La necesidad de la oración

Opinion
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Si para sacar adelante las tareas cotidianas de la vida es necesario aplicarnos con constancia, cuanto más debemos ser perseverantes en “la escucha del Evangelio” y en “la oración” que nos mantienen v

Si para sacar adelante las tareas cotidianas de la vida es necesario aplicarnos con constancia, cuanto más debemos ser perseverantes en “la escucha del Evangelio” y en “la oración” que nos mantienen vibrantes en el camino más importante, que es el camino que nos conduce hasta Dios y que nos realiza como humanos. Sin el Evangelio y sin la oración el corazón se adormece. De ahí la preocupación de Jesús en el Evangelio, quien pone a sus discípulos una parábola para enseñarles “la necesidad de orar siempre y sin desfallecer” (Lc. 18, 1-8). De ahí también la exhortación de San Pablo, que le pide a Timoteo mantenerse firme en lo que ha aprendido y que se le ha confiado, es decir, en la verdad del Evangelio (2 Tim. 3, 14-4,2). 

Bien nos enseña la Iglesia: “no nos ha sido prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente: pero sí tenemos una ley que nos manda orar sin cesar. Este ardor incansable no puede venir más que del amor. Contra nuestra inercia y nuestra pereza, el combate de la oración es el del amor humilde, confiado y perseverante (Catecismo, n. 2742).

Acoger la Palabra y orar de modo debido, no es desconectarnos de las cosas de la vida, sino todo lo contario; más aún, cuanto más oramos más debemos estar conectados con el obrar cotidiano e incluso ese obrar debe aportar a la riqueza de nuestra oración. Ya lo señalaba Orígenes: “Ora continuamente el que une la oración a las obras y las obras a la oración. Sólo así podemos encontrar realizable el principio de la oración continua” (Deoratione 12). Esta unidad entre la oración y el obrar nos libra de la tentación de desencarnar nuestra fe, evita que al actuar vayamos por caminos que desvirtúen nuestra condición humana y cristiana. 

En realidad no hay ninguna actividad humana sana que no se compagine con la oración, bien enseñaba San Juan Crisóstomo: “conviene que el hombre ore atentamente, bien estando en la plaza o mientras da un paseo: igualmente el que está sentado ante su mesa de trabajo o el que dedica su tiempo a otras labores, que levante su alma a Dios; conviene también que el siervo alborotador o que anda yendo de un lado a otro, o el que se encuentre sirviendo en la concina… intenten elevar la súplica desde la más hondo de su corazón” (De Anna, Sermón 4, 6). Desde luego hay lugares y actos predilectos para la oración, siendo el principal la Santa Misa, instituida por Nuestro Señor Jesucristo en la última cena, y que Él mismo pidió que se celebrara siempre en memoria suya; pero los frutos de ese acto sublime, se actualizan a través de cada pensamiento, de cada gesto o acto formal con que nos dirigimos a Dios durante el día y a lo largo de la semana.

Si Cristo advierte la necesidad de orar, es porque es algo indispensable, pues la oración alimenta nuestra fe y por lo tanto nos une más a Dios. Además, el hábito en la oración permite que ésta se vuelva cada vez más connatural, es habituarnos a alimentar nuestro interior, es regalarle paz a nuestro corazón. 

Para la oración no cabe el “no necesito”, ni el “no tengo tiempo”, pues eso equivaldría a desconocer nuestras verdaderas necesidades y conformarnos con lo más pobre de la vida. No olvidemos que sólo Dios puede darle los mejores nutrientes a nuestra alma.