La cueva de Bartolo Prieto

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    Bartolo Prieto, el ‘Robin Hood’ de Lagos de Moreno. Foto: Especial

Una de las leyendas más reconocidas de la región alteña, donde muchos lo creen y otros lo ponen en duda, la leyenda de Bartolo Prieto aquí en Lagos de Moreno; lo cierto es que todos han oído hablar de él, una leyenda contada por el profesor Ezequiel Hernández. 

Me refiero al bandido legendario que durante el último tercio del siglo XIX merodeó en toda una vasta región comprendida entre Santa Bárbara, Santa María de en Medio, El Sauz de los Ibarra, Tlacuitapa, Unión de San Antonio, Pedrito y poblaciones aledañas a Lagos de Moreno; sembrando el pánico y la muerte donde quiera que llegara; convirtiendo como principal centro de operaciones los cerros hacia el poniente de Lagos : La Campana , El Cuervo y sobre todo el Cerro de la Bola. 

Después de la muerte de Bartolo Prieto, estos lugares son visitados por infinidad de gente; fracasando todos en la búsqueda de su tesoro. Esta riqueza ha sido buscada en sus alrededores hasta con los aparatos más sofisticados. Los más versados en el secreto de la ubicación de la cueva de Bartolo Prieto dicen que sólo puede verse la entrada de la cueva el día de San Bartolo; que según el decir de la gente “Anda el diablo suelto”. ¡Ah!, pero no a todas horas; sólo cuando los primeros rayos del amanecer, luego de cruzar las torres de la parroquia de la Asunción, se incrustan en los acantilados del Cerro de la Bola. 

El recuerdo que del bandido se tiene y de padres a hijos ha llegado hasta nosotros es variado: para unos, era un asesino desalmado capaz de las más bajas acciones con tal de salirse con la suya; para otros, era el bandido desprendido que en más de alguna ocasión robo a los ricos para ayudar a los pobres. Hay también quienes aseguran que antes de morir se arrepintió de sus fechorías y prometió visitar el Santuario de San Juan de los Lagos; manda que nunca cumplió; por lo que muchos sanjuaneros “peregrinos”, después que murió juran haberlo visto a las caravanas de peregrinos cuando cruzan el arroyo que la gente comenzó a llamar de Bartolo Prieto. Todo vestido de gamuza a la ausanza chinaca y con inseparable sombrero de copa alta. Dicen que camina al mismo paso que todos; la única diferencia, que sus pies no tocan el suelo. 

El año de 1870 Bartolo Prieto y sus secuaces cayeron en el Salto de Zurita y luego de matar al caporal de la Hacienda se robaron cuatro caballos finísimos, para luego venderlos en la Feria de San Juan de los Lagos. En Tlacuitapa plagió a D.Primitivo Zermeño pidiendo a sus familiares mil pesos en oro a cambio de su vida. A unos arrieros que venían del camino real de Guadalajara, luego de amarrarlos en unos árboles a la entrada del camino a la Cantera, les quitó diez cargas de maíz y cuatro de frijol; mismas que otro día amanecieron distribuidas entre el Caserío de Buenavista. En pocas palabras, con la presencia de Bartolo Prieto la muerte cabalgaba por los caminos, colinas, cañadas y valles laguenses. 

Brillaba el puñal por doquier y en la comba azul del firmamento retumbaba el grito agónico, el llanto, la queja y las maldiciones. Hasta la noche más oscura se convertía en cómplice que cubriría las fechorías de estos desalmados. Así, mientras los nerviosos corceles se pierden entre las arboledas de la campiña, atrás dejan el camino o la finca entre señales de depredaciones y muerte. 

Cuando era perseguido, siempre se hacía perdidizo entre los cerros al poniente de Lagos. Elevaciones que tenían varias entradas y salidas que le permitían escabullirse de sus perseguidores. En uno de estos cerros tenía una cueva en la que sólo él y secuaces de confianza sabia donde estaba y la forma de llegar a ella. Bartolo Prieto no traía muchos acompañantes; por lo que todos cabian en su escondite. Cueva que luego que murió el bandido, la gente la bautizo como “La Cueva del Todo o Nada”; porque antes de morir le dejó escalofriante hechizo. 

Dicen que para que nadie diera con su fabuloso tesoro practicó en ella conjuros y encantamientos; de tal manera que, quien diera con ella y quisiera tomar algo del tesoro, tenía que cargar todo o de lo contrario, no podía llevarse ni una moneda y hasta corría el peligro de quedarse encerrado y hacer compañía a otros intrépidos busca-tesoros ya convertidos en esqueletos porque nunca pudieron llevarse nada. 

