Narración sin nombre

Opinion
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Carmen Vega Martín

La penumbra envolvía los objetos y a ella misma, el pueblo se vaciaba de sonidos, arrullándose al compás de las campanas que tañían a lo lejos, los árboles se abandonaban al viento suave, con los pájaros cobijados en sus ramas. Desde el cuarto, a través de la ventana, veía las parejas que, bajo la luz de los faroles que se encendían lentamente, cruzaban por el jardín; los niños en sus juegos; los solitarios, como ella, pues aunque pasara la vista por la habitación allí no había nada más que penumbra y quietud, el perro dormido plácidamente sobre la cama, como un niño en espera de la hora de jugar. La música que surgía del tocadiscos hizo que dejara de prestar atención a los que pasaban bajo su ventana, para trasladarse a la orilla de la playa, a la hora del crepúsculo que teñía de tonos nacarados la húmeda arena que sus pies sentían fría y viscosa, oía la sirena anunciando la llegada de un barco, y dormitaba, esperando el amanecer en que el mar como una superficie de tonos irisados, acogiera a las gaviotas que buscando alimento, se remontarían ligeras.

Repentinamente regresó al cuarto al escuchar el golpe que dieron al cerrar la puerta y oír los pasos sobre las escaleras, se percató de la oscuridad que le rodeaba. Era él. Había llegado. Lo sintió dirigirse a la cocina, ella empezó a desvestirse mientras se observaba en el espejo que le devolvía su figura alta, de tez morena y pelo corto, dócil, con los ojos reflejando el esfuerzo que le costaba, no obstante su juventud, llenar de significado el tiempo que tocaba vivir. Se puso el pijama y sobre los hombros una bata, fue a la cocina a tomar un vaso de leche, observó a la madre y a él cenando en silencio, como si estuvieran descifrando la esencia de los alimentos. Regresó al cuarto, se tendió sobre la cama, apagó la luz y esperó sin premura imágenes que se proyectaban cada vez más claras. Vio personas desconocidas, se miraba a sí misma hablando con ellas, no había señas que los identificara, hasta que comprendió que era un entierro, el funeral de un viejo que ella no lloraba, el ataúd con él adentro, con gesto de serena beatitud, que se iba sin llanto, tal como había vivido.

Lo reconoció por sus ojos abiertos que manifestaban sorpresa por morir y por su mirada que parecía dirigirse a ella con humildad, mientras las figuras veladas se preguntaban por su falta de lágrimas, se exasperaban por la serenidad con que veía irse a su padre, vestida con alegres colores y mirada brillante. No había nadie que comprendiera, a no ser un niño rubio de cinco pálidos años, que con ojos fríos y un rictus serio en su boca infantil, contemplaba el féretro.

Despertó del sueño, con el vehemente deseo de que fuera realidad, de poder tocar el ataúd, pero bruscamente le iluminó la luz del nuevo día y recordó que él seguía durmiendo en la habitación al otro lado, plácidamente, sin saber que unos momentos atrás había estado en mi deseo dentro de un ataúd. Recordaba haberlo visto con mirada benévola, dócil, mientras que en la realidad sus ojos indiferentes no me reconocen, no me han visto nunca, soy una extraña, aprisionada por un sentimiento de lástima que me impide huir, que me hace pensar que le soy necesaria. Sí, lo soy, ya me parece verlo levantándose con torpeza de la cama, hastiado de no poder descansar; con mirada dura y pose altiva, el pelo canoso y esos ojos que rara vez sonríen, que sólo despiertan al estar frente a la comida, que devora sin mayor reparo, engullendo con rapidez, para ir después a la sala, sentarse en un sillón frente a la ventana, a mirar los árboles que ya se desprenden de sus hojas, que se quedan sin vestidura donde aniden los pájaros de largas patas, y él los observa pasivo, comienza a leer el periódico que trae ecos de conflictos que le parecen muy apasionantes, porque no los puede resolver aunque sí ver los errores que en la actualidad se cometen y él tiene la solución en su mente, da vuelta a las páginas y evoca los tiempos en que los jóvenes eran asertivos. Se levanta despacio y enciende el televisor, regresa al sillón para continuar la lectura, mientras sus ojos en un instante se tornan acuosos al escuchar una melodía que emerge del aparato transmisor.

Me dirijo a la sala y de pie contemplo al cantante que se proyecta en la pantalla, mientras caigo en la cuenta de que hace muchísimo tiempo desde la última vez que me senté junto a él a ver la televisión; volteo hacia él y su mirada parece saludarme, preguntarme en silencio: ‘¿cómo estás?; ya veo que pendiente de tu persona como siempre, encerrada en ti misma, mientras para mí el tiempo pasa y tú no te das cuenta. ¿Dónde está tu alegría de chiquilla?, ¿acaso está reservada para los momentos que no estoy presente?’

Sí, te entiendo perfecto, pero ¿dónde están tus palabras? Has olvidado hablar, las reservas para el día en que por fin yo haya huido de tu silencio para vivir sin tu sombra y tú puedas estallar en lástima a ti mismo.

De repente pienso hablar, decirte todo esto y mi corazón empieza una loca carrera, pero vienen a mi otras conversaciones, otros diálogos absurdos en que hablamos idiomas diferentes, y mi pulso se vuelve acompasado al desistir y dirigirme a la ventana, por donde se ve pasar gente solitaria, tan sola como yo ahora que miro hacia atrás y veo que no hay nadie más que tú, que me das la medida de mi soledad y del tiempo que sobre nosotros ha pasado, diluyendo los débiles recuerdos que nos unían, dejándonos sumergidos en esta tarde, que va nublándose, oscura, y desprendiendo pequeñas gotas que se deslizan por la ventana.