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Ternurita

Diseño: Grupo AM

Hay momentos en los que las democracias se suicidan o se desvían tanto que permiten el arribo de personajes como Hugo Chávez o el propio Donald Trump. La historia tiene momentos trágicos en países que eran los más educados de su tiempo.

En los años sesenta surgió la película más taquillera de una generación. En México se anunciaba semana tras semana su permanencia, que rompía todos los récords. Era un musical filmado en Austria con la bellísima y talentosa cantante Julie Andrews y el aún vigente Christopher Plummer. La trama marca al pueblo austriaco como avasallado por los alemanes antes de la Segunda Guerra Mundial. Crecimos con la idea de que los nazis habían reunificado a  Austria por la fuerza. Esa era la narrativa.

La realidad fue muy distinta: los austriacos, obnubilados por el poder del Partido Nacionalsocialista, votaron en masa a favor de la reunificación de naciones. Pero no se crea que fue una decisión dividida, el 99.7  por ciento votó a favor de Hitler, quien hizo una aparición apoteótica en el que fuera su país de nacimiento.

Un pueblo culto dio la espalda al pueblo judío y a sus genios austriacos. Fuera quedó Segismundo Freud, fuera quedó casi toda la escuela de Viena, el pensamiento filosófico avanzado de Ludwig Wittgenstein, la obra pictórica de Gustav Klimt  y la música de Gustav Mahler. Al tiempo que quebraban cristales, quemaban libros y rompían el alma de lo judío-alemán en el Tercer Reich, los austriacos se tragaron enterito el cuento  del imperio de los mil años.

El tiempo cobró caro a los germanos y al mundo las votaciones y la colaboración casi unánime de Austria a un criminal demente. Hitler se hizo del poder con apenas un 36.8  por ciento la votación que lo llevaría a la dictadura después de la muerte de Hindenburg. Luego subyugó el alma de sus compatriotas, quienes diligentes ejecutaron a la mayoría de los europeos judíos en un acto inexplicable y  barbárico.

Más adelante en Venezuela, Hugo Chávez obtuvo triunfos en las urnas. Su populismo y socialismo tropical atrajo a las masas con un proyecto de país que nunca tuvo píes ni cabeza. Tiró la producción, corrió la inversión extranjera y casi acaba con la única forma de ingreso del país, su industria petrolera. Venezuela está destruida. Y si bien México “no es Venezuela”, sí puede convertirse en un fracaso en seis años.

Cuando escuchamos a Andrés Manuel López Obrador decir “ternurita” a su contrincante más ilustrado, entendemos qué hay un gran rencor social en su discurso, incluso un celo intelectual soterrado.

Si lo eligen con  el 40 por ciento del voto de ese resentimiento, el país corre el peligro de ser gobernado por la ignorancia o, peor aún, por el rencor social que lleva a enfrentamientos inútiles. López Obrador es demasiado transparente en su verdadero sentir cuando pierde la cabeza. Muestra su subconsciente en frases como “cállate chachalaca” o la de “ternurita” que acaba de enderezarle a José Antonio Meade.

La democracia es peligrosa porque es abierta, porque una minoría (como en Estados Unidos) puede adueñarse de las decisiones más importantes. AMLO rompe la cordura cuando amenaza con  parar la obra del  aeropuerto de México. También puede entregar la educación a la izquierda radical o fijar los precios de la gasolina por decreto. Con su estilo, puede hacer lo que le venga en gana en contra de las instituciones y el futuro del país.


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