Vandalismo, escuela y trabajo bajo tierra; ahora, por su hija, Eduardo quiere ser profesor

Vandalismo, escuela y trabajo bajo tierra; ahora, por su hija, Eduardo quiere ser profesor

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En charla con AM Hidalgo, el joven de Zimapán contó su historia.

Mina Miramonte de Zimapán.

Eduardo fue trabajador de la mina Miramonte de Zimapán. Después de una infancia en la que se dedicaba al vandalismo y de más de ocho años en labores bajo tierra en un trabajo sumamente arriesgado, ahora quiere dar lo mejor a su hija, quien lo motiva a superarse y que estudia en la Escuela Normal Superior Pública de Hidalgo en Pachuca.

En Zimapán se extrae la mayoría de la plata que produce Hidalgo, la mina Miramonte subsiste con ese metal precioso, aunque también se obtienen hierro, cobre y zinc.

Nació en Zimapán y comenzó a trabajar a los 18 años en la mina, pero desde pequeño fue muy rebelde, al grado de terminar en un albergue rural.

“Desde la primaria andaba en el vandalismo, en tercero de primaria yo era un desmadre y mi mamá me mandó a un albergue, ahí conocí a unos chavos que se dedicaban a eso. El día que entré al albergue me pusieron una madriza, pero no me dejaba. Hasta cuarto de primaria me seguían pegando, pero luego me incluyeron, yo creo que decían ‘ah, este güey sí jala’; ya por quinto yo era el que pegaba”, comentó.

Después de tantos años ya no entiende por qué se dedicaba a eso, no encuentra sentido a alterar la paz pública.

“Ahora lo veo y no tenía sentido ir a sentarme a una esquina a echar una chelita. Íbamos a la secundaria a madrear güeyes, tomábamos en el centro, pintábamos pura tontería en las bardas supuestamente marcando territorio, hacíamos break dance y había unos chavos muy motorolos, ellos hacían el desmadre y nos jalaban”.

Se dedicaban a retar a la autoridad y varias veces terminó en la cárcel; su hermano, que es militar siempre acudía a su rescate.

“Me entambaron varias veces y salíamos en uno o hasta tres días. Mi hermano siempre me sacaba, era militar, pagaba la fianza y ya. Nunca me regañó pero por él y por la mina senté cabeza. En secundaria ya estaba más destrampado. Rompíamos vidrios de carros, echábamos madrazos a cada rato. Íbamos a los bailes y era peda y putazos seguros; también dos tres güeyes al bote siempre”.

Su hermano siempre buscó formas de sacarlo del vandalismo y la mina lo mantuvo ocupado; entre risas menciona: “Llegaba bien cansado del trabajo y qué chingados iba a levantarme a querer hacer desmadres”.

Ese trabajo tan rudo lo ayudó a sentar cabeza, a pesar de lo pesado que es estar bajo tierra trabajando una jornada de casi doce horas, a Eduardo le gustaba.

“Empecé a los 18 años a trabajar ahí, estaba fracturado de tibia peroné y no tenía ingresos en mi casa, tuve que entrar ahí. Es un trabajo difícil y como en todos, al principio te cuesta trabajo adaptarte. Me debía levantar diario a las cuatro de la mañana para prepararme un lunch porque el carro que nos llevaba a la mina pasaba a las cinco y todavía debía caminar desde mi casa hasta donde nos recogían”.

“Cuando se te pasaba el camión era buscar un raite con un camión que pasara por ti para llevarte, si no te quedabas sin trabajar. El camino está muy feo, son muchas curvas y pura terracería, tardas hora y media de camino hasta allá”.

El primer día de trabajo recibió su novatada, un minero de más experiencia lo echó a pelear con una máquina que nunca en su vida había visto.

“Me dijo un perforista que debía barrenar, eso es romper la piedra. Preparas el lugar con perforaciones, son 42 o 48 dependiendo el lugar. En cada una metemos los explosivos y los conectas con una termolita, que es una mecha larga”.

“El que me enseñó me dijo ‘órale mijo, barrenéale’; y le pregunté: ‘¿cómo?’ y solo me dijo ‘como dios te dé a entender’. Es una máquina pesada de 90 libras de fuerza, como yo no sabía me colgaba de la máquina, me movía y me tiró varias veces, me puse mis chingadazos y ya que me di las tres con la máquina me enseñaron cómo hacerlo. Me enseñaron los trucos y hasta con una mano lo hacía”.

Describió la mina como un lugar muy oscuro, con una aroma peculiar que él adora, los túneles tienen dos metros y medio de alto por dos de ancho y existen voladeros de hasta 40 metros de alto, “un paso en falso puede hacer que caigas ahí”, comentó.

Uno de sus familiares murió en un voladero, se resbaló y cayó de esa altura.

“Ahí se murió un primo, yo no lo vi pero dicen que se resbaló y que cuando lo fueron a sacar se quedó agarrado de la máquina. Se desnucó por el golpe de 40 metros”.

Otro riesgo del lugar es la combinación de diferentes gases que disminuyen la calidad de vida de los trabajadores.

