Fidel, para tres generaciones

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  • Fidel, para tres generaciones

    Entre nosotros. En un callejón en La Habana se aprecia un gaffiti con la imagen de Fidel Castro. AP

Al entrar Fidel Casto triunfalmente a La      Habana montado en un caballo el 8 de enero de 1959, Juan Montes Torre se lanzó a las calles para vitorearlo.

Jornalero pobre e inculto del este rural de Cuba, había llegado a la capital unos años antes y, como la mayoría de sus vecinos, apenas pudo creer lo que sucedía.

“Fue un impacto emocional. Estos barbudos, mal vestidos -¡ganaron! ¡Y a nombre de las clases bajas!”, relató al diario estadounidense The New York Times.

Montes, de 25 años en ese entonces, permaneció fiel a Castro desde ese momento.

Pero esa lealtad disminuyó de generación a generación en la familia Montes, y en Cuba en general, como muestra una recopilación a continuación del diario neoyorquino.

Las opiniones de su hijo se ensombrecieron hace décadas, durante luchas contra las restricciones del Gobierno de Castro.

Su nieta adolescente, Rocío, ha pasado gran parte de su juventud triste por las condiciones en su país.

 El padre

Montes supo de los barbudos por primera vez cuando recolectaba café y fruta en los campos de la provincia de Guantánamo.

Eran principios de los 50, y los agricultores pobres del área habían empezado a unirse, rebelándose contra los terratenientes ricos.

Castro era uno de muchos líderes que se decía exigían mejores condiciones laborales.

 “Había mucha injusticia en ese entonces. Golpes de Estado, crimen. Al Gobierno el pueblo no le importaba nada”, rememoró Montes.

Tras asumir el poder en 1959, Castro prometió cambios radicales.

Cumplió, afirmó Montes. En diciembre de ese año, fue contratado como oficial de Policía.

Fue su primer trabajo estable desde que llegó a La Habana y venía acompañado de una educación gratis: tras haber terminado sólo el cuarto año de primaria, pudo graduarse de la preparatoria.

Desde afuera, Castro parecía poner de cabeza el sistema de justicia de Cuba, al sumariamente ejecutar a sus oponentes y llenar las cárceles cubanas.

Pero Montes dijo ver la profesionalización de una fuerza policiaca antes considerada un conjunto de matones corruptos.

Afirmó que deseaba que los cubanos más jóvenes en su familia vieran el contexto más amplio.

“Éramos una familia pobre, sin formación y humilde antes de la revolución. Luego hubo un cambio. Es un cambio radical que aún madura”, expresó.

 El hijo

 Juan Carlos es miembro de la generación de los que aprendieron a resolver o negociar su camino entre las carencias, regulaciones e ineficiencias del socialismo cubano en sus etapas posteriores.

Sus opiniones han sido formadas por la transición de los 80, repletos de abundancia, a los 90, llenos de escasez.

Cuando se colapsó la Unión Soviética, Cuba perdió a un patrocinador que había proporcionado unos 4 mil millones de dólares al año en créditos y subsidios.

La economía se contrajo en un 34 por ciento de 1990 a 1993, con carencias crónicas de combustible, jabón, alimentos -prácticamente todo.

 Cuando Castro legalizó los pequeños restaurantes, Juan Carlos decidió abrir uno con su esposa, pero había un problema: necesitaba permiso del Comité para la Defensa de la Revolución local, y el grupo tenía años de no reunirse.

Así que se nominó para dirigir el grupo y pidió a sus vecinos que apoyaran su candidatura.

“Me convertí en el presidente para poder abrir el restaurante”, contó.

Al tiempo que las relaciones con Estados Unidos han mejorado, la vida económica de la Isla sigue restringida por el apego de Cuba al control central.

“Es como un acordeón -lo abren un poco, lo cierran, pero nunca lo abren por completo”, ejemplificó Juan Carlos.

  La nieta

 Rocío sueña en convertirse en historiadora de arte. Describió Cuba con la sofisticación matizada que resulta de una buena educación y mucho tiempo para reflexionar sobre las cosas.

En su opinión, Cuba es un purgatorio, e incluso antes de morir, Fidel Castro era un espectro del pasado, estudiado en libros de textos más que visto.

Y sí, hay muchas cosas que dice que le encantan en la Cuba de Castro: la despreocupada libertad de las calles, libres de crimen y rara vez atascadas de tráfico; el énfasis en la educación y la cultura.

A veces teme que la violencia regrese una vez que Fidel y Raúl Castro se hayan ido.

Pero como muchos cubanos jóvenes, Rocío quiere que Cuba se ponga al día. ¿Por qué no hay acceso abierto y a precio razonable a internet? ¿Por qué no puede entrar fácilmente a Facebook para saludar a su hermana en Barcelona? ¿Por qué es tan difícil visitar el Louvre, en persona o en línea?

“A mi generación, no nos preocupa la política o los ideales. Simplemente queremos salir de Cuba. En el extranjero, puedes lograr mucho más”, dijo.



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