Eugenio Garza Sada El crimen que marcó al País
AGENCIA REFORMA/DANIEL DE LA FUENTE/ / Publicada el 19/10/2013

Hace cuatro décadas fue asesinado Don Eugenio Garza Sada, el líder empresarial regiomontano del Siglo XX. Ese trágico 17 de septiembre de 1973 forma parte ya de las fechas de duelo en la historia local y nacional.

Desde entonces, también se ha forjado una leyenda indiscutible sobre el prohombre y filántropo, quien combinó estrategia industrial y una filosofía personal y social, de vida y trabajo.

Media hora. Más o menos ése fue el tiempo que la crónica periodística de entonces afirma que Eugenio Garza Sada, el capitán de empresas más importante del Siglo XX en Monterrey, estuvo tirado sobre Luis Quintanar y Villagrán tras recibir un disparo en el tiroteo entre su chofer, su escolta y el grupo de la Liga Comunista 23 de Septiembre que intentó secuestrarlo el 17 de septiembre de 1973.

Era lunes y pasaba de las 9:00 horas. De acuerdo a testigos consultados entonces por EL NORTE en la Colonia Bella Vista, cuando al menos seis personas aguardaron el paso del Ford Galaxie negro modelo 1969 que conducía Bernardo Chapa Pérez rumbo a Cervecería Cuauhtémoc. Al lado iba Garza Sada y, en el asiento trasero, su escolta Modesto Torres Briones.

El hombre de 81 años llevaba poco de traer acompañantes tras la insistencia de su familia por la inseguridad guerrillera en aquel tiempo, comenta su primo segundo Antonio Elosúa Muguerza.

“Él siempre condujo su auto. Recuerdo que más jóvenes lo esperábamos en Venustiano Carranza e Hidalgo para que nos diera raid al Tec, porque pasaba muy temprano a su junta de Consejo. Manejaba volado.

“Cuando ya las cosas empezaron a ponerse feas, aceptó el chofer y el escolta, aunque traía un arma en la guantera. Decía ‘a mí no me agarran vivo’”.

Lo que el presidente del entonces Grupo VISA no cambió fueron la hora y la ruta, por lo que al salir de su residencia en la Colonia Obispado, tomar Ruiz Cortines y dejar atrás la Avenida Bernardo Reyes, su vehículo dio puntualmente vuelta en la arteria de siempre, Luis Quintanar y, en la esquina con Villagrán, Bernardo hizo alto.

De los cuatro guerrilleros apostados en las esquinas, el líder Edmundo Medina Flores, metralleta en mano, hizo alguna señal y una camioneta en la que iban otros dos, Elías Orozco Salazar e Hilario Juárez García, se interpuso por Villagrán al paso del Galaxie. Edmundo, junto a los guerrilleros de a pie Miguel Torres Enríquez, Javier Torres Rodríguez y Anselmo Herrera Chávez, se aproximaron al auto. Todos los guerrilleros estaban armados.

Edmundo, Javier y Anselmo fueron hacia Garza Sada e intentaron abrir la puerta, pero estaba con seguro. De acuerdo a un testimonio posterior de Elías, quien se acercó por el lado chofer, el empresario quitó el seguro.

Los guerrilleros accionaron sus armas contra Bernardo y Modesto, quien también disparó desde el interior del Galaxie.

“Primero conmigo está peleando (el chofer) y no me da ningún balazo, y yo sí le alcanzó a dar balazos a él”, ha descrito Elías. “Otro compañero, Miguel, está parado enfrente y le da un balazo en sedal en el hombro izquierdo. Edmundo Medina, bueno, él estaba detrás, pero tuvo que liquidar al guardaespaldas”.

Modesto no murió ahí, sino en la Clínica Cuauhtémoc y Famosa. De los guerrilleros, cayeron heridos Anselmo y Javier.

“El chofer se trepaba arriba de don Eugenio, metiéndolo abajo del tablero, pero ya estaba muy herido (el chofer) y aun así seguía disparado, buscando a Edmundo para tratar de matarlo”, dijo Elías, lo que refrendó al ser detenido casi un mes después.