“Después de trabajar ahí cuando tosía mis flemas salían negras, también de todos los mineros, porque hay una combinación de gases. Entre los de los metales y el explosivo, por eso se debe dejar ventilar dos o tres horas el lugar después de volar el cerro. También hay mucha agua contaminada por los metales, solo sirve para no hacer polvo cuando perforas”.

Las condiciones de seguridad eran precarias, hasta que llegó una jefa de seguridad que implementó varias funciones dentro de la mina, a Eduardo le tocó ser parte de las cuadrillas de rescate y debió recuperar el cuerpo de un minero de un voladero.
“Me tocó sacar a un compañero que se cayó de 15 metros, no quedó todo desecho pero se desnucó, se le veía la masa cefálica. Nos preparan para eso pero tú no esperas sacar a un compañero con el que platicaste en la mañana y lo viste trabajar por ahí, fue algo fuerte”.

Las ganancias adicionales al sueldo base dependen de la cantidad de trabajo, en una semana Eduardo ganaba de dos mil 200 a tres mil pesos.

“Cuando llegabas crudo sacabas menos y para sacar los tres mil debías chingarte toda la semana, eran muy buenas friegas pero es un trabajo mal pagado por todo el riesgo que tienes”.

Por hacer las cosas con prisa pudo caer al voladero donde falleció su compañero, un día resbaló y por poco no sobrevive.

“Una vez me resbalé, estaba a un lado de un voladero. Me hice un amarre muy simple al cinturón de seguridad por hacerlo a las prisas. Ya me estaba cayendo pero me alcancé a agarrar de la máquina y del lazo. Llegué, me amarré, hice un nudo simple y me metí, por eso casi me caigo de ahí”.


 

DE LA MINA A LA NORMAL

El drástico giro que dio su vida fue porque conoció a quien hoy es su esposa; ella estudiaba la normal en Pachuca y comenzaron una relación.

El embarazo de Paola fue de alto riesgo, por eso tuvo que dejar la mina para mudarse a un lugar donde pudieran atender bien a su esposa y a su futura hija.

“El embarazo fue de mucho riesgo, sus papás nos dijeron que nos fuéramos con ellos a San Salvador, de ahí era más fácil que la atendieran en hospitales de Ixmiquilpan o Pachuca.
Yo tenía que dejar de trabajar y no me parecía porque estábamos criados de una forma donde el hombre es el que pone todo. Hablé con mi esposa y me dijo que no había problema, que ya después buscaba trabajo, lo importante era la salud de mi hija y de mi esposa”.

Mientras no trabajaba se dedicó a atender a Paola, por algún coraje se le podía subir la presión, era tan riesgoso que en algún momento le dieron a elegir entre la vida de su esposa y de su hija.

“Ahí fue cuando mi suegro me dijo ¿Cuánto tiempo crees durarle a tu esposa? En promedio a los 45-50 años ya empiezas con problemas de salud por la mina, mis suegros me decían que con más razón debía dejar de trabajar y pensar en otra opción”.

Después del embarazo Eduardo iba a pedir trabajo en una cementera, Paola no estuvo de acuerdo y le propuso otra opción.

“Hablé con ella y le dije que iba a pedir trabajo en la cementera de San Salvador, ella me dijo que creía que no iba a volver a esos lugares, entonces me preguntó: ‘¿Y por qué no estudias?’ Acepté y como tenía experiencia en la mina quería entrar a ingeniería metalúrgica, pero todo se quedó en una idea”.

Tiempo después, Paola pasó su examen, obtuvo una plaza y debieron mudarse a La Misión, donde ella comenzó a dar clases.

“Ahí empecé a conocer maestros y me entró la espinita de estudiar la normal, me gusta enseñarle a los chamacos y compartir lo que sé. Vine a Pachuca, presenté el examen y quedé, pero fue difícil porque sin tocar un libro en ocho años como decimos los futboleros ‘estaba desencanchado’, es difícil aún, pero ahí vamos”.

En ese momento decidió que no volvería a trabajar en la mina, su familia se volvió prioridad, quiere darle lo mejor a su hija y evitar que viva en entornos violentos como le pasó a él.

“Yo quiero mi profesión porque quiero darle lo mejor a mi hija; la familia es primero, me gustaría volver pero no a trabajar, son unas chingas y mejor me dedico a estudiar. Ya lo viví y estoy en otra etapa donde aprendes nuevas cosas, ahí en la mina te cierras, te encierras, pero acá ya aprendes más, se amplía tu panorama”.
 

EL ORGULLO DE PAOLA

Eduardo platica que le debe todo a su esposa, que sin ella no estaría donde se encuentra ahora.

“Paola está muy orgullosa, yo le decía ‘jamás me vas a ver de traje, no voy a usar un pinche saco, no van conmigo’. Ella fue, me compró uno y ya lo usé varias veces porque la escuela lo demanda, ahora me dice ‘no que no güey’, y pues ya lo uso”.

Su mamá siempre agradeció a Paola por el cambio que logró en su hijo.

“Mi mamá ya falleció, pero ella le decía a mi señora: ‘hasta que lo sacaste de ese pinche hoyo, por fin hubo una que lo sacó de ahí, quien sabe que anduviera haciendo mi hijo ahorita’.

“No estaría aquí si no fuese por ella, si no la hubiera conocido yo seguiría en la mina, por ella es que estoy acá. Le agradezco todo”.