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AVANZADA
DEPORTES
Importan violencia
REDACCIÓN/Santiago Igartúa / México / Agencia Proceso
NOTA PUBLICADA: 4/5/2010

Carente de identidad, el futbol mexicano refleja en sus gradas la influencia sudamericana en una pasión distorsionada. Instauradas por la voracidad de dirigentes de clubes y aficionados, bosquejos de barrasbravas han sustituido a las porras en distintos estadios del país.

El ‘subibaja’ de las manos en posición de escuadra, cánticos con entonación extranjera, banderas descolgadas como tirantes arriba-abajo por las tribunas y términos como hinchada, dale, aguante, los trapos, entre tantas, son trivialidades que evidencian el montaje.

Radicado hasta hace unos años en Argentina, el sociólogo Fernando Segura Trejo hace un análisis del fenómeno: “En México no se dimensiona el problema que implican las barras. El tema es muy complejo y requiere una atención pública seria, adaptada al contexto mexicano. Pero muchos dirigentes, ingenuos e inconscientes, trajeron barras a México ofreciéndoles incentivos económicos”, dice acerca de las que se resiste a llamar hinchadas.

Para él, instalar barras “existiendo tantos problemas de violencia en México” es correr “indudablemente” el riesgo de que los estadios se conviertan en otro espacio más para su manifestación.

En sus archivos, Salvemos al Futbol (SF), una asociación civil argentina, concebida para denunciar y repeler la violencia en el deporte, habla de barras de Rosario Central, de Argentinos Juniors, de Boca y de Chacarita, que habrían viajado a México “en calidad de instructores” cobrando 600 dólares por partido.

Sin embargo, los informes refieren la inclusión de dirigentes de clubes, que, al emplear a los barras para desempeñar una función desarrollada desde la violencia y el ilícito, legitiman a los violentos. Es jugar un partido de ida sin regreso.

Para el presidente de SF, Mónica Nizzardo, la consolidación de barras en México tendría que ver “forzosamente” con la voluntad de gobernantes y directivos. “Que un club contrate barrabravas es legitimar criminales; es avalar querer vivir en una sociedad sin reglas, violenta, donde la vida humana no tiene significado, donde el negocio lo puede todo y todo lo justifica”.

Personalmente dice haber conocido barrabravas argentinos que, “en condiciones inmejorables”, se instalaron en México para “enseñar a organizarse” a sus copias mexicanas, a “emboscar a las porras rivales y a vivir como barras”, cuenta por su parte Segura Trejo.

Titulada “Colegio de Animales”, el diario argentino Olé publicó una nota, fechada el 14 de febrero de 2007, que ya devela la instrucción por parte de barrabravas argentinos a miembros de agrupaciones mexicanas, entre las que nombran a La Rebel, de Pumas, La Monumental, del América, y la de Tigres, en cuyo estadio el sábado 27 de marzo se registraron enfrentamientos violentos entre decenas de seguidores del mismo equipo, que atraviesa por su enésima racha de fracasos y que lo tienen colocado en los últimos lugares del Torneo Bicentenario 2010 y en el penúltimo sitio de la tabla del porcentaje que marca al equipo que debe descender.

Citando fuentes de la Policía Federal Argentina, el informe dice: “Nuestros barras encontraron un nuevo nicho para hacer negocios con la violencia: exportar sus métodos. Así, asesoraron y armaron barras de equipos de México”.

Según el reporte, el adiestramiento se centraba en la recaudación de fondos “producto de la extorsión” a directivos y jugadores, el manejo de la reventa, el cobro de cuotas a los vendedores informales y la entrega de un repertorio de canciones para “alentar” desde las gradas.

En dicho informe se cita al entonces líder de La 12, barra de Boca Juniors, Rafael Di Zeo, quien supervisó los tutoriales por parte de su organización: “el jefe de Pumas (Salvador Reyes), apodado Nariz, estuvo dos veces en Buenos Aires parando en el Hotel Intercontinental y aprendiendo in situ con la gente de Boca”.

pAl interior de las barras

Autor del estudio “Violencia y redes sociales de una hinchada de futbol”, publicado por la Universidad Nacional de San Martín, en Argentina, el antropólogo José Garriga Zucal realizó trabajo de campo durante un año con la hinchada del club Huracán, desentrañando la construcción de vínculos en las barras.