Al ver esto, Hilario salió del asiento de conductor, la brincó y abrió fuego contra el chofer, a quien abatió. La crónica de entonces señaló que a la escuadra de Bernardo le quedaron dos tiros hábiles, la de Modesto quedó descargada y el arma de cañón corto de Garza Sada, quien recibió un disparo en el costado derecho, nunca fue usada.

En una entrevista en el 2006, Elías recordó que, ante el chofer y el escolta muertos, un compañero le decía que dejara al empresario moribundo, que todo se había “jodido”.

“Gritaba sin decir nada”, recordó sobre Garza Sada. “Trataba de sacar a don Eugenio, pero no decía nada, sólo negaba con la cabeza y gritaba”.

Luego, cerró los ojos. Nunca se ha dado a conocer de qué arma provino la bala que le arrebataría la vida en el fuego cruzado.

La huida

Elías dejó a Garza Sada afuera del auto, el cual durante el tiroteo avanzó unos metros hasta quedar en medio de Villagrán.

El guerrillero y sus compañeros subieron a los dos heridos a la caja de la camioneta -también Miguel iba herido, pero se salvaría- y, de acuerdo a la autoridad, todos se vieron con una pareja cómplice que los esperaba adentro de un auto Falcon en la Colonia Industrial.

“Perdimos dos, pero cayeron tres”, dijeron los prófugos y la pareja les cedió el vehículo y huyeron a pie por los patios de ferrocarriles.

Los guerrilleros se separaron. Al ser detenido, Elías reveló que fue a refugiarse a una vivienda ubicada en la Calle Abril 223, en La Fama, y de ahí se trasladó al centro del País para dar detalles del fracaso del plan al líder guerrillero Mónico Rentería.

Aquella casa de Santa Catarina y otra en Laguna de Sánchez estaban contempladas como casas de seguridad para tener prisionero al empresario a cambio de un rescate de 5 millones de pesos y de la liberación de compañeros en prisión, entre ellos Gustavo Hirales, quien llevaba unas semanas en el Penal del Topo Chico tras ser acusado de participar en la guerrilla que cometió en Monterrey asaltos bancarios simultáneos y enfrentar a la autoridad en los Condominios Constitución el 17 de enero de 1972.

Esa mañana, los vecinos de la Colonia Buena Vista, cubierta por la cal de una yesera cercana, salieron temerosos de sus casas tras la refriega y descubrieron horrorizados quién se encontraba entre los caídos.

Asunción Álvarez regresaba de la tras dejar a algunos de sus 12 hijos que tuvo con el también guanajuatense Alfonso Enríquez. Ellos llegaron a esta colonia de Monterrey en el 52 para abrirse camino.

“Ese día venía de regreso y escuché los tronidos, me asusté y me vine corriendo a la casa porque tenía a hijos chiquitos en la casa”, recuerda la mujer, mientras la contempla su esposo desde una silla de ruedas.

Al llegar Asunción, hoy de 81 años (la misma edad que Garza Sada tenía al morir), el empresario, quien según testimonios intentó en vano incorporarse minutos antes, ya no se movía. Entre ella, Tenchita y Martha Garza, vecinas a las que les tocó atenderlo y que ya fallecieron, le empezaron “a echar aire” hasta que a los minutos llegaron bomberos de Cervecería y, después, la Cruz Roja, quien tardó pues no tenía paramédicos.

“Estuvimos mucho rato, pobrecito, yo lo reconocí rápido porque a veces iba a desayunar al comedor del Padre Infante, él daba donativos, y yo era voluntaria. El padre estuvo viniendo muchos años a dar aquí la misa”.

Finalmente, el hombre que cambió a la Ciudad murió en el Hospital Muguerza.

Indignación y leyenda

Corría el segundo mes del gobierno de Pedro Zorrilla y, junto al nuevo director de la Policía Judicial Carlos Solana, le tocó al Mandatario iniciar las investigaciones del crimen. Más tarde, se incorporaría el Fiscal de Hierro, Salvador del Toro en representación del Gobierno federal.

En los primeros días, la autoridad daba detalles escuetos del crimen de Garza Sada, esposo de Consuelo Lagüera, padre de ocho hijos y abuelo de 44 chicos. La prensa abundaba sobre su exitosa trayectoria desde que estudió con jesuitas en Saltillo e ingeniería en el MIT hasta sus primeros pasos en la conducción del legado fundado por Isaac Garza, entre otros, y el desastre que representaba que un hombre de su magnitud muriera así.

