Periódico am | ‘Pos, esos fueron los amores de Plutarco’

‘Pos, esos fueron los amores de Plutarco’

Opinión
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Hay mujeres que han vivido libres para amar, para pensar, bailar y libres para morir, como es el caso de la famosa bailarina Isadora Duncan.


Hay mujeres que han vivido libres para amar, para pensar, pintar, bailar y libres para morir, como es el caso de la famosa bailarina Isadora Duncan. Se han ganado todo calificativo: la genialidad, la locura, la desfachatez, la liberación, el escándalo, el misticismo, la rebeldía y la pasión. La obra más relevante de ellas ha sido la actitud desprejuiciada frente a la vida, quedando para siempre grabada en la memoria, como leyenda, la belleza de estos seres.


Hace algún tiempo, para estas fechas de Semana Santa disfruté de la Ciudad de México, en ese periodo del año en que se encuentra semivacía y brinda la oportunidad de recorrer sus monumentos, museos y lugares históricos. Visité el panteón de San Fernando, donde se encuentran las tumbas de hombres ilustres como Juárez, Miramón, Comonfort, Riva Palacio, Santa Anna… 
Para mi sorpresa e incredulidad, frente a mí estaba la tumba de Isadora Duncan. Creyendo que se trataba de un homónimo me dirigí a consultar a una viejecita encargada del bellísimo panteón, a la que cuestioné si se trataba de Isadora Duncan, la famosa bailarina, a lo que ella respondió que “en efecto allí estaba enterrada”.


Las fechas me confundían. Pues ella murió en 1927 y el panteón fue clausurado a la muerte de Juárez, lo que separaba mucho las dos fechas. Volví a inquirir a la viejecita en relación a la fecha en que el panteón había sido cerrado y la fecha tan distante de la muerte de Isadora.  A lo que respondió que “justamente ella había sido enterrada allí en el año de 1929, una noche cuando el presidente Plutarco Elías Calles con un reducido grupo de amigos reabrió el panteón y depositó los restos mortales de la Duncan”.
Concluí haciéndole una última pregunta a la octogenaria mujer: ¿Qué relación tenía Calles con la famosa diva? Me miró a los ojos y después de una breve pausa y una pícara sonrisa que se desvanecía en su rostro, exclamó: “Ah, siñor, pos ¿por qué había de ser? Esos fueron los amores de Plutarco”.


Posteriormente, tratando de aclarar algo sobre el extraordinario relato, sólo encontré algunas líneas de coincidencia que pudieron justificar, aunque sea en el imaginativo de la narrativa, la relación de Plutarco con la diva: 


Isadora estuvo en México acompañando en una gira con el gran Caruso y a la mezzosoprano Gabriela Bezanzoni en el Teatro Iris y en la Plaza el Toreo. Posteriormente, el ex presidente hace un recorrido por Europa donde tomó algunas ideas fascistas y socialistas para la constitución del partido PNR. Según dicen, fue en ese viaje que se reencontró con Isadora, después de su estancia en México


Posterior a la muerte de ésta, en 1927, pudo Plutarco haber mandado traer sus restos mortales y depositarlos para la posteridad en el bello panteón de San Fernando, reservado para los héroes y hombres grandes de México…  Verdad o ficción, la vida y la tumba de Isadora Duncan son un poema de amor acorde a una existencia extravagante, libre y romántica. Vivió y murió con la genialidad, locura, desfachatez, escándalo, rebeldía y pasión con la que enfrentó a las conciencias y costumbres de su época.


Isadora Duncan (1878-1927) nació en San Francisco, hija de un matrimonio mal avenido y finalmente divorciado. Desde niña, su instinto la inclinó hacia el baile. En su manera de danzar y vivir evocó una perfecta conjunción de cuerpo y espíritu. En su autobiografía titulada “Mi vida”, escribió: “Nací a la orilla del mar. Mi primera idea del movimiento y de la danza me ha venido seguramente del ritmo de las olas”.  


Se propuso estudiar los movimientos de la danza antigua en los dibujos de los jarrones griegos del Museo Británico. Fue una época de formación, de lectura, de ensayo, de búsqueda y sobre todo de encuentro consigo misma a través de la modulación plástica. Concebía la danza como una forma sublime de emoción, por medio de la cual el alma y el cuerpo se dejan arrastrar por la música para transformarse en arte puro, imitando el movimiento de la naturaleza, el mar o la copa de los árboles mecidos por el viento.


Los éxitos le llegaron como una avalancha, era reclamada por los mejores teatros de Europa. A partir de entonces, no dejó de viajar, en todos los lugares tuvo amigos, pintores, poetas, intelectuales y estuvo siempre rodeada de admiradores que deseaban sus afectos. Apasionada y maravillosa, el nombre de Isadora lo relacionaban a los más altos niveles sociales, políticos y artísticos...


Aparejada con el éxito y el glamour que le brindaba la vida, la fatalidad la seguía, parecía emanar de su persona, terminando hasta con su propia vida, y con todos aquellos a los que había amado.


La primera víctima fue su amante, el polaco Ivan Miroski, que murió de forma misteriosa, evento que abatió moralmente a la Duncan en 1913. Posteriormente esa oscura influencia se ensañó con sus propios hijos, cuando Isadora triunfaba nuevamente en París: encargó a la institutriz y al chofer que llevaran a los niños a Versalles, minutos después de dejarlos el carro cayó al río Sena aparentemente por una falla mecánica, pereciendo así, en las oscuras aguas, sus dos pequeños hijos. 


Nuevamente la bailarina cayó en la angustia y depresión, a causa de esta tragedia; anuló todos sus compromisos e intentó varias veces quitarse la vida, por lo que decidió dirigirse en 1920 a Moscú y hacer trabajos de beneficencia y enseñanza, actitud que fue bien recibida por el gobierno soviético, que la acogió como huésped distinguido.


Con su recuperación emocional y los nuevos viajes, volvieron los romances, ligándose emocionalmente con Sergei Esenin, poeta de la Revolución Rusa. La unión libre de ambos resultó desastrosa. Sergei cayó en una infecundidad creativa que desembocó en el alcoholismo y el desenfreno, a tal punto que su comportamiento llegó a ser escandaloso hasta para la propia Isadora. En 1923 lo abandonó y dejó la Unión Soviética, regresándose a vivir a Europa para volver nuevamente a los escenarios y a escribir en Niza su autobiografía. Un año más tarde leyó en los periódicos que su ex marido se había suicidado.


En Niza, una tarde fría, tratando de distraerse y salir nuevamente de la depresión, decidió tomarse un respiro y dar un paseo en su veloz Bugatti rojo. Su largo chal, el que había agitado ante multitudes en la Unión Soviética, se enredó fatalmente en las ruedas traseras del Bugatti, muriendo estrangulada trágicamente en el accidente. Sus ideas ateas, su moral adicta al amor libre y su actitud favorable hacia la Revolución Rusa no eran cualidades que la opinión pública favoreciese, con lo que fue perdiendo su fervoroso y fidelísimo público que dejó las salas y teatros semivacíos, silenciosos y helados.


P.D. Algunos afirman que la Duncan nunca visitó México.


 


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