¡Se roba celular toda la atención!

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Provoca la falta de atención más peleas de pareja, porque estos aparatos tecnológicos consumen la vida de millones de personas alrededor del mundo.

Un fenómeno que va en aumento y que describe a la perfección uno de los grandes males de nuestros días. Foto: Shutterstock.

La escena seguramente le va a sonar. Puede incluso que la haya vivido en primera persona. Una pareja comparte velada en un restaurante o está sentada codo con codo en el sofá de casa. Una de las partes se afana en conversar, intenta mantener el contacto visual... pero al otro lado se produce el silencio, los balbuceos, la mirada baja... ¿El motivo? Su interlocutor está absorto en la pantalla del móvil.

Estamos ante un claro caso de phubbing (acrónimo de phone snubbing, o “ningunear con el móvil”): un fenómeno que va en aumento y que describe a la perfección una de los grandes males de nuestros días: cuando alguien que está a nuestro lado nos ignora porque está prestando más atención a lo que ocurre en una pantalla de móvil.

El término tiene ya también su equivalente en castellano: “ningufoneo”, que sería la recomendación de la Fundéu para traducir este anglicismo (quienes lo practican serían los ningufoneadores). Un estudio conducido por el profesor James A. Roberts, de la Universidad Baylor, en EU, halló que el 46.3% de los 453 adultos entrevistados había sido ningufoneado por su pareja; y un 22.6% declaró que esa práctica era fuente de conflicto.

Hay dos motivos fundamentales, concluyó el experto, por los que el phubbing tenía un impacto negativo en las relaciones de pareja. Primero, porque el tiempo que pasamos conectados no lo estamos empleando en hacer algo significativo que nos una a la pareja. Y segundo porque el malestar que genera este hábito conduce, irremediablemente, a la pelea y un deterioro de la relación. 

Además, las personas que decían haber sufrido ningufoneo por parte de su pareja eran más propensas a sentirse deprimidas.

Parejas a terapia  

 

“En realidad el problema se da cuando existe una descoordinación en la pareja y una de las partes experimenta una sensación de falta de atención. Hay otros casos en los que ambos utilizan mucho el móvil en compañía del otro o que solo se comunican por WhatsApp, pero no sienten agravio alguno porque están en igualdad. Existe un consenso”, explica el psicólogo Enrique García Huete.

García, que ha tratado en su clínica a personas que habían desarrollado una adicción al móvil, señala que el ningufoneo es un reproche cada vez más recurrente cuando una pareja con problemas acude a terapia: “Se quejan un montón de que el otro está siempre pendiente del teléfono y no le presta atención. Curiosamente, suelen ser más los varones quienes lo hacen, pero no podría decir que es un problema per se para acudir a terapia. Más bien es un factor que influye, pero no es el único”.

El escritor y doctor en Filosofía Enric Puig Punye, que acaba de abordar este asunto en su libro “La gran adicción. ¿Cómo sobrevivir a internet y no aislarse del mundo?”, apunta otro factor que contribuye a generar malentendidos: el hecho de que la conexión al mundo virtual se hace casi siempre desde terminales individuales. 

“Quieras o no, que nos centremos cada uno en nuestros smartphones o tabletas produce una sensación de secretismo que no ayuda. Al contrario, despierta suspicacias”, explica Puig. “Esa separación no sería tan drástica si, por ejemplo, todos los miembros de la familia utilizarán solo un ordenador común”.

En caso de discrepancia de opiniones en la pareja por este asunto el psicólogo recomienda “consensuar los momentos de uso”. Es importante la negociación. Eso sí, “este proceso no servirá de nada si no tenemos conciencia de que hay un problema y si no existe una voluntad real de cambio”, recuerda García.

Cómo desconectarse

 

Cuando Enric Puig Punyet se planteó abordar en un libro el modo en que la hiperconectividad está afectando a nuestras relaciones no quiso hacerlo a través de testimonio de neorrurales: personas que han optado por retirarse al campo huyendo del mundanal ruido. En su lugar se propuso entrevistar a personas que, siendo nativos digitales, se han desconectado sin renunciar a su trabajo o su vida social en la ciudad. 

Y las encontró: desde un comercial en paro que terminó cerrando su perfil en LinkedIn a una joven que organiza fiestas en las que no se puede sacar ni colgar ni una sola foto en las redes sociales.

Ninguno de ellos tomó la decisión de desconectar por motivos culturales, sino que sus razones tenían más que ver con preservar la salud mental y la calidad de vida. 

“Las personas con las que he hablado coinciden en que en un momento dado tuvieron una especie de revelación”, explica. Y lo más interesante es que al salir de esa vorágine “han reconectado con el mundo real, con acciones y sensaciones que tenían olvidadas”.

Puig Punyet, que lleva años investigando los cambios que ocasionan las nuevas tecnologías en la estructura social, recuerda que el nuevo modelo de negocio impulsado por Google y los smartphones obliga a una hiperconexión que acaba pasando factura a muchos niveles.

“En la mayoría de casos supone una pérdida de tiempo y concentración tremenda. Ese dogma de la multitarea que nos venden -y creemos- no existe. Y luego está la gran dependencia que generan por la ansiedad tener que estar siempre disponibles”.

Unas pautas básicas para evitar empatallarnos serían “reforzar nuestros mecanismos de control de las emociones, plantear horarios limitados y, si el problema se deriva del trabajo, utilizar dos móviles: uno exclusivo para el ámbito laboral y otro para socializar”.

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