La fuga

Opinion
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La trinca del cuento nro. 71

Era domingo, se notaba en el flujo del tráfico en plena hora pico; apenas un par de automóviles circulando por las calles. La grava, a un costado de la vía, relucía con la luz del sol y un diente de león se mecía en medio de una traviesa. De pronto, el ruido de la locomotora y la fricción de las ruedas sobre los rieles. Apretó los dientes, dio un largo suspiro y sin pensarlo dio el salto hacia una tolva.

Las manos le temblaban más por el temor que por la fuerza necesaria para sostenerse de la pequeña escalerilla, pero un éxtasis, producto de la adrenalina, dominaba todo su cuerpo. Recobró el dominio de sí mismo y pudo trepar hasta la parte alta del vagón. Colocó una manta sobre el metal caliente y se acostó sobre ella. Eufórico, sentía como la corriente del aire golpeaba su cuerpo y agitaba su cabello. Sacó de su mochila una botella con agua y una pluma, dio un largo sorbo y escribió sobre su mano No morí, sólo queda vivir otro día.

El domingo anterior, sosteniendo la misma pluma, Carlos Escalada tachaba palabras en una servilleta mientras maldecía su incapacidad para resolver el crucigrama del diario local. Llevaba cerca de tres horas en un café de la avenida independencia y no tenía la más mínima intención de irse. –Nueve estúpidas letras… Decía y su enojo se acrecentaba más y más. Un hombre vestido con ropa andrajosa y un poco desaseado se acercó y muy cortésmente le ofreció su ayuda. La primera reacción de Escalada fue un ligero temor al ver al sujeto, seguido de un asco por la apariencia del mismo. –No traigo cambio amigo, así que por favor déjeme tranquilo. Dijo volviéndose hacia el periódico. El hombre leyó la columna vertical del crucigrama y gritó –Eufemismo… -¿Perdón? Respondió Escalada. –Palabra de 9 letras; Expresión sustituyente de un término peyorativo… Eufemismo es la respuesta. Lejos de sorprenderse Escalada sonrió sarcásticamente –como ese famoso verso de Neruda… Me gustas cuando callas porque estás como ausente, estoy seguro de que en realidad quería decir “me gustas cuando callas porque no estás chingando” El hombre esbozó una sonrisa y tomó una silla para sentarse a la mesa.

-¿Por qué ha estado aquí, tanto tiempo, intentado resolver un crucigrama? Dijo el hombre mientras se acomodaba en su asiento. –Es lo mejor que se puede hacer para matar el ocio cuando no se quiere estar en ninguna parte. Enunció Escalada. –No me gustan los crucigramas, es una buena forma de ser pedante, ya sabe, enorgulleciéndose de tener un montón de conocimientos que no sirven para nada. Escalada no respondió, se quedó absorto un momento jugueteando con su pluma y finalmente le preguntó – ¿Qué hace usted entonces para matar el tiempo? –Ahí está el problema, amigo. Todo el mundo quiere matar el tiempo cuando el tiempo es que lo mata a uno, están aburridos, quieren distraerse, divertirse, buscan emociones fuertes pero siempre de una forma segura, le temen a pasar frío, a quedarse sin agua caliente, a comer cosas con gluten… Hablan y hablan de ser uno con la naturaleza, de buscar su lugar en el mundo, explorar, pero todo

con miedo. Por eso son necesarios los eufemismos para no lastimar a las personas con temas delicados, no hacerlos sentir inseguros, disfrazan la realidad para que parezca estrafalaria aunque no lo sea… -Si fuéramos por el mundo señalando los hechos sobrios nadie querría estar con nosotros. Contestó Escalada apresurándose a guardar sus cosas.

El hombre se levantó, sacó un par de billetes y los puso en la mesa. –Cada quien decide como quiere vivir, yo decidí hacer lo que se me venga en gana y si no me muero al final del día me siento alegre de tener otra oportunidad para vivir algo diferente. Carlos Escalada tomó sus cosas y salió del lugar. Pensó en lo extraña de aquella escena y casi sintió vergüenza. Lo que acababa de escuchar era totalmente cuestionable y debatible. Aunque la última frase era contundente y cierta. Las maneras de vivir propuestas por las personas a lo largo de la historia son como vasos sanguíneos en el cuerpo, números, complejos y atañen a diferentes necesidades. Escalada Llegó a su casa, su esposaba estaba molesta e intentó reñirle. Él asintió con la cabeza y se dirigió a la alcoba, no pudo dormir.

Al día siguiente, Escalada no acudió al trabajo. Se dirigió al café de Independencia. Entró, e inmediatamente preguntó por el hombre del día anterior. Uno de los meseros de mayor antigüedad le dijo que lo conocía. Era un más o menos un vagabundo, había llegado a pedir un día de trabajo por un poco de comida en el café, había estado en muchos lugares y sólo trabajaba esporádicamente para cubrir sus necesidades básicas. –A veces cuenta historias alucinantes, siempre está buscando alguien con quien conversar. Es un hombre de lo más extraño… -Yo pienso que está loco. Dijo una mesera que escuchó un poco de la conversación. –Para mí que todo lo que dice es inventado, sólo es un holgazán sin futuro, el muy ridículo me dijo que trabajaba como domador de serpientes. Escalada sonrió, dio las gracias y se fue. Después de unos días su esposa regresó a casa, llevaba toda la semana notando a Escalada muy huraño, subió a la recamara y encontró un montón de papeles y una nota con sólo cuatro párrafos.

Renuncié a mi trabajo y me he declarado en bancarrota.

Vendí todas mis posesiones, Armando se encargará de entregarlas.

Puedes conservar el dinero, dejo una carta de consentimiento para el divorcio.

De ahora en adelante seré domador de serpientes.

 

Octavio Manríquez (Irapuato, 1997). Escritor, editor y fotógrafo. Colaborador de la sección cultural Desde el Bernalejo, del Periódico AM  Irapuato, y hace parte del consejo editorial de Argonauta, revista cultural del Bajío.

 

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