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El Cardenal pide perdón por sus pecados

Opinión
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Norberto Rivera es producto de la cultura política en la que se formó: en la atmósfera del perfume del poder.


En una carta póstuma, en su calidad de Arzobispo primado de México, Norberto Rivera manifiesta su deseo de que a su partida de este mundo sea recibido por el Altísimo y pide perdón por sus pecados… pero, algunos creen que son muchos y que finalmente le llegará su némesis y se hará justicia y que su destino será diferente al de la Gloria eterna, porque en este mundo siempre se ocultó bajo el manto de la impunidad.
La personalidad del Cardenal es ecléctica y llena de contradicciones, lo desbordaba su ego, pertenece a una cultura política corrupta, a una política de cuotas y cuates. Un actor político que hizo muchos acuerdos en lo oscurito, hizo arreglos del quid pro quo, disfrutaba de los glamorosos casorios de alcurnia de los miembros de las élites, y fue así que finalmente se mimetizó en ellas.
Norberto Rivera es producto de la cultura política en la que se formó: en la atmósfera del perfume del poder, en los alucinantes juegos de máscaras, de cara a los espejos de la frívola vanidad. Sus amistades distan mucho de ser de las élites ejemplares: son los avezados magnates que hicieron fortunas a través de arreglos y acuerdos inexplicables con las cúpulas del poder político. 
Él es una paradoja, un hombre que viene de los extractos más humildes del país, nace en el pueblo indígena La Purísima, pero nunca se interesó por la opción de los pobres, de donde él salió. A través de un complejo proceso asciende al mitológico Olimpo, para vivir como un príncipe sibarita.
En la visita del papa Francisco a México, en la Catedral metropolitana, el Pontífice le destina su mensaje: “No se sientan príncipes, no pierdan tiempo y energías en las cosas secundarias, en las habladurías e intrigas, en los vanos proyectos de carrera, en los vacíos planes de hegemonía, en los infecundos clubes de intereses y consorterías”. Era el preludio de que los tiempos de poder y gloria de Norberto habían quedado atrás. Actualmente, vive la soledad política en el crepúsculo de su larga trayectoria, marcada por escándalos y claroscuros. Lejos están los tiempos en que a Norberto lo arropaban poderosos actores religiosos que lo encumbraron a las nubes de la jerarquía.
El Cardenal nunca tuvo la imagen de un hombre humilde, flotaba en la soberbia, de un pastor que estuviera cercano a los pobres, que visitara a los marginados, que lo rodearan los niños, que confortara enfermos… Se lo ubicaba en el glamour de las rumbosas bodas de millonarios, comiendo al lado de magnates y apareciendo en los titulares de la prensa, que le daban resonancia a lacerantes mandobles mediáticos que mandaba, desde la Catedral, a sus adversarios. 
Se fue Norberto Rivera Carrera, arrastrando el peso muerto de su historia, sus múltiples escándalos, seguido por la oscura sombra de los generosos negocios con el culto guadalupano, las visitas papales y la protección que le dio a Maciel y a otros pedófilos; pero, dejó una carta, en la que pide perdón por sus pecados y omisiones y finalmente desea encontrarse con el Altísimo en la Gloria eterna. 
Recientemente, el Cardenal fue denunciado penalmente por los ex legionarios Alberto Athié y José Barba ante la PGR, por encubrir a más de 15 pederastas y a Marcial Maciel. No hay antecedente alguno en México de que un Arzobispo Primado tenga que declarar ante la PGR. Lo anterior es una buena señal en la Iglesia jerárquica. Si el secretario de finanzas del Vaticano, el cardenal George Pell, tuvo que dejar su cargo para enfrentar a la justicia en Australia por acusaciones de pederastia, ¿por qué no un cardenal en México? 
Su relación con el papa Francisco fue muy mala, se sabe que no votó por Bergoglio como líder de la Iglesia Católica. Pero, esos son polvos de otros lodos, a estas alturas lo que menos le importa al Cardenal es su relación con el Sumo Pontífice. A Norberto, el capelo cardenalicio ya le hizo justicia: entró pobre y salió multimillonario e infatuado con la frivolidad, los lujos, los autos, el golf, los restaurantes caros… y los sueños de glorias pasadas y que nunca volverán.
Pero, ¿qué trascendencia tienen la salida de Norberto Rivera? Bueno, ahora llega un hombre de confianza del Papa, el nuevo Arzobispo Primado, Carlos Aguiar Retes, a ofrecerle lealtades que Norberto no comprometió, y al que necesita Francisco para sus reformas, pues el Papa ha sido objeto de un embate muy duro por parte de la ultra derecha católica internacional. 
Era urgente un nuevo Arzobispo, ante un necesario aggiornamento que transforme la fisonomía de la Iglesia en México. Una luz de renovación de una arquidiócesis abandonada, y que demanda de una intervención mayor de alguien con una visión diferente, más cercano a los marginados, menos ostentoso y mediático y con la emoción social que Norberto Rivera nunca tuvo.
Para entender mejor los entramados del poder y las servidumbres que éste impone, habría que dar luz a algunos tramos del camino que transitó el Cardenal y que lo llevó al éxtasis de la vanagloria y el poder. En síntesis: los mentores del cardenal Rivera fueron nada menos que Marcial Maciel y Girolamo Prigione, respaldados por otro sinvergüenza, el entonces secretario de Estado del Vaticano, Ángelo Sodano, el zar de la construcción en Italia, asociado a la mafia y quien recibía jugosas coimas de Maciel, según prestigiados medios.
Girolamo Prigione, el controvertido ex nuncio apostólico en México, interlocutor de los Arellano Félix, fue el gran operador político para Carlos Salinas y fue, también, el que formó el famoso “Club de Roma” de obispos, que utilizaba la rudeza para acrecentar sus intereses y presionar alianzas políticas y financieras con los poderes fácticos de México. 
El Nuncio fue representante diplomático en México durante veinte años. A lo largo de ese tiempo, hizo todos los conciliábulos con los poderes político y económico para lograr el reconocimiento jurídico de la Iglesia, de parte del Gobierno mexicano: La moneda de cambio fue el aval al dudoso triunfo de Salinas de Gortari como Presidente. Así fue como el astuto Girolamo logró restablecer las relaciones entre la Santa Sede y México.
“PRIgione”, como le decían, fue el gran aliado del presidente Salinas y logró amordazar el episcopado, valiéndose de gentes como Norberto Rivera, que hacía el trabajo sucio, y su reducido grupo, y evitar así las críticas al Gobierno salinista; fue un largo periodo de sometimiento eclesiástico y, para lograrlo, el diplomático logró influir en los nombramientos de obispos que hacía Juan Pablo II, constituyendo así un grupúsculo de jerarcas incondicionales conocidos como el “Club de Roma”, que gozó de mucho poder económico y político.
Pero, aquellos eran otros tiempos. Ahora, el Cardenal no tiene quién le escriba, fue mucho su envanecimiento, su adicción por el perfume del poder, su saldo está en rojo y su ego se petrificó en estatua de sal. “Ahora, Rivera está pagando su soberbia con facturas feroces, no hay gratificación ni bonos; su ambición de grandeza la está pagando con muchas pequeñeces, sus victorias se convirtieron en derrotas, sus recuerdos en pesadillas y su riqueza en quiebra moral”, Bernardo Barranco.


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Fuentes: Barranco, Bernardo, sociólogo.


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