Raymond Carver (1939-1988)

Opinion
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Diario de un lector

Norteamericano. Uno de los grandes escritores de cuento. Su poesía es de una intensidad intermitente.

Mi trabajo

Alzo la vista y les veo acercarse por la playa. El hombre joven lleva al bebé en una mochila. Esto les permite tener las manos libres, así que puede coger la de su mujer con una, y balancear la otra. Cualquiera podría ver lo felices que son. Y la intimidad. Cuánta estabilidad.

Son más felices que nadie, y lo saben. Lo agradecen, son humildes. Caminan hasta el final de la playa y desaparecen de mi vista. Así  es, me digo, y vuelvo a esto que gobierna mi vida. Pero a los pocos minutos vuelven caminando por la playa.

Lo único distinto es que se han cambiado de lado. Ahora el vá al otro lado de ella, del lado del océano. Ella, de este lado. Pero todavía van de la mano. Incluso parecen más enamorados, si es posible. Y lo es. 

Yo mismo paseé por ahí muchas veces. El suyo ha sido un paseo modesto, quince minutos playa abajo, quince minutos de vuelta. Han tenido que sortear a su paso alguna roca y rodear enormes troncos, moverse con rapidez cuando el mar se acercaba agitado.

Caminan tranquilamente, despacio, cogidos de la mano. Saben que el agua es imprevisible, pero son tan felices que la ignoran. El amor en sus jóvenes rostros. El marco que los encuadra. Puede que dure siempre. Si son afortunados, buenos, y lúcidos. Y prudentes. Si siguen amándose el uno al otro sin límite alguno.

Si son sinceros el uno con el otro - es lo más importante de todo. Lo serán, desde luego, lo serán, ellos saben que sí. Vuelvo a mi trabajo. Mi trabajo vuelve a mí. Una brisa se levanta del agua.