2018: El año de la resistencia
2018: El año de la resistencia

2018: El año de la resistencia

Opinión
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Me resisto a creer que nuestras vidas dependan de los juegos mentales de Trump y Kim. Me resisto a creer que la suerte de 800,000 “Dreamers”


Si el 2017 fue el año imposible — el que nunca debió haber ocurrido — veo al 2018 como el año de la resistencia. Pero ¿resistencia a qué?
Resistencia a las mentiras, ataques y ofensas del presidente Donald Trump.



Me resisto a creer que las amenazas y provocaciones que lanzó Trump contra el dictador norcoreano a través de Twitter son la mejor manera de evitar un ataque nuclear. Este es uno de los tuits más infantiles — y peligrosos — que he visto en mi vida: “El líder norcoreano Kim Jong-un acaba de decir que el botón nuclear está en su escritorio en todo momento. Por favor, que alguien de su hambriento y desolado régimen le diga que yo también tengo un botón nuclear, que es mucho más grande y poderoso que el suyo, y además funciona.”
Trump y Kim Jong-un crean una terrible angustia planetaria cuando presumen como adolescentes del tamaño de sus botones nucleares como si fuera un videojuego. Cuidado: Nadie ganaría en una guerra con cohetes atómicos. El columnista Nicholas Kristof, quien hace poco estuvo en Corea del Norte, citó un reporte que asegura que un millón de personas podrían morir el primer día de la guerra. Me resisto a creer que nuestras vidas dependan de los juegos mentales de Trump y Kim.



Me resisto a creer que la suerte de 800,000 “Dreamers” depende del presidente más antiinmigrante que ha tenido Estados Unidos en más de 60 años. Si Trump y los Republicanos — que controlan ambas cámaras del Congreso — de verdad quisieran aprobar un DREAM Act, ya lo hubieran hecho. Pero lo único que sabemos es que fue Trump quien terminó con el programa de DACA el 4 de septiembre del 2017. No me trago el cuento de que la misma persona que tanto daño le ha hecho a los “Dreamers” ahora quiera salvarlos y legalizarlos. (Al final, lo sé, los “Dreamers” van a ganar.)



Me resisto a creer que un presidente que miente tanto como Trump tiene algún tipo de credibilidad y de fuerza moral para atacar a la prensa. Los diarios The New York Times y The Washington Post tienen largas listas con las mentiras de Trump. Desde Richard Nixon, ningún presidente había amenazado tanto la libertad de expresión como Trump.



Incluso sus seguidores saben que Trump exagera, manipula datos e inventa su propia realidad. Hagan el siguiente experimento: Léanle cualquiera de los últimos tuits de Trump a un familiar, a un amigo o un colega del trabajo. Y vean su reacción. En muchas ocasiones la respuesta es una risa, una burla o franca incredulidad. Un presidente que no cuenta con el respeto de la gente no puede gobernar bien.


Además, un presidente impopular y débil puede actuar de manera impredecible para tratar de recuperar el respeto de la gente.



No, los periodistas no somos los enemigos de la gente, como sugiere Trump. Nuestro trabajo es cuestionarlo a él y a todos los que tienen el poder. Y eso, por supuesto, no le gusta al presidente. Ni modo. Cada mentira, cada comentario racista, cada ofensa y cada grosería será respondida con un dato, con una explicación bien investigada, con una opinión sensata y, sobre todo, con la verdad.



Me resisto a creer que las palabras no importan. Trump se burló de un periodista con discapacidades del diario The New York Times; descartó el trabajo de un juez, Gonzalo Curiel, solo por ser latino; le llamó criminales y violadores a los inmigrantes mexicanos; en el video de Access Hollywood hizo comentarios. Y hasta el momento, no ha pasado nada. Pero todo se paga. Esas palabras — gracias a las redes sociales — nunca desaparecen.



En resumen, me resisto a creer que un presidente que juega a la guerra, que ataca a inmigrantes y periodistas, que miente frecuentemente, que niega el cambio climático solo porque hace frío en el invierno, y que se burla de los más vulnerables, es lo más representativo de Estados Unidos. Por eso es preciso plantear nuevas alternativas.



La resistencia a Trump tiene que ser pacífica y democrática, pero también decidida y efectiva. Todo gran cambio siempre comienza con un “No”. Pero no basta con oponerse a todo lo que diga o haga Trump. Es preciso proponer un camino distinto, civilizado e incluyente.
Sí, el 2018 debe ser el año de la resistencia.



Me rehúso a ser cómplice de Trump.


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