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El error de Peña Nieto

Foto: Periódico AM


Desde que Ernesto Zedillo ganó la elección con casi la mitad de los votos, los últimos tres presidentes sólo representaron a la mayor minoría.


La fragmentación política crea la necesidad de cambiar las leyes. El PAN lo pidió antes del proceso que hoy vivimos. Una segunda vuelta nos haría más sencilla la vida.


Con el sistema actual, quien gane será difícil que  obtenga más del 35 por ciento de la votación. Tendrá de frente al doble que no lo quizo. Supongamos, sólo como ejercicio, que Andrés Manuel López Obrador gana la elección con un 36 por ciento de los votos. Un 64 por ciento lo habría rechazado con odio y pavor. El país quedaría muy lastimado. Esa es la ecuación. Fox, Calderón y Peña Nieto ganaron con minoría.


Con un poco de visión, el presidente Peña Nieto pudo promover la segunda vuelta electoral y quitar de encima para siempre la sombra que hoy nos asedia. En una segunda vuelta jamás ganaría El Peje. Sus negativos casi llegan al 60 por ciento. En ese 60 por ciento hay quienes lo odian, otros que le temen y muchos que de plano lo vomitan.


Es una película que ya lleva dos presentaciones y lo único sobresaliente es la tozudez, la perseverancia y consistencia de López Obrador. Su discurso no cambia. Cualquier otro ya hubiera desistido. Tuvo que crear otro partido que fuera de él, tuvo que forjar una corriente nacional apoyada por dos fuerzas: la increíble corrupción del actual sexenio y el hastío generalizado con la clase política y los partidos que nos han gobernado.


A diferencia de lo que puedan pensar los analistas y digan la suma de encuestas, López Obrador no tiene ganada aún la elección. En el camino habrá una decisión del “antipejismo” a la hora de votar. Incluso podrían conjugarse alianzas que aún no vemos. Algún independiente con tres o cuatro puntos, podría inclinar la balanza hacia Anaya o Meade. También podría suceder que la tendencia autoritaria y de izquierda rancia no penetre los estados más poblados del país, desde Veracruz hasta Baja California y todo el norte.


El hundimiento de Venezuela puede ser elemento de campaña, aunque en Morena digan que no, que AMLO no es Chávez ni Maduro. Ese país está por reventar con el escape de su población.


En el debate, el más preparado puede ser Meade, porque conoce a fondo el país, pero sin duda el más talentoso con la palabra es Ricardo Anaya. Su discurso es apasionado, lúcido y agresivo. Se prepara como nadie porque su esgrima verbal le puede dar el triunfo.


Podría conquistar a los jóvenes que se incorporan por primera ocasión a una elección presidencial, podría encontrar el tono, el ritmo y el pulso político de la nueva generación.


Sería el Emmanuel Macron, el que rebasa al rancio panismo de Calderón y su esposa Margarita. El capaz de mezclar el agua y el aceite con la alianza política hecha Frente Nacional. Se necesita talento para ser candidato del PAN y aparecer con la camiseta amarilla del PRD en su visita a ese partido.


Según expertos politólogos, Anaya es un verdadero genio del oficio. Si tiene brillo en la campaña final, hasta sus enemigos que lo acusaron de “canalla” y traidor estarán de su lado. (Continuará, porque el Segundo puede ganar)


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