En el Nombre del Arte
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Opinión
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IV La Vocación y el día del Maestro.

Diseño: Grupo AM.

Primera Idea: 1968. Hace 50 años. El hombre aún no llegaba a la luna, los conflictos de octubre del 68 aún no sucedían ni en México, ni en Francia, ni en el mundo. La URSS invadía Checoslovaquia (países, ambos que ya no existen). El mundo se maravillaba en el radio y en los cines con Yellow Submarine de los Beatles. Era 1968 y en las latitudes, de Hidalgo estaban construyéndose  los mercados de Actopan y de Ixmiquilpan. En Pachuca, por poner un paisaje conocido, aún no existía el sempiterno edificio del Palacio de Gobierno, en la Plaza Juárez.

 

Era 1968. Era otro México. Era otro mundo. Era 1968, hace ya 50 años, y Manuel Menes Llaguno, ya estaba dando clases. Y siguió –y sigue- impartiendo esas clases durante medio siglo. Le pienso casi siempre con una frase constante: “El día que no doy clases, siento que no trabajé”

 

Este 15 de Mayo, tuve el privilegio de rendir unas palabras por sus 50 años de vida académica, y no quise perder la oportunidad de hilvanar esta columna, entre el día del Maestro y el festejo de estos primeros 50 años de vida académica.

 

Yo conocí a Juan Manuel Menes jugando Maratón. Si, el juego de preguntas y respuestas de los 80’s y 90’s del siglo pasado. Perdí, era lógico, pero gané su deferencia, y ésta ha sido una de las cosas más valiosas que gané en mi vida. Esto pasó hace casi 20 años y esa deferencia consistió en una miríada de gorras mías en su casa, y en casa de Paty Menes, su Hija, mi Amiga, con “A” Mayúscula, igual que su hermano Manuel. Comidas y cenas, aderezadas siempre  con la clase del Maestro Menes. Si, con la clase, porque hay maestros cuya capacidad formativa es tan grande, que se pasan la vida dando clases. En la comidas y en las cenas. En la colaboración compartida, en la charla, en la sobremesa y en el trabajo.

 

Con Menes, aprendí que ser Escritor es otra forma de ser Maestro. El primer regalo que me llevé de la casa de los Menes, además de su amistad, fue el libro de “Bartolomé de Medina: un Sevillano Pachuqueño”.

 

Aprendí en esos días –aún rondaba mis veintes- que escribir se trata de enseñar a los que no podemos ver ni escuchar, porque es a través del libro que se llega a latitudes que nuestro cuerpo no llegará, y a épocas hoy aún desconocidas para el que escribe.

 

Fue a lo largo de estos 50 años que el Maestro le ha entregado a los hidalguenses más de 70 libros.  Francisco Umbral decía que “Escribir es la mejor forma de leer la vida” y desde esta mirada, gracias a Menes Llaguno hemos podido leer y entender desde una perspectiva nueva y original, los hechos que nos dieron origen como estado, los antecedentes de nuestra ciudad y nuestra región, nuestro pasado minero, y la historia de los grandes hombres, que nos dieron, Patria, Estado y Ciudad.  A través de la Pluma del Maestro Menes, los hidalguenses y muchos mexicanos de otras ciudades, dentro y fuera del país, han tenido acceso a la historia de nuestro glorioso estado, convirtiéndose con ello en Maestro, no solo de estas, si no de futuras generaciones.

 

Fue en una charla de sobremesa, hará ya diez años, cuando me contaron que en 1977 (el año en el que nací) la administración de la Casa Rule, -Entonces sede del Tribunal Superior de justicia del Estado- había decidido mandar a la cartonera “Un montón de documentos viejos, archivo muerto y sin utilidad”- Que el Maestro Menes y el Maestro José Vergara, decidieron salvar, pues con estos documentos armaron el Archivo Histórico del Poder Judicial, el quinto más antiguo de México. Fue en esa charla donde comprendí al historiador. Al hombre para quien el pasado es tan importante como el presente, Clío –La musa de la Historia- le tocó el alma en algún momento de la juventud, y le dio por arma la voz y por escudo el ingenio, para ser guardián del tesoro del pasado. Y ser Maestro de ese Tesoro.

 

Segunda idea: Cuando doy una charla con Servidores Públicos, suelo decir una frase demoledora para muchos: México tiene tres enormes tragedias. Tres tragedias de tamaño descomunal; Maestros que no enseñan, Médicos que no curan y Jueces que no juzgan. Es cierto. Las estadísticas avalan la información. La opinión pública y su percepción de las realidades de México también.

 

Hoy solo hablaré de los Maestros.

