voz. Apenas podía respirar. El 22 de agosto de 1998 murió de cáncer de pulmón. Cuatro meses antes lo había hecho Octavio Paz.

 

La evocación del futuro

• Poco conocida en España (por la distancia) y poco reconocida en México (quizá por el tiempo) la obra de Elena Garro ha de terminar imponiéndose por su propio peso; es decir, al ser leída. Quien quiera acercarse al enigma por el cuento encontrará en La culpa es de los tlaxcaltecas un aviso de que los viajes a través del tiempo no sólo son posibles, sino que transpiran en el camino que lleva hacia Guanajuato el túnel por donde se juntan el misterioso pasado indígena de México con la enrevesada realidad que no deja de enredarse sobre su territorio desde la Conquista. 

No pocos críticos han visto avisos de lo que se llamaría posteriormente “realismo mágico” en este cuento de Garro, pero sobre todo en lo que podríamos considerar su obra maestra: Los recuerdos del porvenir, cuyo acertado título parece ya jugar con la multiplicidad anacrónica o la sincronía inexplicable de unos personajes que parecen fantasmas en medio de escenarios donde todo lo que piensan hacer mañana no son más que ecos de un ayer que los afecta a todos. 

Los recuerdos del porvenir es consustancial al ánimo del Pedro Páramo de Juan Rulfo donde las voluntades de los villanos, sus biografías con todo y huesos, terminan por derrumbarse por los suelos como un montón de piedras. El lector está ante unos párrafos que narran la desilusión y desencanto que provocó tanta utopía dizque garantizada por la Revolución Mexicana, y los enredos entre mentiras y evasiones de los enamorados que buscan habitar ese mundo raro, lejos de todo el raro mundo por el que ya deambulan.

Con una delicada prosa cuidada hasta en el posible periplo que cobra cada una de sus palabras, la medición de sus metáforas, el sentido de la trama que se desdobla, Los recuerdos del porvenir ha sido merecidamente celebrada como una de las más grandes novelas mexicanas y su autora merece ahora la confirmación de los lectores que quizá ella misma imaginó en un ayer. 



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