El pan de los hermanos

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    El pan de los hermanos

Oración:

Señor Jesús, Qué alegría verte en medio de la multitud; escuchar tu voz, experimentar que te preocupas de quienes a veces, estamos lejos, que te inquieta que desmayemos por el camino de nuestra fe. Me encantaría ser más sensible a las realidades espirituales; deseo entender más el sentido comunitario de mi seguimiento y mi adhesión a ti. Deseo experimentar siempre que mi pan es más sabroso y alimenticio, si lo comparto con mis hermanos.

Permite que en mi familia, vivamos de este pan, el que resulta de la gratuidad y del compartir; el pan que nos sacia de verdad, porque cuando lo comemos, es porque estamos muertos de hambre, y lo compartimos entre hermanos. Amén.

Sábado 5° Ordinario. Marcos 8, 1-10.

Por aquellos días, habiendo de nuevo mucha gente y no teniendo qué comer, Jesús convocó a sus discípulos y les dijo: “Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Si los despido en ayunas a sus casas, desfallecerán en el camino, y es que algunos de ellos han venido de lejos”. Sus discípulos le respondieron: “¿Cómo podrá alguien saciar de pan a éstos aquí en el desierto?” Él les preguntó: “¿Cuántos panes tienen?” Ellos le respondieron: “Siete”. Entonces  mandó a la gente que se echara sobre el suelo. Tomó los siete panes y dando gracias, los partió y los dio a sus discípulos para que los sirvieran, y ellos los sirvieron a la gente. Tenían también unos pocos pececillos. Y, pronunciando la bendición sobre ellos, mandó que también los sirvieran. Comieron y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes siete espuertas. Fueron unos 4 mil; y hasta entonces, Jesús los despidió. Luego subió a la barca con sus discípulos y se fue a la región de Dalmanutá. ~

Esta segunda multiplicación de los panes, tiene un lenguaje simbólico universal. Quienes estuvieron presentes y quienes escuchamos hoy este texto, podemos leer que al centro se encuentra el pan del éxodo para los paganos (cf 7,31), en paralelo con el que acaba de dar a los judíos (6, 38-46). Habla de espuertas, un término helénico, y no de canastos, como era el uso en Palestina. Siete espuertas, en lugar de doce canastos; y siete panes, que significan la totalidad, la universalidad de su reino.

Jesús se conmueve, porque ha descubierto en este grupo de seguidores, después de tres días, una auténtica adhesión. Los que han venido de lejos, representan a cuantos hemos tardado en llegar a Jesús, a la vida de Dios; no se nos puede remitir sin el sustento que consolide nuestra fe.

Aparece el sentido eucarístico, compartir el pan como don de Dios, como signo de fraternidad universal y como viático para la vida misma.

Imaginemos a la multitud que había seguido a Jesús. Es de entender que estaban fascinados con Él, pero cansados y con mucha hambre. La cercanía con este maestro atrayente, que les ha venido aclarando los nudos de sus vidas, y provocando en cada uno la liberación que más necesita, los ha mantenido plegados al grupo. Habrán tenido la sensación de que, si se hubieran retirado antes, se habrían perdido de la mejor parte. Y al final así lo comprobaron. Quienes permanecieron hasta este momento, experimentaron el amor de Dios, el don de Jesús mismo por medio de ese pan, saciaron sus hambres, compartieron como pobres; y finalmente, se sintieron hermanos entre sí, y seguros de la nueva relación que estaban iniciando con Dios.

¿Cuáles son nuestras hambres? ¿Cómo es nuestra adhesión a Jesús? ¿Cómo comparto el pan eucarístico y el pan material con mis hermanos, en la mesa compartida, en la certeza de que en cada compartir Jesús tiene que ver?



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