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Carlos Arce Macías

Repensar la ciudad

El tipo de ciudades que imitamos en el Bajío caminan rumbo al fracaso. Clústeres que acaban fragmentando la cohesión social y obligan a abandonar el sentido comunitario del pueblo y la ciudad.

Escrito en Opinión el
Repensar la ciudad

No, no voy a tocar el tema electoral. Mis lectores saben muy bien por quién votar, y ya todos estamos saturados de información al respecto. Hoy nos levantaremos temprano y emitiremos nuestro sufragio, cumpliendo a cabalidad una obligación ciudadana. Eso es todo por el momento.

El pasado jueves y viernes fui invitado al seminario sobre “Nuevo Urbanismo” organizado en la Academia Renacimiento en León. Al evento concurrieron un puñado de conferencistas de alta calidad y conocimientos, comprometidos a repensar nuestros centros urbanos. La tarea inició por reflexionar sobre cómo se da el proceso comunitario actual, y si su lógica abona para vivir mejor. 

Encabezados por Andrés Duany de la legendaria firma americana DPZ de urbanismo y arquitectura, el tema central fue la deliberación sobre cómo crecen las ciudades, se deshumanizan, pierden el sentido vital y acaban convertidas en un conjunto de segmentos carentes de vida común. 

El tipo de ciudades que imitamos en el Bajío caminan rumbo al fracaso. Clústeres que acaban fragmentando la cohesión social y obligan a abandonar el sentido comunitario del pueblo y la ciudad; lesionando gravemente el diálogo ciudadano y las aspiraciones participativas de los habitantes, para acabar presos dentro de una barda perimetral que no protege, finalmente, de nada.

El Nuevo Urbanismo reivindica, frente a la ciudad fraccionada en estamentos sociales, el retorno a la vida en común, partiendo del reconocimiento de nuestro ciclo de vida: juventud, madurez y vejez. Los jóvenes prefieren la comunidad, su naturaleza los obliga a practicar actividades lúdicas en común. En la madurez, el entorno familiar, no objeta tanto la lejanía y prioriza la seguridad. Luego, cuando llega la vejez, todos quedamos enclaustrados en nuestros entornos, precisamente cuando requerimos, para alivianar el peso de la senectud, la convivencia activa  dentro de una sociedad vibrante y participativa. Estamos haciendo las cosas mal. Para planificar requerimos estudios antropológicos y sociológicos que nos nutran de los datos precisos para analizar la realidad de nuestro entorno.

En el transcurso de la reunión se van deshojando, poco a poco, diversos temas: el establecimiento de monoculturas en los cotos que se van construyendo, que impiden una sana integración y la fijación de una visión comunitaria. Se nos obliga a regresar al clan. La enorme inversión en calles que no conectan nada. El valor que se puede otorgar a la autoconstrucción si se enseña correctamente a las personas a fabricar sus viviendas. El encarcelamiento de la población a través de la cultura de los muros y cercas periféricas, que son esencialmente argumentos mercadotécnicos para la venta de inmuebles. Si se contara con la información correcta nos daríamos cuenta de que las tapias sirven más para encubrir las acciones de robo, que para impedirlas.

Los urbanistas conocen poco de Mejora Regulatoria, una política pública abominada por los burócratas, pero que sería importante incorporar al nuevo urbanismo. Se deben cambiar las regulaciones existentes en materia urbana. Los códigos deben anexar capítulos de micro regulación focalizada, para no solo decretar usos y destinos de suelo, sino también estándares para manzanas y edificaciones; así como de transectos o muestreos que regulen la densidad. La tramitología puede ser gestionada a través de una plataforma inteligente (León la compró desde hace ocho años y no la usa) que evite, a su máxima expresión, la discrecionalidad de los oficiales administrativos. Un sistema experto, basado en gestión del conocimiento, lo puede hacer. Así se abatirían los costos de transacción generados por la expedición de licencias y permisos y se lograría democratizar el marcado inmobiliario. Que no solo “los cuates”, puedan hacer negocios. ¿Se atreverían?

Finalmente, habrá que agradecer el esfuerzo por la organización de tan fructífero evento a Juan Carlos Gómez. El espacio resultó el ideal para una meditación sobre temas ciudadanos trascendentes. Una escuela de música y un gran auditorio en donde a la lejanía se escuchan violines, clarinetes y timbales, son un espacio provocador para que nazcan las ideas, acompañadas de Bach, Mozart o Beethoven. Nos vemos en la fila de la casilla.

 

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