Periódico am | El fruto de mi vientre

El fruto de mi vientre

Opinión
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Soy testigo

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Por la madrugada forzó la ventana y entró al interior del hogar; no hizo ruido, no despertó a nadie, no robó nada, los perros no ladraron y así, en silencio, ¡partió!


Mi hija, al darse cuenta del peligro en que estuvo toda su familia, entró en shock. El médico que la atendió mencionó que, gracias a este evento, pudimos darnos cuenta de que su salud estaba en peligro y que, pasando algunas semanas, sufriríamos las consecuencias.


Ante el riesgo que corría mi hija, me sentí desesperada e impotente; el miedo se adueñó de mí, la angustia me empezó a ahogar y me veía a mí misma pequeñita, en medio de una enorme ola de mar; sentía que el peso de la misma caería sobre mí.


Sin pensar y aborreciendo el whatsapp, le envié a Rocío, mi amiga, un recado: “tú que estás cerca de la virgen pídele por mi hija que está hospitalizada”, en ese instante se formó una red de información impresionante; todas y cada una de mis amigas y de mis grupos del whats empezaron a ofrecer oraciones y ramilletes y decir misas. Otras, prendieron su cirio y a me mandaron mensajes de cariño y de apoyo para mí.


De esta forma fue como esa ola de mar que me amenazaba, se quedó en la altura paralizada, y no me cayó encima. Me sentí cobijada y llena de protección gracias a la fuerza del amor de mis compañeras.


Los días pasaban y, en relación a mi hija, no había buenas noticias. Una mañana, salí con mi padre el parque y ahí me dirigí a mis hermanos los árboles y les grité y les lloré desesperada para luego pedirles que unieran su energía y la lanzaran a la cama donde se encontraba prostrada el bendito fruto de mi vientre y me imaginó como los rayos de esa energía salían de las copas de los árboles y caían sobre la cama de mi hija.


Una noche, en el silencio de mi recámara, me dirigí al Señor y lloré y le grité; le pegué a la pared, a los muebles, para luego terminar postrada en el piso de mi recámara y le dije al Señor: “¿Cómo tocas al producto de mi vientre si yo siempre he cuidado y metido las manos por cada uno de tus niños, me he arriesgado a todo por ellos? Sabes que sin tener dinero el albergue los cuida. Los niños, tus niños, viven bajo la protección de ese reino divino el albergue y te pregunto, Señor, ¿por qué tienes a mi hija en esta situación?”


Así me quedé dormida, vencida de dolor y de inconformidad hasta el nuevo día.


Me presenté en el sanatorio y todo seguía igual, la ola detenida por el amor de mis amigas, los árboles llenando de energía el cuerpecito de mi hija y el Señor, atento a mis reclamos y comprendiendo mi dolor.


Fue entonces que aprendí como se paraliza el corazón ante el dolor y como se paraliza la razón por el miedo y un futuro incierto.


Al llegar al sanatorio, vi al padre de mis hijos, de quien me divorcié hace cerca de 30 años. No habíamos vuelto a hablar como personas civilizadas, pero en ese coincidir del tiempo y del dolor nos vimos a los ojos y nos sonreímos para luego salir de la habitación.


Ya en el pasillo del hospital me desvanecí en sus brazos. Sí, así fue, me desvanecí de miedo al enfrentar un dolor desconocido, me desvanecí en los brazos de ese señor al que nunca más le había vuelto hablar, en sus brazos lloré y grité y él me contuvo, recuerdo que mi cara se enterró en su clavícula para poder vaciar mi desesperación. Mientras tanto, mis mensajes de whatsapp llegaban llenos de oraciones, llenos de cirios prendidos y de ramilletes ofrecidos, llenos de misas pedidas por la salud del producto de mi vientre.


Al salir mi hija de su intervención médica los doctores anunciaron el triunfo, si fue un triunfo.


Entonces me dediqué a dar las gracias, las gracias a ese ladrón desconocido del cual se valió el Señor para anunciar el peligro que acechaba el futuro de mi hija, di las gracias a todas mis amigas y aprendí la importancia de pedir ayuda y de ser humilde ante los oídos de otros.


Aprendí la fuerza de la oración y la importancia del acompañamiento ante el dolor, ofrecí a mis amigas que trataré de ser un mejor ser humano y aprender a orar y sentir a Dios como ellas lo sienten, de tal manera que el día de mañana que alguien sufra, yo le de fuerzas con mi oración y con mi cirio prendido.


Al padre de mis hijos ahora lo veo con aceptación y comprendí que el dolor une y nos lleva a perdonar lo imperdonable; esta experiencia fue necesaria para bajar la cabeza.


A mis hermanos, los árboles, les ofrecí como agradecimiento que siempre los cuidaré de los depredadores de parques y jardines y que cada vez que yo salga al parque México, recogeré la basura que vaya viendo.


A mi padre Dios lo reverencié y le ofrecí que cada vez que venga un niño del albergue a mis brazos, lo besaré y lo besaré y será como estar besando el rostro del Señor.


Bendito sea el fruto de mi vientre. Gracias Jesús.


Psic. Maritza Nasser


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