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Los Animales

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México es el país latinoamericano con más perros en situación de calle.

El abandono de un ser vivo, que no puede valerse por sí mismo, que no puede defenderse, que está acostumbrado a tener techo, comida y cariño es cruel, nos degrada como humanos, al hacerlo lo exponemos a las inclemencias del tiempo, a enfermedades, a que los atropellen, a ser atacados por otros perros, a tener sed, hambre, pero sobre todo a sentirse rechazados por su familia humana.

Con datos de la Comisión de Preservación del Medioambiente, Protección Ecológica y Cambio Climático, en la Ciudad de México cada año, son sacrificados alrededor de 16 mil perros sanos a petición de sus propietarios.

Este es el abandono permitido, el que no da culpa, el que todo lo justifica, el que delega la responsabilidad de un animal que sufre mucho cuando es abandonado, que si no es adoptado morirá.

Mientras los animales estén cosificados serán abusados, explotados, maltratados, desechados, como cualquier objeto que ya no es útil.

La agrupación “Un Millón de Esperanzas. Unidos por la Vida Animal”, convocó a los 31 estados de la República a exigir que se cambie el status jurídico de los animales para que sean considerados como seres vivientes, no cosas.

En el estado los animalistas están solicitando que se reforme la Ley de Protección a los Animales Domésticos, donde se cree el Instituto de Atención a los Animales, y que se apliquen penas de cárcel a los maltratadores de animales, entre otras sanciones.

Hay personas que cuando la mascota de un niño fallece la tiran a la basura, para ellos es muy importante su mascotita. Es mejor enterrarla, hacer un duelo familiar, compartir la pena, si fuera la primera experiencia del niño con la muerte, la manera de enfrentar esta pérdida le ayudará en su formación y para un próximo deceso.

Noviembre huele a cempasúchil y a copal, a recuerdos y tristezas, se escucha la música con instrumentos prehispánicos de Jorge Reyes, en el altar de Día de Muertos, una cajita con las cenizas de un gato gris que vivió 18 años.

Sentadas en sus sillitas de madera las plañideras de cartón traídas de Celaya, con sus collares de diamantina, perlitas de papel y trajes de anilina.

Papeles de china picado, muñequitos de alfeñique, la casita de dos aguas del perro que fue su amigo y que en una lancha cruzaron juntos el río que lleva al Mictlán.

En la mesa platones de talavera de Gorky, calabaza en tacha, la cajeta de camote de guayaba, los panes de anís del Antiguo Vapor, el atole de puscua, el champurrado, esperando a las visitas.

Luz Elena Galindo, educadora y activista por los Derechos de los Animales.



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