Fidel, la desgracia del dogma (Segunda parte)

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    Fidel, la desgracia del dogma  (Segunda parte)

Era el fin de 1984 cuando la familia decidió pasar las vacaciones       en Cuba con la hegemonía y la presencia de los rusos en la isla. Aún recuerdo la llegada por la noche al aeropuerto, una instalación antigua, de paredes deslavadas, sin servicio de toboganes o salas iluminadas. El camino a la ciudad era oscuro, casi sin luz.

Amanecimos en el Hotel Nacional, lo que habría sido un lujo en la época anterior a la Revolución. Las habitaciones con los muebles de baño incompletos, la televisión con unos cuantos canales oficiales y los jardines descuidados. 

Junto al hotel, una tienda para turistas, donde se asomaban los cubanos para que les compráramos algo, casi lo que fuera, porque a ellos se les prohibía la entrada. Excluidos en su propia tierra. La comida siempre igual, “moros y cristianos”, arroz con frijoles, plátano y huevo. Alimentos sencillos pero sabrosos, solo ilimitados para los visitantes.

Era penoso andar por las calles de La Habana, con sus viejas construcciones cayéndose a pedazos, sin pintura y con plásticos a manera de cristales, con hamacas que colgaban de pared a pared en las que habían sido casonas coloniales. Paseamos por el malecón, divisamos dos o tres barcos rusos que cargaban mercancías de una economía dependiente.

El cálido invierno alentaba la música y el baile caribeño, la conversación fácil con los taxistas y los meseros, con la gente que se acercaba para extender una mano al prohibido exterior, representado por nosotros. 

En el hotel, recuerdo a la señora camarista de unos 60 años, que antes de platicar sobre la vida en la isla se asomaba por el orificio de la chapa de la puerta para asegurarse de que nadie la escuchara. En las tiendas locales, la escasez de los bienes indispensables, y en las calles, el mercado negro de los dólares. En Copelia, la única heladería céntrica, crecían enormes colas para comprar un barquillo y, lo que nunca imaginé, personas mayores buscaban restos de comida en algún basurero.

Pero todo era pasable o sufrible: la falta de libertad de expresión, la opresión política de un estado policiaco o las limitaciones del racionamiento. Lo que era imposible de sobrellevar era el velo impuesto a las ideas, cualquiera que no fuera el dogma castrista del marxismo-leninismo. 

En la única librería abierta había textos de todas las tesis comunistas, la historia de la Revolución, el pensamiento de Fidel o libros antiguos inocuos para el dogma anti yanqui. Ni siquiera ofrecían textos de Alejo Carpentier, el autor favorito de la juventud, con su caribe esplendoroso en la novela de El Siglo de las Luces.

Una mofa a la condición de los gobernados, a quienes se les prohibía tener ideas varias y distintas. El dogma del “fidelismo” establecía un mundo casi religioso, donde la corrupción más profunda era robar la oportunidad de conocer, saber y pensar por uno mismo. Un gran claustro puritano, donde todo giraba en torno a una sola idea que se repite ad infinitum: el camino, la verdad y la vida era Fidel.

El robo más terrible es matar, quitarle la vida a otro; el segundo crimen es poner un velo en la mirada de los demás, meter a la cueva del dogma político a todo un País. Eso hizo Fidel. 

(Fe de erratas: son 56 años de dictadura, no 66, como publiqué ayer).

(Continuará)



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