 

Cursé primero y segundo de primaria en la Primaria Benito Juárez de Ixmiquilpan. Los recuerdos más gratos que guardo de mi vida de escolar se los debo a esa escuela. Mis maestros y maestras eran personas sencillas, y como casi siempre en la gente sencilla, anidaban en ellos las almas más grandes. Irma, mi maestra de primero vivía en una comunidad y caminaba todos los días entre una y dos horas para llegar a las 7:30 a preparar todo para nuestra llegada.  Ella llevaba bolsas en los pies, para llegar con los zapatos limpios y darnos el ejemplo. Antes de entrar al salón, nos revisaba para verificar que íbamos vestidos para la ocasión, el uniforme bien portado, limpios de manos, uñas y dientes. Dignos del acto al que nos presentábamos cada día: Aprender. Pero esa revisión era lo de menos, el gesto más significativo era brindarnos un gesto de cariño a cada uno, reconociendo nuestra individualidad, llamándonos por nuestro nombre y dándonos un pequeño o gran gesto de amor mientras ingresábamos. Estoy seguro, a todos nos amó, y nos amó porque amaba ser Maestra: Esa fue su vocación.

 

Muchos de ustedes, amables lectores, habrán rememorado sus días de escolares, y seguro se habrán de acordar de sus excelentes maestros. Los que rondamos los 40’s tuvimos extraordinarios maestros. Sí, y en todos los niveles. ¿Por qué? Porque fue su vocación ser Maestros.

Los soñaron, lo desearon, y trabajaron por ello con férrea voluntad y con incansable esfuerzo. Ellos cambiaron a México, desde su pequeña trinchera prepararon a generaciones de grandes mexicanos.

 

¿Qué pasó después? Después la Vocación dejó de ser importante. Hubo personas que dijeron, que había que estudiar “Aunque sea para ser maestro” (ya no con mayúscula) pudo ser maestro quien no decidió serlo por vocación, quien no estudió para ello, quien no soñaba con cambiar personas, quien no soñaba con un mejor México. Ya era tarde, y los resultados los miramos a diario y en todos los frentes. El resultado fue un país con una pobre educación, y cuando hay una pobre educación, país pobre y pobre país. Pobre México y México pobre.

 

Hoy es día del Maestro. Por un lado, mi corazón se regocija: conozco maestros excepcionales, personas entregadas en cuerpo y alma a cambiar a otros seres humanos, con horas, con una plaza o sin ella, en la Educación Pública o en la Privada, pues cuando una persona le enseña a otra, está cambiando una vida, y a veces, hasta la salva incluso, y cuando una vida es salvada, -como dice el Talmud- está salvando al universo entero. A ellos, Incluyendo al Maestro Menes, mi gratitud infinita, correspondencia y devoción, a mis muchas y muchos maestros, de escuela y de vida. A todos y a todas, los recuerdo con amor y agradecimiento, en su día, y en todos los días de mi vida.

 

Por el otro lado, no puedo si no seguir preocupado, como tantos Hidalguenses; como tantos Mexicanos. Hay tantos maestros que no enseñan. Tantos que no educan, tantos que han olvidado que la educación es cambio, y que quien no cambia no ha sido educado. Tantas aulas con un conductor, si, pero no con un Maestro, que no puedo concluir de otra forma que decir, que aunque todos los días decidamos mirar a otro lado, la educación de nuestro país no podrá cambiar, si no regresamos a valorar, el mas importante de los requisitos para enseñar: La vocación.

 

Uno mis dos ideas y me despido: Bertolt Brecht decía que “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles.” Creo que en ninguna de las actividades humanas está tan presente su frase, como en la Educación. Educar es luchar. Si, luchar contra todo aquello que está mal en nuestro lugar en el tiempo y en el espacio. Educar es luchar, primero, contra la ignorancia, luchar contra las circunstancias, luchar contra la pasividad y la inconciencia. Luchar contra todo y contra todos, para cambiar –para bien de él mismo y de todos- a otro ser humano.

 

Agradezco la lucha diaria, de los grandes Maestros que he conocido. Del Maestro Menes, en la Iberomexicana, del Maestro Ulises Vidal, en la Siqueiros, quien tanto me enseñó para mejorar en este oficio de enseñar, del Maestro Gallegos, en la Villagrán, Del Maestro Efraín Ríos en el Sistema de Universidades Tecnológicas, De la Maestra Martha Celada Castillo y Rubalcaba, en la Preparatoria número 9 de la UNAM y de la misma casa de estudios, la lucha del Dr. Bolívar Echeverría en la Facultad de Filosofía y Letras. Agradezco la lucha constante de estos hombres, pues, reitero, como lo afirmó Brecht, son y seguirán siendo imprescindibles.

 

Finalmente invito, a los que leyeron esta columna, sabedoras y sabedores de que no fue su vocación enseñar, que, aún sea que parece tarde, encuentren en su ser, en su hidalguía y en su mexicanidad, la vocación para cambiar a este país, desde sus aulas.

 

Entrañablemente: José Luis Ramos Ortigoza.

 


 


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