Saludos desde las alturas
Saludos desde las alturas

Saludos desde las alturas

Opinión
|

Crónicas viajeras Maca Arena [email protected]

.


Vivo en una casa del árbol. No es broma. Después de múltiples mudanzas, millones de idas y venidas con una maleta a cuestas, subidas y bajadas con cajas llenas de libros, pizzas a manera de agradecimiento a mis amigos que me ayudaron a cargar mis cosas de una punta a la otra; por fin puedo llamar hogar a un pequeño estudio en lo más alto de la ciudad. Cuando digo lo más alto, es por el simple hecho de que vivo en un quinto piso sin elevador. Cada que llego a casa, me repito que me estoy ahorrando la ida al gimnasio.



Cada vez que llego a un sitio me gusta analizar a la gente que me rodea. Cada día me invento una historia sobre los vecinos de enfrente. Me lo recomendaron en un curso de escritura creativa y yo sigo la tarea con suma rigurosidad. Un día la vecina de enfrente es una decoradora, otro, una economista y al siguiente una diplomática. El del tercero es un arquitecto que medita los pros y los contras del minimalismo en la era del consumismo.  Cualquier día me meten al bote por metiche. 



Y un día de esos, mientras escuchaba un podcast de homicidios sin resolver (una manera cualquiera de pasar el rato, según yo) miré cómo la mayoría de los vecinos de mi calle, echaban un líquido en los orines de su perro. En mi cabeza dije: “vaya hipsterada, diluir los desperdicios de tu perro”. Ya admiraba que levantaran los pequeños regalitos de sus creaturas de cuatro patas, pero preocuparte hasta del olor del líquido amarillo del protagonista de tus redes sociales es una señal de altruismo total. 



Pero, la vida me vino a dar una cachetada con guante blanco, cuando después de un día un poco pesado doblé la esquina de mi cuadra y allí estaba, el olor a los árboles en flor. La explosión de la primavera. El despertar de la naturaleza. El olor era tan sutil, que tuve que parar para mirar al cielo y ver cómo esos árboles con flores moradas me coqueteaban con descaro total. 



Para aquellos que no conozcan Barcelona, les tengo que decir que hay días en que el calor es tan intenso que el olor a orines se impregna en el pavimento como si no hubiera un mañana. Turistas, nativos y animales se encargan de dejar su rastro, cual perros en celo, por los sitios más concurridos de la ciudad. Un contra del lugar, pero, hay oasis en el desierto y mi calle es una de ellas. En gran parte porque la mayoría de los vecinos luchan por diluir su paso por la zona con un pequeño esfuerzo. Por ridículo que parezca. 



Una activista medioambiental que tiene un blog llamado “Trash is for Toossers” tiene la basura que ha producido en tres años en un tarro de cristal. En su Instagram tituló la foto de su logro como “El tarro que previno 8,212 libras de desperdicios. Cuando me dicen que una persona no puede hacer la diferencia, pienso, eso es una tontería, 8,000 libras me parecen una diferencia.” 



Y creo que a muchos nos hace falta esa filosofía. Ese: “Aquello que yo haga tendrá un efecto en mi entorno”. Y creerlo de verdad, con convicción y en todas las acciones que hagamos los 365 días con sus respectivas 24 horas. 



Solo así, podremos apreciar el olor de la primavera, lograr movilizaciones que cambien leyes, reducir a cero nuestro impacto medioambiental y que el mundo, después de nuestro paso, sea un lugar mejor. No es utopía lo que digo, es una realidad del tamaño de los árboles de mi calle. Ósea, muy grande. 



Saludos desde las alturas.


Te damos respuesta en 48 horas y puedes disponer del dinero en menos de 10 www.premo.mx