En los medios de comunicación, su obra era una y otra vez contada: fundador del Tecnológico de Monterrey, adelantado medio siglo al Infonavit con sus prestaciones de vivienda, así como de servicio médico y otros beneficios. Quienes no sabían de él en el País, se dieron cuenta: había muerto un hombre extraordinario.

Todos los organismos y partidos, incluso la izquierda no radical, pidieron justicia. Jorge Cruickshan, presidente del PPS, sentenció: “éste no fue un acto revolucionario”.

Pese a la lluvia de aquel septiembre, la despedida, a dos días del 372 aniversario de la fundación de la Ciudad, reunió a más de 150 mil personas.

Al cortejo se unió el presidente Luis Echeverría, abierto opositor de las ideas de Garza Sada y del grupo empresarial regio, y quien decidió venir de última hora -o le exigieron venir- y habló de los asesinos de Garza Sada como “fanáticos” y “enajenados”. Elosúa Muguerza recuerda que, en el camino, algunos le gritaban “¡asesino!”, acusaciones que el Mandatario, resguardado por el Estado Mayor y sus secretarios de Economía y Educación, no contestó.

“La gente estaba muy enojada con el Presidente”, afirma Antonio, aunque dice desconocer lo que un ex elemento de seguridad de Cervecería e HYLSA aseguró en entrevista a cambio de no revelar su identidad: “Hubo empleados que incluso les decían a sus jefes que los dejaran vengarse, que ellos ofrecían su vida para matar al Presidente”.

Ya en el cementerio, bajo la tormenta y en presencia del Ejecutivo -y después del estudiante del Tec, Ismael Villa, y del representante de la Unión de Trabajadores de Cervecería, Gerónimo Valdez-, Ricardo Margáin Zozaya dio su célebre mensaje: “Sólo se puede actuar impunemente cuanto se ha perdido el respeto a la autoridad, cuando el Estado deja de mantener el orden público; cuando no tan sólo se deja que tengan libre cauce las más negativas ideologías, sino que además se les permite que cosechen sus frutos negativos de odio, destrucción y muerte”.

Quizá por el tono fue que se propagó el mito de que alguien abofeteó a Echeverría.

Alertas que nadie escuchó

Los primeros días, el gobierno de Zorrilla presentó como responsables a guerrilleros, que sí lo eran, pero que no habían participado en el crimen de Garza Sada. Fue hasta el 6 de octubre que policías del Estado de México reventaron una casa de seguridad en Amecameca, capturaron a Elías y se conoció de manera integral la versión de la Liga, que en días posteriores al crimen de Garza Sada continuó con sus “expropiaciones” al secuestrar al cónsul británico en Guadalajara Anthony Duncan Williams y a Fernando Aranguren.

Al diplomático lo liberaron; al segundo, lo mataron. Hubo más empresarios y comerciantes secuestrados y asesinados en el País, además de ataques con bombas y violentos movimientos de posesionarios ligados a guerrillas. De hecho, tras la captura de los asesinos de Garza Sada, Alejandro Garza Delgado descubrió un plan de un atentado en Fundidora.

Presionado por la Iniciativa Privada, Echeverría actuó feroz. Unos responsables de los crímenes de los empresarios murieron, otros desaparecieron y unos más fueron arrestados y amnistiados años después por José López Portillo, como fue el caso de Elías, quien hoy aspira a ser de nuevo diputado por el PT en Tamaulipas y pudo contar su historia en un libro inusual que hizo con su custodio: Revelaciones de un Soldado.

Decenas de personas, guerrilleras o no, fueron masacradas o desaparecidas por Miguel Nazar Haro, posteriormente jefe de la Federal de Seguridad.

Treinta y tres años después, Jorge Fernández Menéndez, recordó en el libro Nadie Supo Nada. La Verdadera Historia del Asesinato de Eugenio Garza Sada la versión que EL NORTE dio a conocer en esos días siniestros: el Gobierno de Echeverría supo desde 1971 que la guerrilla iniciaría una racha de secuestros para allegarse recursos y, que entre los candidatos, estaban el regiomontano y uno de sus hijos.




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