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De sismos y fantasmas

Opinión
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Aseverar que México está anclado en el pasado es negar lo evidente.


¿Cuál será el próximo? Imposible saberlo. Pero sin duda habrá más. ¿Inevitables? Sí. ¿Impredecibles? También. Geografía y orografía están en nuestro destino. Pero nosotros, aquí arriba, muy por encima de las ingobernables placas tectónicas, sí somos responsables de los que hacemos. Septiembre de 1985, septiembre de 2017, ¿y México?
Los cortes son tan caprichosos como insignificantes en la vida telúrica. Pero no lo son para un México sumido en la desesperanza, el agobio y la autoflagelación. Estados de ánimo alimentados por algunos fantasmas que nos visitan. Sobre ellos no cae otro gran sismo. En 1985 México era un país en quiebra debido al desastre de los gobiernos de Echeverría y López Portillo. Ambos gastaron mucho más de lo que tenían y dilapidaron nuestra riqueza. La inflación galopaba, ese año rondó el 60%. Había escases de muchos productos, algo hoy inconcebible. Lavarse los dientes con bicarbonato fue la única opción para millones.
La crisis financiera y la desconfianza eran tales, que la compra de divisas se convirtió en una obsesión plasmada en interminables hileras en los bancos. Las tarjetas de crédito, en teoría internacionales, como American Express, llevaban la advertencia, “Sólo válida en México”. La economía estaba cerrada en lo fundamental: productos muy caros en una selección muy escasa. El modelo del desarrollo estabilizador se había agotado y la apertura era rechazada por muchos. El criterio del consumidor no existía. 
En el 2017, gracias a la seriedad de seis gobiernos federales sucesivos, priístas y panistas, las finanzas están en orden. Hay un superávit fiscal, es decir, ingresamos más de lo que gastamos. La inflación está, a pesar del casi 7% de este año, en control y hoy nuestra economía es de las más abiertas del mundo. Es otro país. En el 85 dependíamos en un 85% de las exportaciones petroleras, hoy somos un país que exporta manufacturas más o menos en el mismo porcentaje. La caída de la producción petrolera es muy grave, pero podríamos no tener alternativas, como Venezuela. Dejamos de ser un país petrolero. Nos industrializamos. Le dimos la vuelta a nuestra economía.
En aquel entonces el IFE no era autónomo, algo inimaginable hoy en día. La vida sindical ahorcaba a México al grado de que el sindicato petrolero amenazó al presidente De la Madrid con desabasto, increíble. Hoy el corporativismo está contra la pared, por eso el petardo en Oaxaca. Llegaría la autonomía del Banco de México, ausente de la agenda en el 85. La flotación del peso ni siquiera estaba en el mapa. El PRI era el partido por mucho dominante, digamos en niveles del 80%, fraude incluido. Hoy es uno más. La oposición era muy débil, hoy la no alternancia es excepción.
Una presidencia no priísta era inimaginable. La llamada “sociedad civil” era raquítica por no decir inexistente. El sismo del 85 ayudó a su emergencia. Hoy es actor indiscutible. Los medios de comunicación estaban controlados, no había pluralidad ni competencia. Por eso no había una opinión púbica fuerte. ¿Encuestas?, para qué.
Los derechos humanos, no eran tema. No había instituciones que los defendieran. México estaba cerrado a ese tipo de debates fundamentales. El Poder Judicial era parte del aparato de gobierno. ¿Potencia media?, ni pensarlo, éramos cola en todo. Las carencias sociales, agua, sanidad, electrificación, seguridad social, equipamiento de hogares (estufa, refrigerador, etc.) eran generalizadas. Las clases medias eran muy débiles. La banca estaba quebrada, descapitalizada, en las peores condiciones. Hoy está muy sana. La Inversión Extrajera Directa, hoy en apogeo, era simbólica. El sector energético era un tabú. México era un país muy ensimismado. Compararse como sistema de pensamiento era una osadía. Pertenecer a la OCDE, traición. Aprobar el GATT fue una odisea. Ni pensar en tratados de libre comercio, menos con Estados Unidos. Hoy son fortaleza. Era otro México.
Estábamos en la reconstrucción de un país a punto del colapso, cuando llegaron las 7:19 hrs. del 19 de septiembre. Ante lo extraordinario, el desconcierto dominó la reacción oficial. México quedó aún más abatido. Pero poco a poco fue encontrando su camino. No fue fácil, nada lo es en el desarrollo de un país. El México de hoy tiene poco que ver con aquel. En esto olvidar es mentir. Aseverar que México está anclado en el pasado es negar lo evidente. Vivimos en otro país, que es el mismo que sigue sufriendo y sufrirá de sismos y huracanes. Pero lo que está arriba de las placas tectónicas ha cambiado y mucho. Eso sí depende de nosotros.
Más allá de lo oficial, estamos de luto. Pero no caigamos en la trampa, que los fantasmas de la repetición no nos engañen. México es un país muy distinto del que sufrió aquel terrible sismo de 1985. Cada asunto por su lado. Debemos ser justos con nosotros mismos.
 


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