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Ganará la pasión

Opinión
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Perspectiva.


Después de ver el acelerado mensaje de José Antonio Meade en redes, sólo encontramos respuestas positivas a su propuesta dinámica de esperanza. Por las redes incendió las emociones de jóvenes y adultos, de propios y antagonistas. Pero luego de escuchar su voz en la inauguración de su precandidatura que es ya candidatura, encontramos una voz plana, casi sin emoción, sin contraste, sin pasión. 
Meade no puede platicarnos, ni decirnos, ni explicarnos. Tiene que explotar a fuerza de pasión, de soltar la voz y la mente para convocar al México que deseamos y soñamos. Pero eso no se improvisa, tiene que salir del alma, de la emoción de casi gritar a todos que el mensaje a golpe de imágenes lo respalda una actitud febril por el cambio. 
Porque ese es el sentido de la democracia. Más allá del mensaje etimológico del “poder en el pueblo”, la democracia es el cambio perpetuo. Quien no ofrece cambio no tiene lugar en la contienda. Para ofrecer el cambio desde el poder se tiene que cuadruplicar el esfuerzo en la palabra. 
Si alguna cualidad intrínseca tiene el oficio de la política, diríamos que el primero, el motor de todo es la pasión. Sí, antes que la razón, antes que las ideas, el motor de cualquier cambio se engendra en la mente apasionada de un líder. Winston Churchill no podía alinear el espíritu de los ingleses en contra de los alemanes sin la palabra exaltada. “Lucharemos en los mares y en los océanos, lucharemos con creciente confianza, con creciente fortaleza en el aire, defenderemos nuestra isla cualquiera que el costo sea…”
Con su voz ronca y pausada, de viejo lobo de la política, nadie imprimía tanta pasión como Churchill a sus palabras. Con ellas arengó a un pueblo casi derrotado, bombardeado y humillado para que “nunca cediera, nunca cediera, nunca cediera”. 
Es la vieja escuela del discurso político que no queda eliminado ni oscurecido en las redes sociales, en la moderna tecnología del video y el sonido a golpe de imágenes. Nada supera ni superará jamás la voz cálida y emotiva de la pasión humana como la de Churchill, la de Martin Luther King, Franklin D. Roosevelt o John F. Kennedy. 
Urge que alguien le diga a Meade que suelte su voz académica y la convierta en una de sonido fuerte, que saque de su interior la pasión que lo alimenta por llegar a transformar a México en una potencia mundial, en el mejor lugar para vivir, en la tierra de la esperanza. 
Porque Ricardo Anaya puede no tener las credenciales y experiencia de Meade, pero le sobra la pasión que ya alguna vez sintió en carne propia Manlio Fabio Beltrones cuando lo hizo pedazos en un programa de noticias. 
Porque Andrés Manuel López Obrador puede salir con una docena de años de pasión encerrada en la frustración de tener todo en contra, porque conoce los puntos vulnerables de tres sexenios de corrupción soterrada en el PAN y abierta y descarada en el PRI. La palabra es la reina, la voz es su conducto para la conquista verdadera a la hora de ganar la voluntad popular. 
 


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