Le sacan provecho a remesas

Le sacan provecho a remesas

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Mujeres de comunidades rurales, cuyos hijos o esposos emigraron a Estados Unidos, han aprendido a administrar el dinero que reciben cada mes para darle una mejor vida a la familia que conservan aquí.

Delia Segoviano Sánchez, de la comunidad San Isidro de Ojo de Agua, en el municipio de Romita, Guanajuato. Foto:Francisco Horta


Delia Segoviano Sánchez, de la comunidad San Isidro de Ojo de Agua en Romita, Guanajuato, afrontó hace 14 años uno de los retos más complicados en su vida: hacerse cargo de sus ocho hijos luego de que su esposo se fue a probar suerte a Estados Unidos.
“Mi esposo fue alcohólico, me quedé con mis hijos y vendiendo leche en mi burra, criando animales fue que salí adelante. A los 14 años se me fue el mayor y poco a poco se fueron los demás hasta quedarse de los ocho, únicamente dos”.
Su esposo no sería el único que tomaría la decisión de cruzar la frontera ante las pocas oportunidades en una comunidad de 800 habitantes, quienes se dedican a cosechar principalmente fresa, maíz y frijol. 
Hoy la vida le ha cambiado a esta mujer de 60 años, quien recibe mensualmente de 20 mil hasta 60 mil pesos de parte de sus hijos y su esposo, ingresos que le han permitido construir una casa para cada uno de sus otros hijos, además de comprar tierras en las que genera empleos para personas de su comunidad, las cuales le ayudan a cosechar maíz y sorgo.
Su casa mide 6 hectáreas y media, y entre sus zonas de cultivo y terrenos suma un total de 12 hectáreas de su propiedad que le permiten vivir tranquila aunque sin cambiar su esencia, pues sigue siendo una mujer humilde, con ganas de trabajar y muy ocurrente a la hora de expresarse.
“Cada dos meses me pongo a vender tamales y me va muy bien, yo digo que soy una persona con suerte, en unas tres horas ando vendiendo mis cuatro mil tamales, eso sí, nada más ando gritándole a la gente para que los prueben”, dice emocionada.
Delia aprendió a ser una mujer emprendedora que sabe invertir y administrar su dinero para comprar maquinaria que usa en sus campos de cultivo.
“Mis hijos me mandan el dinero y me dicen que lo gaste en lo que quiera, pero yo he aprendido a invertir, a administrar mi dinerito, pedir préstamos en la caja (Popular Mexicana) y luego cuando me mandan mis hijos les pago y no genero deudas”, cuenta esta mujer de 60 años, que ha logrado salir adelante.
“Si requiero dinero, pues vendo uno de mis puerquitos, un borrego y ya me hago de dinerito, a mi me gusta trabajar porque ahí sentada abajo del árbol no voy a conseguir nada, ahora lo que quiero comprar es una esprayadora y una sembradora”.
Sus cuatro hijos viven en Idaho, un lugar donde actualmente habitan cerca de 2 millones de personas.
Los cuatro ya son residentes estadounidenses y hace cinco años crearon su propia empresa dedicada a la producción de cemento.
“Tenían hasta hace unos días, 35 empleados, pero con la entrada de Trump se quedaron con ocho, a los demás los deportaron, me dicen que fue muy triste, pero como ellos dicen 'nos quitaron gente, pero con las manos de nosotros vamos a ver cómo saldremos adelante”.
Doña Delia comparte que sus hijos aprendieron a trabajar con el cemento.
“Se acercaban cuando hacían casas en el pueblo, como uno cuando aprende a hacer tortillas. Mis dos hijas se casaron y sus esposos son de papás mexicanos pero nacidos allá. Ahora hasta a mi me arreglaron los papeles que para llevarme a Disneylandia y Las Vegas, yo les digo que de vieja que voy andar haciendo por allá. Me hubieran invitado cuando tenía 30”, comenta entre risas.


