Manuel Ortega Barroeta, adiós al gran amante del Club León y de los toros

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  • Manuel Ortega Barroeta, adiós al gran amante del Club León y de los toros

    Don Manuel Ortega nació el 24 de octubre de 1932 en Puebla y llegó a León en 1955 para quedarse por siempre. Fotos: Guadalupe Becerra y archivo

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    La velación y misa de cuerpo presente se realizaron en funerales Gayosso, a donde asistieron cientos de seres queridos.

Manuel Ortega Barroeta falleció poco después de las 10 de la noche de este lunes, a los 84 años víctima de un infarto. 

“Por la mañana estuvimos en el hotel Hotsson en una reunión de trabajo de un fideicomiso con el contador Alfredo Amezcua Quintero. Ahí saludó al síndico Luis Ernesto Ayala y por la noche, en su casa, murió víctima de un infarto”, informó Hipólito Ponce Cervantes, uno de sus más cercanos colaboradores.

Don Manuel nació el 24 de octubre de 1932 en Puebla y llegó a León en 1955 para quedarse por siempre.

Alfredo Amezcua Quintero, quien fue su contador, señaló que fue un emprendedor incansable, pues fue el impulsor de varios desarrollos habitacionales como: Jardines del Moral, Bugambilias, Acrópolis (ubicado cerca del estadio La Martinica), Cortijos La Gloria y Haciendas El Rosario.

En el tema deportivo promovió la construccipon de cinco estadios: el León, el de Irapuato, el Corona de Torreón, el de Tampico, Tamaulipas, y el de San Salvador.

Don Manuel estuvo casado con doña Amparo Araujo Padilla, con quien procreó seis hijos: Aurora (finada), Amparo, Laura, Yolanda, Manuel y Miguel.

Familiares manifestaron que conoció a su compañera de vida cuando entró trabajar como gerente en la empresa Adhesivos Cuernavaca, que era de su suegro, Miguel Araujo y que que producía pegamentos para la industria del calzado.

“Amparo vivía por la calle Chiapas, en la colonia Arbide, y  Manuel, según nos contó, rentaba un pequeño departamento. Se conocieron y se casaron”, narró un sobrino.

En la década de los años 70 adquirió el rancho La Concepción, mejor conocido como “La Concha”, donde inició la crianza de toros de lidia. 

En esa misma finca estuvo en recuperación durante algunos meses el torero Joselito Huerta,  reponiéndose de la tremenda cornada que le infirió en el vientre el toro “Pablito” en la plaza El Toreo, en la Ciudad de México.

Varios problemas con ejidatarios lo obligaron a dejar “La Concha”, por lo que se la vendió a José Martínez, empresario de San Miguel el Alto.

Pero su gran afición por los toros lo hizo comprar otra finca en León, en lo que fue la Hacienda de Corral de Piedra, que vendía hace un par de años para que se construyera la ciudad industrial de Las Joyas.

Lidió sus reses bravas con el hierro de San Manuel, alcanzando triunfos pero también sinsabores; aunque su mayor éxito fueron sus amigos.

En su placita del Cortijo La Gloria actuaron Eloy Cavazos, Zotoluco y Manolo Arruza, entre muchas otras grandes figuras del toreo.

“El rancho era su pasión. Le gustaba convivir con sus amigos. Apenas hace dos semana ‘se echó al agua cantando’ para sus amigos del grupo que él mismo llamaba Los Viejitos”, comentó un conocido.

En su finca de La Gloria, don Manuel disfrutaba las tardes debajo de un frondoso laurel, donde fue testigo de innumerables momentos taurinos. Las paredes del inmueble guardan fotos y cabezas de sus toros.

Pero el cortijo desapareció, al igual que la ganadería. Una fracción se la vendió a su entrañable amigo Pepe Arroyo, hijo del que decía era como su hermano: Chucho Arroyo.

Fue un hombre bohemio que gustaba estar en barrera de primera fila y disfrutaba de las juergas taurinas; además perteneció al Club Sembradores de la Amistad, donde cosechó queridos camaradas.

Ortega Barroeta era parte del jurado calificador del Panteón Taurino de León para la entrega del trofeo San Sebastián, junto con Rafael Rionda Sanabria, Guillo Liceaga y Manuel Villarreal, entre otros.

Fue dos veces presidente del Club León y fue quien contrató a grandes jugadores como: Jorge Davino, Rafael Albrech y Alberto Jorge.

Por ello en su ataúd colocaron una banda con los colores del Club León y se informó que esta noche, en el partido León-Tigres, se ofrecerá un minuto de aplausos en su memoria.

Don Manuel también fue secretario de la Asociación Nacional de Criadores de Toros de Lidia y socio fundador del Centro Taurino de León. 

Cómo olvidar esas grandes fiestas de aniversario de este Centro, en su tentadero, toreando las bravas vaquillas que criaba en su dehesa.

Además fue presidente del Patronato de la Feria de León en una ocasión y gran defensor del estadio León, por lo que se organizó con un grupo de amigos en “Defendamos Nuestro Estadio”, porque él mejor que nadie sabía que el estadio es de quienes compraron los palcos y plateas para su construcción.

Como no recordar las grandes fiestas con sus mejores amigos “El Bola”, Emmanuel, Manolo Arruza y David Silveti, grandes declamadores y cantores.

Durante la misa de cuerpo presente, realizada en funerales Gayosso, el padre jesuita, Miguel Buch, dio un mensaje de aliento a sus familiares y amigos, quienes también le aplaudieron.

Ahí sus 13 nietos reconocieron su gran labor y enorme cariño con el que siempre fomentaba la unión familiar.

Saben que su abuelo ya está en el cielo con gente que siempre quiso y amo, como: su hija Aurora, el rey David Silveti, su hermano Chucho Arroyo, su añorado Fernando Zarandona y Ernesto Badillo; éstos últimos hombres de futbol que lo acompañaron en su aventura en el medio deportivo.

Su cuerpo fue incinerado la tarde de ayer y sus cenizas depositadas en el templo de Fátima, donde oficiarán varias misas por su eterno descanso. 

Le sobrevive su entrañable Amparito, a quien de cariño le decía “Mi Negra” y que ahora quedará rodeada de sus hijos y  nietos recordando al amor de su vida.

“Fue un gran esposo, un gran padre, un buen hermano, excelente amigo y conversador; lo vamos a extrañar mucho”, confesó uno de sus nietos.

Su casona de la calle Chiapas quedó sola, como se queda una plaza de toros tras las grandes faenas.

Ahí quedan sus tardes de gloria, de triunfos, como en las grandes tardes de toros cuando se lidiaban sus astados, bravos, enrazados y con mucho temperamento, como lo fue él en su vida. 

Descanse en paz don Manuel. Muchas historias y anécdotas que quedan pendientes de contar. Vaya un “¡óle!” para él hasta el cielo.



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