De fieras y domadores

De fieras y domadores

Opinión
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El engaño llega a su máxima expresión cuando el domador nos hace pensar que es él quien corre peligro frente al animal cansado, lacerado...


Lo llevamos dentro, es nuestro y a la vez somos suyos. Nunca llegamos a controlarlo. Incluso los sabios se burlan de las tretas y burlas que hace. Vivimos usándolo todos los días, pero el lenguaje de pronto nos usa.
“Si se atreven a hacer un fraude, me voy... pero a ver quién amarra al tigre”. Los tigres son uno de los felinos más bellos. Todavía hay distintas subespecies, el de Bengala, el Siberiano, el Indochino, el Malayo, bellezas todos. Varios por desgracia ya se han extinguido. La caza y los mitos sobre el poder curativo o afrodisiaco de algunas de las partes de su cuerpo, los están acabando. Viven del sureste asiático hasta los bosques siberianos. Contra su fama universal, son animales bastante retraídos, que buscan aislamiento territorial lo que, en cierta medida, los protege. La idea de la bestia agresiva a la espera de lanzar el ataque inmediato, es uno de esos fantasmas que invade la mente de los humanos con poco sustento.
Eduardo Lizalde lo ha recreado con su excelencia poética, en la imaginación deambula esa bestia que subvierte y en cualquier momento nos quita la vida de un zarpazo. Pero no, las víctimas son ellos, pues además se le codicia para ser usados, explotados, maltratados... en los circos. “... A ver quién amarra al tigre” es una analogía asesina, que nadie lo amarre, que viva en libertad, que se reproduzca, que las hembras se sigan protegiendo a sí mismas, que sean parte libre y excelsa de nuestra vida. El tigre no necesita ser amarrado, eso sólo ocurre cuando es usado para un espectáculo, por eso se le apresa, se le confina extirpándole su libertad, a latigazos se le entrena para el espectáculo, se le enfurece artificialmente para que muestre garras y colmillos. El engaño llega a su máxima expresión cuando el domador nos hace pensar que es él quien corre peligro frente al animal cansado, lacerado, muchas veces enfermo, deseoso de recibir su porción de alimento y de paz, todo le ocurre sin entender nada de lo que sucede a su alrededor.
“Si se atreven...” como si fuera algo optativo. Pero si la organización de las elecciones en México es de una complejidad asombrosa que deja atónitos a muchos. Pesos, contrapesos, cuerpos colegiados, pluralidad y publicidad en todas las instancias y, sobre todo, participación ciudadana que el día mismo de la elección rebasa al millón de mexicanos activos. “Si se atreven...” como si un grupo de tenebrosos, encerrado en un cuarto repleto de humo y con vasos cargados de licor, fuera capaz de decidir en contra de leyes archi-discutidas, años de preparación, miles de servidores públicos involucrados, todos dispuestos a cometer el fraude y además pudieran. Eso es intrigar contra las instituciones, sembrar la duda, la cizaña, vivir de ella. México no es una novela de Mario Puzo. No somos un país de sumisos que en el 2018 esté dispuesto a asumir el fíat del cuarto humeante y volcar una elección donde participarán decenas de millones de mexicanos, decenas... ¿Cuál es ese país?
Además, en la perversa fantasía, la calificación final no la dan las instituciones, ella es el resultado de una impresión del domador o dueño del circo, quién, en su muy particular y caprichosa lectura -que es indiscutible, como palabra de Dios- decide si “hubo” fraude o no. Si gana sospecho que no lo reclamará. Pero la amenaza, porque eso es, una amenaza está allí “me voy” y será entonces cuando empiecen ustedes a valorar mis servicios a la República. Porque soy yo quien tiene amarrado al tigre, el hombre declarará controlar a un tercio de la población, “ya no voy a detener a la gente”. Además, debemos agradecer los servicios de sublevación inducida, como en el 2006. Pero el argumento se enreda, “la gente”, los mexicanos no están pidiendo que alguien los detenga, nadie debe detenerlos y les está permitido todo lo que no les está prohibido. Además, el domador lo hace gratis, entre latigazo y latigazo no cobra un peso ni paga un centavo de impuestos, aunque tenga a toda la parentela en la nómina oficial. ¡Qué generosidad! Algo muy extraño.
Si acaso pensó en la expresión de Porfirio Díaz, la revolución, entonces delató su visión de poder, dictatorial, por cierto. Vaya inversión de roles: en realidad yo les ayudo a contener a la gente que quiere acabar con ustedes, luego trabaja para ellos, para los amenazados, los banqueros. Yo los tengo amarrados, no habla de una relación de igualdad: uno amarra y el otro es sometido. ¿Es esa la concepción que tiene de sus huestes, de los mexicanos, los sometidos por el látigo, y yo soy el que los detiene? ¡Y lo ostenta! No era al revés, él sólo interpretaba los reclamos y obedecía. El pueblo como fierecilla domada. Que en julio voten conciencias libres que no son parte del lucrativo espectáculo.
La analogía es ofensiva, ni tigres, ni látigos, ni amarres, ni fraudes imaginarios, ni domadores, ni extorsionadores.