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Una anécdota con Juan Rulfo

Opinión
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Con motivo del centenario del natalicio del notable escritor mexicano Don Juan Rulfo, me he permitido, con la anuencia de los editores, reproducir esta entrega que realicé hace casi un año.


Con motivo del centenario del natalicio del notable escritor mexicano Don Juan Rulfo, me he permitido, con la anuencia de los editores, reproducir esta entrega que realicé hace casi un año.
A finales de 1978, hacia el mes de octubre para ser preciso, ingresé a laborar en el Instituto Nacional Indigenista, cuya sede se ubicaba por Avenida Revolución y Las Flores, hacia el sur de la Ciudad de México, pasando el cruce con la avenida Barranca del Muerto; de esa extraordinaria experiencia de trabajo he comentado varios pasajes. Pues ahí tuve la gran fortuna de conocer a Don Juan Rulfo, ya para entonces una celebridad en la literatura universal por sus obras, mínimas pero muy trascendentes y apreciadas; creador del llamado estilo literario “Realismo Mágico”, que luego consagraría al célebre García Márquez, específicamente me refiero a “Pedro Páramo” y a “El Llano en Llamas” (serie de relatos).
Don Juan, como así lo llamábamos, ocupaba una pequeña oficina de tres por tres metros, con un escritorio nada lujoso, chico y con cajones de un solo lado; su sillón y dos sillas frente a él para atención; una división de madera separaba su oficina de la recepción también reducida; al lado estaba la oficina de su inseparable asistente de nombre Iraís, una dama esbelta, de edad madura, de aproximadamente 1.70 metros de estatura, de cabello suelto, lacio, entrecano y con facciones muy recias, de carácter fuerte, pero muy alegre y simpática; protegía exageradamente a Don Juan ante cualquier problema; se encargaban de la editorial del Instituto, de las publicaciones especiales y de la Revista México Indígena y de la Biblioteca. Sobre todo su actitud protectora era ante la figura tan frágil del escritor, aparentando más edad de la que tenía, aspecto demacrado, fumador empedernido, siempre con cajetillas de cigarrillos en su escritorio, de suéter casi siempre, o con un saco sport ya muy usado, tosiendo brevemente, pero con cierta periodicidad; de voz muy pausada y de tono bajo, taciturno, poco conversador, a excepción de personas de su confianza con quien convivía, renuente a reportajes y entrevistas. Estaba harto de que le hicieran siempre la misma pregunta durante años y años: “Por qué dejó de escribir; “Por qué ya no escribió más”; “Dejó algo pendiente de escribir” y otras aún más tramposas que lo ponían de mal humor y hacían que se levantara de su asiento y se retirara.
Les comenté que en una ocasión con motivo del “Día de Muertos” me encargó relatara esas costumbres en “El Fuerte”, Sinaloa, con los indígenas Mayos, allá fui, le entregué el relato con fotografías, lo aprobó y se publicó en México Indígena en noviembre de 1979.
No recuerdo si ya les había platicado esta anécdota, pero hace unos días, algunos amigos me insistieron en que la relatara nuevamente por bonita, inesperada y extraordinaria. Así es que los complaceré.
Años después en 1984, trabajando en la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, se acercaba el cumpleaños de mi querida Maestra y Jefa Titular de la Dependencia; nos había citado para una comida que le ofreceríamos todos los funcionarios hasta el nivel de Subdirectores, para el 11 de febrero; no sabía qué obsequiarle a un personaje como Doña Victoria Adato, ahora Ministra en retiro, quienes a ese nivel todo lo tienen; y finalmente pensé en obsequiarle un libro, pero dedicado personalmente por su autor, para entonces un hombre célebre, multipremiado y reconocido universalmente: Don Juan Rulfo.
Fuimos a visitar al Maestro Juan Rulfo en compañía de otro gran amigo, y allí le pedí dedicara un texto a la Maestra Victoria Adato; encontró una reciente edición española de “Pedro Páramo y El Llano en Llamas” y me dedicó también uno a mí que conservo con mucho cariño y se los he encargado a mis hijas como un tesoro.
El día del festejo, al acudir a dar el abrazo a la festejada le entregué el libro de regalo y como había fila no pude explicarle que se lo había dedicado el propio autor Juan Rulfo, no yo; abrió la primer página vio una dedicatoria y garabatos, dijo “gracias Paulino, ya lo leí”; yo creo, desde la secundaria, pensé.
Esperaba que más tarde o al otro día se diera cuenta de la dedicatoria. Como no ocurría nada de eso, hablé con su Jefe de Ayudantes o Escoltas y le pregunté sobre si en los regalos que recogieron habían visto el libro y si lo había revisado la Señora Adato, me dijo que sí, entre otros más que le obsequiaron, pues la Procuradora ha sido una persona de gran cultura y amante de la lectura; por ello le pedí que le comentara que el libro que le obsequié estaba dedicado y firmado por Don Juan Rulfo para ella, me aseguró que lo haría.
No tuve que esperar más, ese mismo día por la Red Privada interna que teníamos los funcionarios me llamó: “Don Paulino, cómo le agradezco este regalo tan valioso; ¿Usted conoció a Don Juan, todavía vive? ¿Dónde lo vio?”. Así de sopetón me soltó tantas preguntas. Le respondí, “claro que vive, aunque un poco enfermo, lo conozco porque trabajamos en el Instituto Nacional Indigenista y me hizo el favor de dedicarle esta edición para usted.”
Me aclaró que efectivamente no se había dado cuenta y pensó que la dedicatoria era mía hacia su persona, pero me apreciaba el regalo y que se lo hubiera hecho saber porque para ella sería una joya. Don Juan Rulfo murió en 1986, dos años después.
Así que, amables lectores, el legado de este gran literato mexicano se ha convertido en un verdadero tesoro.


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