Cuenta que para lograrlo tuvo que viajar en los microbuses con la hinchada, comer asados, tomar cerveza, concurrir a las reuniones de socios, compartir mate, escapar a los gases lacrimógenos, caminar solo por el barrio, viajar hasta los estadios visitantes, emocionarse con un gol, decepcionarse ante las derrotas, cantar, saltar, aprender los nombres de los otros hinchas, memorizar las canciones, resguardarse en los “combates”, sufrir la represión policial, asistir a velorios de compañeros de la banda, tener aguante.

Según Garriga, un hincha quiere serlo porque le da un status, el prestigio y el honor de “ser parte” de algo que es correcto en los parámetros del grupo social –barrio– al que pertenecen, en un ámbito tan importante como lo es el del futbol en Argentina. “Soy de la barra de… te hace alguien importante. Genera un sentido de pertenencia, construye un ‘nosotros’ para enfrentar situaciones desfavorables” como la pobreza, la inseguridad o el rechazo social”.

Las hinchadas se dividen en fracciones, marcadas por los barrios de concentración de sus integrantes y regularmente delimitadas por las cercanías del estadio. Cada una cuenta con un líder o capo, que es el encargado de administrar las finanzas de la barra: el dueño del negocio. A ellos siguen las segundas líneas, conformadas por cerca de 15 hombres –dependiendo cada club–, que responden a los líderes, quienes a su vez los reconocen como sus piernas o soldados. Después viene la tropa, o tercera línea.

El fenómeno de las barras- bravas y sus peleas internas –como las externas–, explica Garriga, sólo puede entenderse a través de los códigos que, entre ellos, las sustentan: la cultura del aguante.

Entre los miembros de una barra brava no hay víctimas, sino grupos de victimarios. Es lo que los antropólogos conocen como el “capital violencia”, lo que rige el estatus en las líneas de poder para un hincha, conseguido a través de dicho “aguante”, que se dirime en la misma hinchada. Tener aguante es ser buen combatiente, resistir al dolor, no temer al riesgo.

“El aguante, que es el honor, exime de ser cuestionado a quien lo posee. Para que un hincha o un vecino conserven una pizca de autonomía debe participar de esa cultura del terror”, detalla Garriga.

“El aguante no permite fisura alguna. Tiene de protagonista al cuerpo, soportando cualquier daño”, dejando la vida en la línea, antes de retroceder un solo paso. En la lucha por éste vale todo: armas, navajas, tubos, cinturones, piedras, “lo que sea para vencer al rival” en aras de acrecentar la potencialidad violenta, que habrá de traducirse en respeto. Siempre está a flor de piel, ya que los hinchas suelen estar armados e intoxicados, documenta el investigador infiltrado.

Ser violento es una cualidad-orgullo que debe demostrarse en todo momento. “Los hinchas legitiman en sus códigos la violencia. En su club, su barrio, su territorio, se separa legitimidad y legalidad”, continúa el antropólogo.

Los hinchas también compiten por el aguante a través de los abusos, la locura. En el espacio del futbol los barrabravas han logrado legitimar sus prácticas, “de tal forma que las relaciones sociales no se cierran con el accionar de la violencia, por el contrario, se abren”.

El aguante “tiende lazos sociales” que se reflejan en el bienestar económico. Entre el respeto y el temor que generen, los fanáticos materializan su violencia en favores por parte de la comunidad en la que se desenvuelven.

Fue entre la barrabrava de Huracán, estudiada por Garriga, que se suscitaron las últimas dos muertes del futbol argentino más sonadas: el 25 de junio de 2009, a una fecha de terminar el torneo clausura en su país, Huracán era el puntero de la liga. Un partido los separaba del campeonato que no consiguen desde 1973.

Dividida en cuatro fracciones, la llamada banda de La Zavaleta había dejado la tribuna hacía unos años. Los buenos resultados del equipo trajeron consigo la recaudación de dinero para las barras que, solapadas por la directiva, son dueñas de la explotación de la venta de alimentos, entradas y mercadería dentro del estadio.

