Romanita: otro sueño alcanzado

Opinion
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En la Adscripción donde me encontraba laborando, en 1985, a cargo de la entonces denominada Sala de Agentes del Ministerio Público Auxiliares del Procurador...

Ya había relatado en estas páginas el ejemplo del tesón y persistencia de aquel personaje de mi infancia–adolescencia, Tony Twist, quien logró realizar el ideal que se había propuesto; pero años después, (encontré) cuando laboraba en la Procuraduría General de Justicia del entonces Distrito Federal, a una persona que platicando su sueño, y por diversas circunstancias del destino, también logró hacerlo realidad; me refiero a la señora Doña Romanita Sámano.
En la Adscripción donde me encontraba laborando, en 1985, a cargo de la entonces denominada Sala de Agentes del Ministerio Público Auxiliares del Procurador, en el segundo piso del Edificio Central ubicado en calle Niños Héroes y calle Doctor Bernard, conjuntamente con otros dos compañeros, la señora Romanita, como cariñosamente la llamábamos, se encargaba de asear esa parte de las oficinas de la Dirección General Técnico Jurídica, ocupando una plaza de intendente.
Ya había tenido el gusto de convivir con este personaje en los años 70, cuando empecé como Secretario de una Agencia del Ministerio Público de Trámite, y porque además dos de sus tres hijos también laboraban en la misma dependencia, Pedro y Violeta Alcocer Sámano. Fue así que me di cuenta, entre diversas pláticas, que a Romanita le gustaba la cocina y anhelaba algún día poder instalar una fonda, alguna cocina económica o por qué no, un restaurantito; mientras, sus hijos estudiaban la carrera de Derecho, con apoyo en su esfuerzo y trabajo.
Así pues, llegó el fatídico septiembre 19 del año de 1985, con el acontecimiento propio de la naturaleza, más trascendente en el siglo pasado en la Ciudad de México, el terremoto. El edificio de la Procuraduría colapsó y sus tres pisos materialmente quedaron uno encima del otro hasta el sótano mismo de la construcción; sin embargo, entre los sobrevivientes que a esa hora, entre las 7:00 y 8:00 de la mañana ya laboraban, se encontró doña Romanita, asida a la estructura tubular de las instalaciones hidráulicas del edificio que inexplicablemente se conservaron en pie y de allí fue rescatada. No lograron sobrevivir otros 52 compañeros empleados de la institución, desde peritos, secretarias, mensajeros, agentes del Ministerio Público y agentes de la Policía Judicial.  
Desde este episodio, sin saberlo, se había cifrado el destino de doña Romana Sámano, pues todavía le faltaba cumplir una importante misión en su vida y realizar alguno de sus sueños. 
Cuando vino un poco de calma para digerir la magnitud del fenómeno natural y los daños en el edificio de la Procuraduría, al día siguiente, vino la organización para la atención a diversos problemas, como el rescate urgente de sobrevivientes, que inició desde las siguientes horas del inicio del terremoto hasta 72 horas después; posteriormente, se instaló un campamento y se contó con maquinaria pesada para remover las losas colapsadas, los escombros y rescatar los cadáveres que uno a uno se fueron localizando aún hasta casi cuatro meses después del evento; así como también los miles de expedientes, cajas fuertes con valores y con billetes de depósito que garantizaban daños y libertad provisional de diversos asuntos. 
Una de las brigadas que fue necesario organizar en la junta en que citó al personal y altos funcionarios del Sector Central, el Oficial Mayor, fue la de instalar un comedor que atendiera para almuerzo y comida a cerca de 40 personas que estaríamos atendiendo los rescates de expedientes de entre las ruinas y para ello se solicitaron voluntarios; aparte de que la propia doña Romanita levantó la mano y se ofreció para ese servicio, otros compañeros la apoyaron y coincidieron en proponerla; así, sin más trámite, se le designó para que seleccionara sus colaboradores e hiciera una lista de requerimientos.
Por la calle Dr. Bernard, enfrente de la entrada al edificio de la entonces Policía Judicial, se encontraba el estacionamiento de una clínica del ISSSTE que se acondicionó, cubriéndolo con unas carpas para instalar el comedor improvisado de Romanita. Se colocaron seis mesas para cuatro personas cada una, y varias parrillas industriales y diverso instrumental de cocina, tres refrigeradores grandes, dos hieleras y vajillas completas; Romanita seleccionó a seis personas de ayudantes, además de un chofer con una camioneta para el transporte y suministro de víveres propios para la cocina.
Al quinto día ya estaba listo el comedor de la Procuraduría para el campamento y Romanita ofrecía por la mañana opciones de almuerzo y, por la tarde, una comida con tres tiempos, incluyendo postre y siempre aguas frescas como bebida para los comensales; daba gusto verla y platicar con ella, materialmente se transformó, pues compró para ella y su personal uniformes impecables de color blanco y beige, con tapabocas y guardapelo, procurando una limpieza constante y una pulcritud a toda prueba, pero también daba rienda suelta a su creatividad con una gran variedad de platillos durante la semana de lunes a viernes y platicaba con todos nosotros, consultándonos qué nos gustaría comer en los días siguientes y atendía las sugerencias, satisfaciendo nuestros gustos; todos estábamos encantados con la atención, servicio y, sobre todo, el verdadero arte culinario de Romanita, quien se desvivía por complacernos; se percibía la satisfacción de ella y de que lo que estaba haciendo era su verdadera vocación y lo que siempre había anhelado; las noticias de su bien servicio y buena alimentación llegaron hasta la propia Procuradora Lic. Victoria Adato, quien le envió una felicitación. 
Desafortunadamente, el tiempo transcurrió y llegó el momento en que el campamento terminó con su misión y también concluyó el servicio de comedor para los que ahí cooperábamos; todo el personal regresaría a sus actividades anteriormente asignadas. El sueño de Romanita llegaba a su fin.
Cuando estos eventos desafortunados concluyeron y todo volvió a la normalidad en la Procuraduría General de Justicia, instalando sus oficinas en diversos edificios y otros recintos para suplir al edificio principal derruido, en un acto de profunda reflexión y decisión, doña Romanita, en compañía de sus hijos, decidió acogerse a un programa de retiro y jubilación anticipada y resolvieron montar en su lugar de residencia, en Xochimilco, un negocio de almuerzos mexicanos los días viernes, sábado y domingo, apoyando a su mamá. En no pocas ocasiones, varios compañeros íbamos a Xochimilco, aprovechando el sábado o el domingo para degustar las delicias de Romanita, allá en su casa, con un buen almuerzo como los que ella sabía preparar.
Ya habiendo logrado que sus hijos fueran flamantes profesionistas y funcionarios de carrera de la Procuraduría. Años después, me platicaron algunos amigos que por el corazón de la colonia Roma se aperturó un restaurantito de nombre “ROMANITA”, a donde acuden varios ex compañeros y personal actual de la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México y aparte de que degustan platillos suculentos, conocen la historia y vida de doña Romanita, propietaria del negocio, a quien respetó su vida el terremoto de 1985 e ignoro si actualmente aún la conserve.
La vida es un tesoro que nos depara muchas satisfacciones cuando nos proponemos realizar lo que verdaderamente nos gusta y abrazamos con amor nuestra vocación.