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Gracias padre

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    Gracias padre

“El cuerpo de Cristo”, “Gracias Padre”. “El cuerpo de Cristo”, “Gracias Padre”. “El cuerpo de Cristo” “Gracias Padre”… La fila avanzaba despacio, cargada de la ansiedad que se instalaba en las piernas ungidas por el tiempo. Los rostros se ocultaban de las miradas, tan familiares pero que ahora con una extrañeza inexorable se volvían ajenas y se escondían entre la porosidad de los ladrillos que erigían la capilla, entre las imágenes de los santos con la mirada vaga. Se colaban entre el aroma que despedían los sirios, el fervor, la limpieza y dejaban de existir para el resto. Nada. Nadie. Se clavaban en el piso de cemento, en los reclinatorios viejos de madera porosa y piel agrietada, en la fe a la que daban de tirones.

“¿Y hora si te confesates Juanita?... Acuérdate cómo te fue la última vez que comulgates sin… ” “Pos ni que fuera tú Licho”… “El cuerpo de Cristo” “Gracias Padre”… Un vals con el hervor de los pechos alborozados por recibir el cuerpo del Padre Celestial repletos de la rigidez que demandaba el espacio, la moral. La imagen suprema tomaba entre sus manos la hostia y la apuntaba hacia las tejas agujeradas del lugar mientras la persona al frente clavaba los ojos en ella y le nacía en éstos la urgencia de purificarse el cuerpo tras la entrada de este “alimento” sagrado, le brincaban las pupilas como si su cuerpo enfrentara una lucha interna en la que si perdía, de un salto le arrebataría con los dientes aquel objeto de relevante insignificancia.

“Aparte, yo ni ocupo confesarme, ¿Tú crees que a mi edad voy a andar pecando?” “Pos uno nunca sabe, Juanita”. La sotana blanca del padre ondulaba con una armonía trémula, como si marcara el compás de aquella música audible sólo en el palpitar individual de los allí presentes, un acompasado vaivén similar al de un mar en reposo. A distancia, un llanto infantil reventó la atmosfera, y ese mar, antes adormecido, atacó con toda la brusquedad de sus entrañas, en una ola de conciencias, a los partícipes de aquella ceremonia, sacudiéndoles el alma, negándoles el olvido, haciéndolos volver el rostro a sus impurezas. Los expectantes más alejados de la glorificación del cuerpo volvieron el rostro en búsqueda del culpable con la rabia inundándoles las vísceras, pero era demasiado tarde, sólo alcanzaron a vislumbrar una silueta inclinada perdiéndose entre la bruma de la entrada al recibir al día.

“Oye Juanita… ¿Y siempre que fue de tu hijo aquel? el rarito... según dicen está con una pata pa allá… ¿Sí es cierto que le dio una enfermedad desas que sólo les da a ellos?” “¿Cuál hijo? Yo ni tengo” “No te hagas Juanita, todos sabemos que la Jacaranda te salió de las entrañas, y yo me acuerdo cuando lo traías de chiquito y todavía le decías Ramiro, pero desde ahí se le notaban ya las mañas, y no tiene nada de malo, al fin, ya no importa a quien le abriste las patas, o que tanto habrás pecado, Dios ya te dio tu castigo al pudrirte el vientre y darte chiquillos echados a perder. Debías de agradecerle, el méndigo te curó de tus pecados”… “Licho, ¿y tú te confesastes?” “¿Pa´qué? Si ni pecados tengo” “Pero no respetastes la cuaresma ¿eso no es pecado?” “¡Ay Juanita! Es más pecado lo que sale de la boca de una que lo que entra por ella” “Sí, pus sí” “Aparte ¿Tú crees que yo me voa querer confesar con este Padre? Si a leguas se le nota que es más méndigo que todas nosotras juntas” “Sí, edá, ¿por qué habrán corrido al Padre Matellito tú?” “Pos quien sabe, ya ves, chismes que se inventa la gente desquehacerada” “Tan buen Padrecito que era, ya ves como traía en friega a los muchachos” “Pos ni

tanto, ya ves tú Ramiro”… Las manos temblorosas de Juanita frotaban con desesperación aquel rosario desgastado por el devenir de plegarias burdas. Intentaba escapar, correr, mentarle la madre a la Licho echándole en cara lo que ya todos sabían que era. Sí, el Ramiro o Jacaranda o como le quisieran llamar era de ella, pero no enfrente de los demás, no frente al padre, no en la casa del señor. Quería decirle que no se hiciera tonta, que ya todos sabían lo del Matellito ése. Pero sólo sus dedos, apretados por las medias, respondían al impulso que resultaba nulo.

Después de aquel exabrupto, la fila se había acelerado, como si un temor, oculto y silencioso, a que alguien volviera a profanar el acto, hubiera agilizado las cosas. Se había perdido la sutileza aquella que en un principio imperaba en la comunión, y ahora todo era rápido, impulsivo, brusco. Todo era urgencia de recibir el cuerpo para estrenar cuerpo. Y crecía el ansia, y en la calma todos querían lanzarse en contra del padre, jalarlo de la sotana y robar el objeto que nacía en sus palabras… “Ya nos toca, Juanita, ¿Me dejas pasar a mi primero?” “Ya sabes Licho”… “El cuerpo de Cristo” “Gracias Padre” “El cuerpo de Cristo” “Gracias Padre”

 

Guillermo García 19/01/98, es oriundo del estado de Tecoman, Colima. Cursó estudios a nivel medio superior en el “CEDART Juan Rulfo” hasta quinto semestre. Actualmente radica en Morelia y es miembro del grupo de poesía “El noveno invitado”.



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