Voto honesto

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Opinión
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Convencer, no es la actividad más importante de la operación electoral.


El voto debe de ser un asunto de consciencia. Solo así funciona una verdadera democracia. El 2 de julio de 2000, Rafael Giménez, el encuestólogo de la campaña, al rededor de la una y media de la tarde esparció sobre la mesa los resultados de las principales empresas encuestadoras, que arrojaban como ganador a Vicente Fox. Sorprendido por la contundencia de los porcentajes, una de las primeras frases que pudo expresar, el candidato victorioso, fue: “a partir de ahora, ningún candidato que no tenga votos tras de sí, podrá ganar una elección”. Se refería a la perversa práctica del priísmo de rellenar urnas y alterar documentación electoral, para darle el triunfo a sus candidatos. Ahora todo cambiaría, se necesitaría poseer votos constantes y sonantes.
Lo que Fox no alcanzó a ver en esos momentos, fue que el mercado de votos se inauguraba a plenitud, para la joven democracia mexicana. A partir de ese momento, la competencia por capturar los votos de los electores, se desataría, con singular entusiasmo partidista, sin tener consideración ética alguna sobre las formas de allegarse a los votantes.
Antes las campañas se hacían de forma diferente. Por ejemplo Jesús Hinojosa Tijerina, que fue alcalde de Monterrey en 1994, había desarrollado un sofisticadísimo modelo de propaganda: regalaba saleros con el logotipo del PAN. Así, -lo explicaba Chuy,- la familia entera, en el momento más íntimo de convivencia familiar, tendría delante de sí la imagen del partido político, recordando, quizás, los mensajes del populachero y simpático candidato. Mercadotecnia pura, a ínfimo precio. De risa desde la perspectiva actual.
Pero la clase política, especialmente los jóvenes incorporados a los partidos, comenzaron a idear métodos cada vez más audaces e intrusivos para condicionar el voto a favor de sus candidatos. Las campañas comenzaron con mucha anticipación, procurando capturar al elector con los programas sociales, apoyos para viviendas, entrega de tinacos, láminas, sacos de cemento, bolsas para el mandado, relojes, cachuchas, camisetas y delantales. También se han repartido mochilas, uniformes escolares, televisiones y, aunque esté comprobado mundialmente que no sirven para elevar el nivel educativo, se regalan tabletas electrónicas a los estudiantes por millares. Todo se vale, con tal de apoderarse de un mayor porcentaje del mercado de voto, superior al de sus adversarios, para ganar la elección. La voluntad se compra.
En un lugar secundario queda el campo de las ideas y las propuestas. Salvo a algunos sectores muy específicos, a pocos ciudadanos les interesan cuestiones relativas a la ideología de una organización política. Convencer, no es la actividad más importante de la operación electoral. Comprometer el voto de los ciudadanos y si es necesario comprarlo, es lo de hoy.
La degradación de la debilitada democracia mexicana, ha llegado a tal punto, que la obtención de voto ha multiplicado y profundizado la corrupción en todas direcciones. Casi nadie se salva. Y lo peor, es que la costumbre de mercantilizar el sufragio, supuestamente, convalida el peculado a las arcas públicas. Es la justificación de todos los corruptos que pululan en las administraciones gubernamentales. “Si no robo, no gano las elecciones” afirman con total descaro.
¿Cuánto se requiere para ganar una elección para Presidente de la República, comprando votos? No mucho en términos del presupuesto federal. Solo si consideramos que el famoso ramo 23 durante 2017, estaba presupuestado en 23,000 millones de pesos, y por el incremento en la recaudación acabó operando con 300,000 millones, en áreas totalmente discrecionales; es muy factible, por lo tanto, que se le haya extraído con cierta facilidad 30,000 millones. Con esto se paga la operación electoral de una red, para comprar la friolera de 10 millones de votos (a 2000 c/u) para el partido oficial. Con estos sufragios, aunados a los de su base electoral, simpatizantes y votos útiles, sumarían cerca de 20 millones, suficientes para obtener el triunfo. El PRI va por ellos.
Pero lo más lesivo para la frágil democracia mexicana, es la pérdida de la conciencia, para definir qué es bueno o malo para México, mi estado o nuestro municipio, y de acuerdo a ese juicio, definir nuestra papeleta. La vida pública se ha corrompido a tal nivel mediante la compra de votos, que lo único que importa es la puja entre las diversas organizaciones partidarias, por el sufragio de los individuos más vulnerables y desvalidos de nuestra sociedad, que son los susceptibles de entregar el voto a más bajo precio. Apesta el modelo.
Ante tal situación, aquellos que somos realmente libres, tenemos la obligación de formular nuestro voto a conciencia. Entregarlo a corruptos, sería el peor de los negocios para una ciudadanía madura. Aconsejo por ello, descartar a todo candidato sobre el cual pesen signos de deshonestidad, independientemente del porcentaje de intención de voto que las encuestas les otorguen. No nos dejemos llevar por el perverso juego del voto útil. Establezcamos como prioridad el voto honesto.