Temen ser deportados


Nicolasa Alvarado vive en la comunidad Las Trancas, en Dolores Hidalgo, y desde hace nueve años no ve a su hijo, quien siguió el camino de su padre, que hace 20 años, con la ayuda de un 'coyote', se fue rumbo a Estados Unidos.
Gracias a las remesas, su pequeña casa de adobe ha logrado transformarla en una vivienda de ladrillo, dos plantas y una puerta que la distingue del resto de las casas que rodean unos grandes campos llaneros, donde a un kilómetro de distancia se ubica el colonial Hotel-boutique Hacienda Las Trancas, donde una noche cuesta entre 4 mil y 5 mil pesos.
“Mi esposo trabaja en las yardas, igual en jardines particulares que en panteones y mi hijo trabaja en lo que halla, desde jardinería o en la construcción”.
Desde el año 2008 ninguno de los dos la visita y ahora con la llegada del republicano Trump a la presidencia estadounidense, lo ve prácticamente imposible.
“Me platican que está muy complicado, ya les ha tocado que vecinos, compañeros de trabajo o a sus amigos lo han deportado, por eso tienen miedo de venir, yo creo que la única forma de verlos sería que me los deportaran también”.
Entre su esposo y su hijo le envían en promedio 14 mil pesos semanales, dinero que ha invertido principalmente en la construcción de su casa y la compra de un nuevo terreno.
“Hay temor sin duda de que los puedan deportar porque es una gran ayuda que ellos estén allá, pero me han platicado que hasta en iglesias se han metido por gente, así que están conscientes de que algún día puede tocarles”, cuenta Nicolasa.
Las opciones que tendrían en caso de ser deportados, sería buscar trabajo en Guanajuato capital o Zacatecas para dedicarse a la albañilería.
 “Aquí somos unas 800 personas en la comunidad y sinceramente no hay mucho en qué trabajar, hay una imprenta donde trabajan varios jóvenes, otros son albañiles o se van a Dolores Hidalgo a las tiendas de cerámica”.
Ante este panorama, Nicolasa ha tomado un curso para aprender repostería.
“Desde hace un año en el Centro Comunitario nos vienen a dar clases de repostería y luego podemos vender nuestros productos”.
De las remesas que recibe, también dependen sus otros dos hijos.
“Desde 2002 somos socios de la Caja Popular Mexicana, esa parte nos ha ayudado también porque antes teníamos que ir a otro municipio por las remesas, que primero al banco y luego a otro lado a recogerlas, ahora tenemos a una media hora la sucursal”.


Prefieren no venir a México 


“Mis hijos me dicen que ya tienen las maletas listas, quizá y lo dicen para darse ánimos”, comparte Micaela García, de 60 años, vecina de la comunidad de San Clemente, en Romita, Guanajuato.
De sus 11 hijos, ocho viven en Phoenix, Arizona, el más grande se fue cuando tenía 15 años, hoy tiene 45.
“No tienen papeles y solamente un par de veces han venido, y ahora menos, de hecho en diciembre fueron pocos los vecinos (que están allá) que vinieron a visitarnos”.
Micaela comenta que mensualmente sus hijos le mandan de 300 a 400 dólares.
“Cuando no les va también me mandan 150 dólares al mes, pero me dicen que si algo me hace falta les diga para que me puedan mandar más”.
El dinero de las remesas es utilizado para las comidas de su familia y hasta de sus puercos.
“Hemos construido también la casa, siempre que me mandan, la idea es invertir un poco y otro más utilizarlo en algo de provecho, me dicen que ya no trabaje, pero yo a mis 67 años no me siento tan grande como para ya nada más estar sentada”, dice muy segura.
Doña Micaela comenta que sería triste que regresaran a sus hijos, pero al mismo tiempo sería bonito poder tenerlos a todos de nuevo en casa.
“Me dicen que el día que los deporten ellos vendrán a la tierra que los vio nacer y a buscar trabajo, ya sea en el campo o en las empresas que han estado llegando a Silao”.