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Las muletas perversas

Opinión
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Soy Testigo

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Después de la operación y de mis ejercicios de rehabilitación, siguió el uso de las muletas, por un tiempo aproximado de mes y veinte días.



Las muletas y yo nos hicimos buenas amigas,  jugábamos y reíamos, mientras caminaba apoyándome en ellas, nuestra amistad fue tan bonita, que ellas, las muletas al verme triste por mi limitación, me enseñaron a usarlas como un columpio y así,  al dar el paso, mi cuerpo se balanceaba sobre mis amigas las muletas  y con la ayuda de  un vaivén y el vuelo de mis piernas, lograba lanzar considerablemente lejos mi corporeidad, me veía y me sentía, con una gran libertad, como si fuera a volar. Con este tipo de  desplazamientos, llegaba rápido a donde fuera. 



Esta complicidad entre mis amigas -las muletas-   y yo, se terminó cuando  mi terapeuta Raymundo me vio lanzándome en el columpio, ha  hecho una expresión en su cara, que me hablaba de impacto y de asombro, para luego decirme  todo lo incorrecto y el riesgo que corría mi pierna enferma, al estarme desplazando de esta manera, continuo enseñándome a usar a mis amigas  para  beneficio de mi incapacidad.



Así, mi relación con mis amigas fue cambiando, ya no había risa, ya no había complicidad, ahora empecé a descubrir las ganancias secundarias, derivadas de mi incapacidad y del uso de mis muletas; tales como: A donde yo llegaba ,yo no hacía fila, rápido pasaba.  Teniendo permiso para manejar automóvil, rapidito me estacionaba en el cuadrito azul, me di cuenta, que gracias a mis muletas perversas, yo no pasaba desapercibida ante nadie, a donde yo llegaba, las personas  me volteaban a ver y  procuraban establecer contacto conmigo, si estaba parada para cruzar una calle, en automático los coches se paraban para que yo pudiera pasar sin prisa.



En mis relaciones afectivas, la mayoría de mis allegados, estaban al pendiente de mí.  Mis amigas iban a verme y se quedaban en casa acompañándome, me llevaban de cenar y me ayudaban con el mandado, les comento que llegaban con cafecito y galletitas.  Mis familiares estaban preocupados por mí: ¡No te muevas!, ¡No te levantes!, ¿Qué se te ofrece?



Tuve que vivir esta experiencia, para comprender ese pensamiento que dice:



“La dadiva, que envenena” y concluyo; somos responsables, de lo que damos a otros, ya sea en palabras, en actitudes, en expresiones y en economía.  El daño que podemos ocasionar es trascendental.



 En los diferentes estudios que he realizado, me he topado, con la apotemnofilia que consiste en el deseo voluntario y sin necesidad alguna, de amputarse un miembro del cuerpo, este tipo de decisiones se basan en un daño neurológico, acompañado de las ganancias secundarias que mencioné en renglones anteriores.



 Una persona, que siente desde su infancia, la falta de afecto, de atención, de acompañamiento, puede desde su tierna edad, llegar a idealizar a una persona discapacitada y pensar que amputándose algún miembro, podrá atraer para sí misma, simpatía, atención, aceptación, cariño y además le brindarán  tiempo, situaciones que antes no tenía y agregando la ayuda económica que ha base de limosna le dan  “al pobrecito”. 



Podemos concluir que “La dadiva corrompe el corazón, la extorción entorpece, la opresión enloquece”. Así fue como me di cuenta del juego perverso de mis muletas, sin darse uno cuenta nos atrapan, hasta que poco a poco, se va atrofiando el cuerpo, la mente y las emociones, llevándonos a una fibrosis emocional, de la cual batallaremos mucho para podernos recuperar.  Al instante de haber captado esta situación, tome mis muletas perversas y las arrojé muy lejos de mí, para no volver a columpiarme -con una aparente  libertad- sobre ellas.


Psic. Maritza  Nasser
Terapeuta Familiar.
[email protected] 12 34 61


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