La Zavaleta fue expulsada violentamente del estadio por la banda de La Placita, hoy al mando de la barra. En represalia, Fernando de Respinis, de 32 años, hermano del líder barrabrava de Huracán, fue acribillado a la puerta de su casa. “Al hermano del jefe de la barra (Adrián Respinis) lo van a buscar para vengarse. Habían pasado cuatro horas desde que terminó el partido, pero la pelea empieza en el estadio”, dice la presidenta de SF.

En venganza por el asesinato del menor de los Respinis fue muerto Orlando Sosa, taxista que fue baleado e incendiado su vehículo. De origen humilde, Adrián de Respinis, según el noticiero “América 24”, posee un Spa como negocio y varias empresas de sitios de taxi, producto de sus ingresos como líder de la organización.

pLos 186 asesinatos

Cada domingo de futbol, las tribunas de los estadios argentinos son tomadas por las llamadas barrasbravas para escenificar batallas donde atacantes y defensores en la cancha no son más que una metáfora.

Suman 186 los nombres que han sido despojados de su rostro y de su cuerpo para conformar una lista de muertes atribuidas a la violencia de esos hombres a los que, usualmente, suele catalogarse como “inadaptados”, “irracionales”.

La realidad es otra. Las barrasbravas son organizaciones estructuradas que explotan su potencialidad violenta a través de la venta de servicios ilícitos.

Un estudio reciente, elaborado entre junio de 2009 y marzo de 2010 por el departamento de investigación de Salvemos al Futbol, registró un vuelco en la tendencia del comportamiento de las barrasbravas en el futbol argentino, presentando un crecimiento exponencial en el fenómeno denominado violencia intrabarras.

Según da cuenta el informe, una veintena de asesinatos se gestaron en el seno de su misma hinchada de 2005 a la fecha, siendo la principal causa de muerte durante el último lustro en el ámbito futbolístico, por sobre enfrentamientos entre aficiones rivales, la represión policial y accidentes.

Estas muertes “poco o nada” tienen que ver con la pasión desbordada por los colores de un equipo o “la violencia social contra aquel que piensa diferente o no comparte el sentimiento”; este fenómeno se presenta exclusivamente por disputas de poder y dinero, negocios dentro de las mismas barras, dice Mónica Nizzardo, presidenta de SF.

La lucha interna por dirimir el poder dentro de las hinchadas argentinas ha develado una red de complicidades que derivaron en un poder superlativo que los hinchas resguardan con el (su) cuerpo.

pEl negocio

Los líderes de las hinchadas no ven los partidos, siempre de espaldas al juego. El negocio está en la tribuna. Entrevistado para el documental Futbol Violencia SA, producido por SF, el ex gobernador de la Provincia de Buenos Aires Felipe Solá explica: “Están mirando a su gente, mirando si se les obedece, si se cumple con la venta de droga, si se baja la bandera (las hinchadas despliegan una bandera del equipo que cubre totalmente la parcialidad donde se sitúa la barrabrava) para vendarla, si se amedrenta al que se tiene que amedrentar; no les interesa el resultado”.

La venta de droga supone ser el negocio más redituable de las barras, y los propios clubes operan como sus centros de distribución. Mónica Nizzardo cuenta que la única amenaza de muerte que ha recibido por su labor en SF llegó como consecuencia de esta denuncia. “Con la violencia haz lo que quieras; si te metes con la droga, sos boleta (te mueres) en 48 horas”, relata a este reportero. “Yo estoy segura que si se hace un allanamiento a los clubes, en 80% de los casos se encuentra una actividad ilegal”.

Nizzardo cuenta que los barras se emplean como sicarios. Una denuncia hecha en SF notificó un pago de 200 mil pesos a un barrabrava por cometer un asesinato.

En grupo son contratados como fuerzas de choque por políticos y sindicalistas. Un testimonio reunido por el antropólogo José Garriga da cuenta (de ello): “Los trabajos no los conseguimos por la hinchada sino por la política, pero la política necesita siempre de las hinchadas”, dijo el informante al que el antropólogo llama Coco, por confidencialidad.

En tiempos de elecciones, relata Coco, “trabajan para todos los partidos políticos, ‘el que ponga plata’: llevan gente a votar, a pegar o pintar proselitismo; son paleros, son guardaespaldas de los políticos, manejan la seguridad en los actos dirimiendo conflictos o, por el contrario, son grupos de choque”.

