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Perspectiva

Historias familiares (Segunda parte)

En forma inexplicable el gobierno comenzó a contratar en directo, sin licitación, el 80% de la obra pública. Una invitación perfecta para la corrupción.

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Historias familiares (Segunda parte)

Angélica Rivera no hizo el mejor papel de su vida al tratar de explicar el arrendamiento de su “Casa blanca”. Cometió el error de presumir en el ¡Hola! su arquitectura moderna y minimalista. También su arquitecto explicó en un reportaje el buen gusto de sus habitantes. 

Dos errores que darían el inicio a un cambio histórico. 

Con gesto malencarado “La Gaviota” quiso tomarle el pelo a los ciudadanos al declarar que ella tenía dinero suficiente para comprar la mansión dado su largo trabajo de actriz. Nadie le creyó. El tema se le complicó más a su esposo, el presidente Enrique Peña Nieto. 

Fue la primera fractura de un matrimonio de telenovela. 

La “Casa blanca” había sido construida “en arrendamiento” por la empresa del presunto socio de Peña Nieto, Armando Hinojosa. Un hombre que multiplicó su fortuna desde la contratación de obras en el Estado de México, cuando Peña era funcionario de Arturo Montiel y luego gobernador. 

Por esa develación México perdió también el proyecto de un tren de alta velocidad entre la CDMX y Querétaro. Todo iba bien con la inversión de capital chino y la participación de la empresa constructora Higa, del amigo del presidente. Eso se cayó primero y luego todo el sexenio. Para el opositor tabasqueño Andrés Manuel López Obrador fue un donativo político que apoyaría su carrera al triunfo de 2018. 

Muchos creímos que las cosas cambiarían cuando AMLO llegara al poder. La transparencia, la lucha contra la “mafia en el poder” era una oportunidad fantástica en 2018 para el nuevo mandatario. Todo comenzó mal. Destruyeron el aeropuerto de Texcoco, inventaron obras innecesarias y de un costo enorme para el erario. Lo peor, traicionando su palabra, López Obrador sacó al ejército de sus cuarteles y lo convirtió en la empresa constructora más grande del país. Primero con el Aeropuerto Felipe Ángeles en Santa Lucía, luego con el Tren Maya. 

En forma inexplicable el gobierno comenzó a contratar en directo, sin licitación, el 80% de la obra pública. Una invitación perfecta para la corrupción. Quien tiene en su escritorio la decisión de comprar a fulano o perengano cientos de miles de millones de pesos, muy probablemente caiga en la tentación de asociarse con algún amigo, o conseguir un prestanombre para ejercer el presupuesto. 

Todo con el beneficio de hacerlo en lo “oscurito”, es decir, con la decisión del presidente de no dar información de los proyectos con el engaño de ser por “seguridad nacional”. Un embuste que nadie creyó. Los militares estarían exentos de entregar cuentas a los ciudadanos como se venía haciendo a través del INAI (Instituto Nacional de Acceso a la Información). Eso pudo hacer que las obras se encarecieran en dos o tres tantos el valor inicial presupuestado.  Dos Bocas pasó de 8 mil millones de dólares a más de 20 mil. El Tren Maya de 140 mil millones de pesos a más de 500 mil millones. 

En eso salen las grabaciones del amigo y presunto testaferro de la familia presidencial, Jorge Amílcar Olán, quien confiesa que la chamba le llegó por medio de Gonzalo López Beltrán, “Bobby”, uno de los hijos del presidente. Nadie lo imaginaba. 

¿Cómo se le pueden meter 330 millones de pesos a cada kilómetro del Tren Maya? Aun prorrateando las estaciones y las obras de infraestructura, resulta un precio muy elevado, tanto que el costo va en 3.5 veces el presupuesto original. Si abren los libros de contabilidad y la información del Tren Maya, será fácilmente la obra con mayor corrupción en la historia del país. La estafa maestra de Peña y la estafa siniestra de Segalmex serán asunto de niños en comparación. 

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