Dicen que en la entrada de la cueva está la madriguera de una serpiente gigantesca que no permite que nadie se arrime al lugar. Que también, a la entrada enterraba vivos a los plagiados que no eran descatados. Dentro escondía armas, dinero y alimentos que le permitían subsistir por algún tiempo sin carecer de nada mientras dejaban de perseguirlos. Nadie se atrevía a caminar por aquellos parajes ni el coyote osaba aullar por las noches, ni el tecolote anidar por aquellos cerros. 

Uno de sus últimos asaltos fue a una diligencia que venía de León, allá por el arroyo de La Sauceda, matando a todos sus ocupantes. Este crimen encolerizó al jefe político Urrea quien mandó traer a un grupo de rurales y un grupo de gendarmes del estado para que lo auxiliaran en la captura de Bartolo Prieto. Desde ese día comenzó la feroz persecución del bandido del Cerro de la Bola; hasta que dieron con el , capturan y de acuerdo a las leyes contra ladrones y plagiarios, sin juicio alguno, fue colgado en el lugar más conocido de sus latrocinios: El cruce del camino real a Guadalajara con el arroyo del Cerro de la Bola; arroyo que el pueblo comenzó a llamar como “De Bartolo Prieto”. Allí fue ajusticiado, colgándolo de una de las ramas más altas de un pirul a un lado del camino. 

La rigidez cadavérica pronto cubrió de horrenda expresión al ajusticiado. Una lengua horrorosa asomaba entre su dentadura como queriendo escapar de aquel cuerpo hecho para el mal. De su pestilente cuerpo, los ojos primero desorbitados, luego se apagaron y desaparecen para dejar los tenebrosos hoyancos de dos cuencas vacías embarcadas entre descuidada barba y alborotado cabello. 

Si durante el día causaba pánico pasar por aquel lugar y quienes lo hacían tenían que mirar hacia otro lado y hacerlo con prisa; de noche, nadie se atrevía a pasar cerca de aquel macabro espectáculo que el viento movía como escarmiento de ladrones y plagiarios. Por esas fechas comenzaron a ver a un hombre vestido de chinaco sombrero de copa alta y montando briosa cabalgadura que se perdía entre el arroyo. Las putrefactas carnes del ajusticiado se desprendían hasta ir dejando al descubierto un tétrico y horripilante esqueleto. Ni los zopilotes quisieron bajar de sus alturas a paladearse con el cuerpo suspendido. 

Una mañana, dos arrieros que por su oficio tenían que pasar varias veces a la semana por aquel sitio, cansados de evadir tan macabro espectáculo, se prometieron descolgarlo por la noche. Puestos de acuerdo, luego de apurar grandes cantidades de licor para darse valor, rodeando la garita de la paloma azul para no ser vistos, como dos sombras se deslizan al lugar perdidos entre nopales y magueyes a ver el esqueleto suspendido en el aire que tantos sustos les había dado. 

Medio descarnado y medio vestido e iluminado lagañosamente por raquítica Luna, enseñando su dentadura con horripilante sonrisa como burlándose de todos aquellos que lo veían y hasta de la muerte misma. 

El pavor les hacía temblar de pies a cabeza. Envalentonados, de un brinco se cuelgan de las botas del espantajo que al desprenderse, de entre centenarios de reluciente oro que ruedan por el camino. Desconcertados y olvidándose del facineroso, llenan sus sombreros y corren despavoridos entre las casuchillas del barrio jacales y no dejan de correr hasta llegar al mesón de la mula. Nadie los volvió a ver. 

Desde aquel dia , quienes se aventuran por los potreros del Cerro de la Bola no falta que rareza escuchen. Algunos dicen que sienten caer piedras a su alrededor, pero nunca ven ninguna. 

Otros, el sordo tropel de caballos que tiran fantasmagórica diligencia cuyo estrepito y chirridos se pierde entre los riscos de los cerros. Hasta no faltó quien asegure que a un cazador, una fuerza misteriosa lo empujó y lo hizo caer en un vallado y que del susto y la mojada a los pocos días murió de pulmonía.

El recuerdo del asalta-caminos y sus fechorías se fue perdiendo con el paso de los años y tan sólo es desempolvado, cando trasnochados viajeros llegan a ver a los lejos el tambaleante cuerpo de un esqueleto suspendido de las ramas de un pirul en el arroyo de Bartolo Prieto. Y para evadir esto, hasta el pirul echaron abajo despejando la maleza de aquel lugar. No obstante, al cruzar aquel sitio, aún lo envuelve un silencio sepulcral , sobre todo e noche de luna; que es roto con el eco que produce un puñado de monedas al rodar por el suelo.



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