Federico Fernández y Juan Pablo Ferreiro describen en el estudio “Hinchas mercantilizados” la forma que emplean las tropas de las hinchadas para conseguir dinero: “Extorsionan jugadores y dirigentes”. Dichas extorsiones son denominadas aprietes: intercambios por dinero o mercancía de valor para los barrabravas –dinero, entradas, bebida, ropa, micros para viajar– a cambio de su seguridad.

Un apriete “es un pedido que no puede ser rechazado”, dicen los sociólogos. “Son en tonos muy intimidatorios y maneras amenazantes, prepotentes”. El 3 de marzo de 2005, Laureano Tombolini, entonces portero de Colón de Santa Fe, declaró a Radio Continental que debía aportar dinero “mensualmente” al jefe de la barrabrava de su equipo para resguardar la “seguridad de su familia”.

pLa complicidad

Para Mónica Nizzardo, las muertes dentro de las hinchadas se fomentan desde las comisiones directivas, “siempre cómplices o mirando hacia otro lado”. También la Policía o algún político en el medio alimentan el poder de las barras.

Mónica fue directiva del club Atlanta hasta hace cinco años, entre 2002 y 2005. Ha sido la única dirigente en denunciar a un barrabrava de su propio equipo. De ahí nació Salvemos al Futbol.

La forma de complicidad más recurrente entre barras y dirigentes comienza con la entrega de entradas –que son moneda de cambio en la reventa– y patrocinio de viajes para que las barras sigan al equipo.

Carlos de los Santos, integrante del Comité de Seguridad Deportiva, psicólogo de la Policía Federal, habla de la reventa: “Los barras venden cientos de entradas. ¿De dónde las pueden sacar? De dentro del club, de un dirigente corrupto. Lo más grave es que institucionalmente se las den para recaudar más dinero, porque si el club saca 10 mil entradas a la venta y las 10 mil las saca por la reventa, no hay pago de impuestos, no se declara esa segunda venta y eso ya es evasión y hay delitos conexos”.

Para el federal, las barras aprenden de los dirigentes: “Ven que toman dinero que no deben, transferencias no claras, arreglos turbios en contratos por la transmisión televisiva que sabemos espuria y una estafa”.

Casos como el de Fabián Gianota, líder de la barra brava de Estudiantes, exhiben la connivencia de bravos y dirigentes. Con tres causas penales en su contra, el hincha de Estudiantes apareció por televisión en el vestuario del equipo ganador de la reciente edición de la Copa Libertadores festejando, el pasado 24 de junio.

En Futbol Violencia, SA, Raúl Gámez, ex presidente de Vélez, que llegó a serlo tras ser líder de la barra en los setenta, reconoció: “Nosotros pactamos con ellos (los barrabravas) en algún momento. No quería droga en la institución. Si se portaban bien tenían derecho a las entradas y al traslado”.

Por su parte, en el mismo documental, dirigido por Pablo Tesoriere, Horacio Usan Dizaga, presidente de Rosario Central, evidenció la relación entre directivos y barras: “A los barras los tenemos personalizados. Nadie ignora quiénes son los jefes. Por muy buen abogado que tenga un violento, un violador, un homicida, hay un juez que debería estar por encima y hay leyes que están obligados a hacer respetar. Pero para eso hay que tener coraje. ¡Qué un juez tenga miedo, y tienen miedo los jueces, nosotros también tenemos miedo! Pero una cosa es tener miedo y otra ser cobarde. Si a mí me autorizan hacer justicia por propia mano lo hago”.


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» Ojala los dirigentes del futbol mexicano (dueños de equipos y federativos) se reunieran para tratar este tema y desterrar este tipo de movimientos. Creo que el Pachuca fue uno de los equipos que importó este tipo de movimientos.
enviado el 05/04/2010 19:23:00
enviado por fabio
» Tienen razón de que puede llegar a ser un problema incontrolable, antes eran porras ahora dicen que son barras aqui en el estadio león veias mantas donde se leía "budget" "santa fe", etc. lo que cantan en los estadios son copias, la única manera de que llege a mayores es que no permitir la entrada al estadio a los violentos.
enviado el 05/04/2010 11:53:00
enviado por Jorge

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