Luis y Miguel

Luis y Miguel

Opinión
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Soy Testigo

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Al trabajar en terapia intensiva, en el IMSS, llegué con Luis, un joven de 22 años quien, debatiéndose entre la vida y muerte, estaba acostado en una cama quirúrgica con gomas de electrodos colocados a lo largo de su delgado y joven cuerpo. 
Su madre silenciosa, pensativa y solitaria, sentada a un lado de la cama, presenciaba cómo minuto a minuto la muerte le arrancaba la vida a su joven hijo. ¿Quién la acompañó en este proceso?, ¿Quién la consoló?, no lo sé. 
Yo no pude contenerme, las emociones me embargaron y me dominaron y empecé a sentir un nudo que me ahogaba en la garganta, para inmediatamente después darles a mis pensamientos la libertad de movimiento, la libertad de entrar y de salir a todas las ideas que se les ocurrieran y a mis pensamientos, todo lo que ellos quisieran pensar y sentir.  
Puedo decir que todo mi ser cayó en descontrol y mis pensamientos una y otra vez se regocijaban con el tormento que para mí representaba recordar a mi hijo en ese preciso instante ante el pie de esa cama del IMSS. Mi hijo, quien al igual que Luis tenía 22 años y también era de complexión delgada y de un cuerpo largo.
Al recordar el cúmulo de vida que rodeaba a mi hijo, sentí pena por el sufrimiento silencioso y solitario de esa madre. Cuando mis ojos se encontraron con la mirada de esa dolorosa, el leguaje del silencio habló de nuestra desesperación y entonces decidí huir, decidí esconder la mirada de mis ojos y automáticamente me di la vuelta y me dirigí al chico de la cama que estaba detrás de mí.  
Huyendo de Luis, conocí a Miguel, de 20 años. Supuse que ahí iba a estar a salvo de cualquier dolor. Y así, con esta postura egoísta, me dirigí a Miguel. Lo tenían acostado y tapado con las sábanas hasta la altura del cuello. “¿Qué tienes Miguel?, ¿por qué estás aquí?” Atiné a preguntarle y él me dijo: “Levante un poco la sábana y dese cuenta de por qué estoy aquí”. 
Tomé el extremo de la sábana a la altura de su cuello y al levantarla, mis ojos se toparon con el tórax de un joven muchacho, sí un tórax muy joven… un tórax mutilado. 
Mis ojos vieron a un joven sin juventud, un joven sin vida, a un joven de 23 años con los sueños quebrados, a un joven sin la esperanza de un mañana mejor. 
A Miguel le amputaron sus dos brazos hasta la altura de los hombros. Al presenciar esta realidad A mi cuerpo lo recorrió un escalofrío, mi mente enloqueció ante estas dos vidas. 
Y el joven, al ver la expresión de impacto reflejada en mi cara, se compadeció de mí y me dijo: “Maritza, mi mamá siempre me decía: ‘hasta que te caiga una descarga eléctrica vas a entender’. Ella siempre me decía, que iba a entender hasta que tuviera una descarga, y yo no le hacía caso y mira, ella tuvo la razón, entendí hasta que tuve una descarga eléctrica en mis manos”. 
Soy Testigo: cuidado con los decretos que lancemos a nuestros hijos. Una profecía autocumplida o autorrealizada es una predicción que, una vez hecha, es en sí misma la causa de que se haga realidad. Una profecía autocumplida es una falsa definición de una situación o persona que evoca un nuevo comportamiento, el cual hace que la falsa concepción se haga verdadera.  
Esta validez engañosa perpetúa el error. El poseedor de la falsa creencia percibirá el curso de eventos como una prueba de que estaba en lo cierto desde el principio. 
Por tanto, una profecía positiva o negativa (una creencia fuerte o un engaño), declarada como verdad, aunque sea falsa, podría influenciar suficientemente a una persona como para que sus reacciones cumplan esa creencia. 
Los decretos de una madre son órdenes internalizadas para los hijos. 



 Psic. Maritza Nasser 
7 12 34 61


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