Es ‘Peppa Pig’ ¿mal ejemplo?

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  • Es ‘Peppa Pig’ ¿mal ejemplo?

    “Peppa Pig” es una serie de animación infantil lanzada en 2004 en un canal británico. Foto: Especial.

A “Peppa Pig” la han acusado de ser perjudicial para los niños. Eso afirmó una mediática psicóloga australiana, en unas declaraciones que traspasaron el ámbito de lo local. Miles de padres se han preguntado atónitos: ¿“Peppa Pig”… una mala influencia? 

La doctora Karen Phillip —así se llama esta psicoterapeuta— refería que “los niños están perdiendo la capacidad de desarrollar habilidades en empatía y leer el lenguaje corporal de otras personas porque ya no están en sintonía con él”. Acusaba a estos dibujos de mermar el desarrollo de su imaginación. “Los pequeños están perdiendo la capacidad de crear nuevos juegos, nuevos conceptos e ideas por estar demasiado acostumbrados a ser entretenidos por una fuente externa”. 

Y ponía como ejemplo la serie de la cerdita: “Si los padres interactúan con los niños mientras ven ‘Peppa Pig’, cantando, bailando e interactuando con ellos,   la cosa cambia”. Es decir, que una serie como “Peppa Pig” solo es beneficiosa para los niños si estos la ven en compañía de sus padres”. (El revuelo causado entre padres de distintas nacionalidades obligó a esta terapeuta a defenderse: “Jamás mencioné el programa ‘Peppa Pig’, me refería al uso excesivo de pantallas”, alegó).

Así, ¿pueden los dibujos animados ser perjudiciales para el desarrollo de los niños? 

Giuseppe Iandolo, doctor en Desarrollo Psicológico, Aprendizaje y Educación nos da un mensaje tranquilizador basado en la evidencia de la investigación.

“Los dibujos animados brindan oportunidades para el desarrollo infantil: los de tipo educativo pueden contribuir al desarrollo lingüístico y narrativo, a la dimensión espaciotemporal, así como a la capacidad de solucionar problemas a través del modelado”, dice. 

No obstante, esto no nos exime de una supervisión. “Más allá de que los contenidos de un dibujo animado sean adecuados, su impacto en el niño dependerá de otros factores, como el grado de implicación de los padres en compartirlos con ellos, explicándolos y supervisándolos”, aclara.

No prohibir, sino racionar  

En general, Iandolo desaconseja la prohibición o las medidas muy radicales. 

“No permitir que un niño vea dibujos animados por considerar a priori que son dañinos, además de privarle de una ocasión educativa, podría perjudicarle en su sentimiento de adecuación y relación con sus amigos, y nos reclamará que todos los demás los ven y él no”, explica el psicólogo. 

Ante esta demanda la mejor solución, explica, “será delimitar los tiempos y el tipo de dibujos, para dejar espacio a otras actividades fundamentales para su desarrollo: el juego, la lectura compartida y la socialización con otros niños”.

Al igual que Phillip, opina que el exceso de tele no les hace ningún favor a los niños: “Los heavy TV watchers (así se refieren en investigación clínica a los niños teleadictos) manifiestan efectos negativos en la socialización y comunicación, como sentimientos de soledad, una excesiva identificación con los personajes, y menor rendimiento académico”.

Otro tema fuente de intranquilidad habitual de los padres es la propia trama de las historias, en ocasiones muy dramática. Pero esto tampoco debería quitarnos el sueño, puesto que “contribuye al desarrollo emocional del niño”, según aclara el investigador.

Sobre si pesa más la historia o el personaje, el experto no lo duda: “A corto plazo, durante la visión del dibujo animado, pesan más los personajes”, ya que la influencia de la historia requerirá un proceso de maduración posterior. “Los dibujos animados, en tanto que narran una historia con personajes con los que el niño se identifica, contribuyen a estimular su empatía, pero solo cuando la historia se cierra empieza a afectar el pensamiento narrativo y emocional del niño”. 

En otras palabras: “Ver una historia estimula la empatía; contar una historia proporciona un nivel aún más profundo de empatía hacia los personajes”. 

Por esta misma razón a los padres les conviene no solo ver dibujos de vez en cuando con los niños, sino dejar que ellos nos cuenten sus propias interpretaciones. “No existen los dibujos animados perfectos porque el pensamiento narrativo se basa en lo imprevisto y en la imperfección, pero un buen dibujo animado permitirá al niño y a sus padres buscar el significado de la experiencia, tal y como ocurre en la vida real”, añade.

Dónde están los límites

Un estudio clásico realizado por Keith Gilbert en 1998 sobre el impacto de los medios en niños de cinco y seis años expuestos durante dos horas diarias a distintos programas demostró que, a esa edad, los niños todavía no son del todo capaces de distinguir entre realidad y ficción. Es decir, que tienden a identificar a los personajes de los dibujos animados como los miembros de su propia familia.

Esto podría llevar a conductas de imitación muy peligrosas, según advierte la psicoterapeuta Gestalt Clotilde Sarrió. 

“La identificación con los protagonistas de los dibujos implica una mimetización que les puede llevar, no ya a vestir como sus referentes, sino a actuar bajo la consigna de lo que puede hacer mi súper héroe, también lo puedo hacer yo”.

Tampoco debemos olvidar la influencia que pueden ejercer a nivel de principios morales.

“Unos dibujos animados aparentemente inofensivos podrían contener mensajes que influyeran en conceptos y estereotipos referentes a sexualidad, la violencia o la xenofobia, por poner tan sólo tres ejemplos”. (El País)



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