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OPINIÓN

El tedio

Siempre he tenido el ansia por no vivir, ni domiciliarmente, entre espacios, colores y ornamentos estáticos eternos que propicien involuntariamente el tedio.

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El tedio

Siempre he tenido el ansia por no vivir, ni domiciliarmente, entre espacios, colores y ornamentos estáticos eternos que propicien involuntariamente el tedio.

Seguramente usted, estimado lector, se ha percatado de que el cambio, por imperceptible que sea, merodea nuestra existencia de un día a otro. Sí, cada uno de nosotros, como personas, no somos hoy iguales a lo que éramos ayer, y lo que escribo, por sobre la fatuidad de múltiples obcecaciones, se orienta a abandonar con cierto repudio a la perduración.

Siento que mi mundo tiene que ser obligadamente dinámico y cambiante para encontrar en su devenir la verdadera paz. Respeto, por ejemplo, las adoraciones por las casas con muros extensos y blancos puestos de moda por el minimalismo, soporto también, fuera de toda pasión, las muy estáticas salas de museos o las vidrieras comerciales que conservan vetustos artículos de modas pasadas.

Todo se vale, sin embargo, el no moverse, aunque sea de forma mínima, carga con la pena de quedarse atrás

A propósito, entre el minimalismo mencionado en el párrafo anterior y lo abigarrado de lo opuesto habrá que aceptar que existen múltiples conductas de parcialidades cuánticas que viven en la medianía.

Así, bajo la premisa del simplismo conductual, digamos que las personas debemos “ser y parecer” ante lo que mejor nos represente.

Me ufano al decir que cada muro del hogar familiar tiene motivo de plática y largas historias por contar, hecho, claro, contrario a las monótonas y estériles bardas carecientes de una buena dispersión sentimental y cromática. Sí, por esa razón me parece que siempre habrá congruencia ciudadana en el “ser y parecer” personal.

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