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Opinión
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Un día inolvidable

Diseño: Grupo AM.

La semana pasada no escribí, contrario al hábito dominical de aprovechar la tranquilidad del día de descanso para pensar y escribir.

El asunto es que el día primero de julio fue de mayor trabajo en muchos años. Todo comenzó a las 7:15 de la mañana cuando llegamos a la casilla del tercer distrito electoral en la calle Eugenio Garza Sada. Como primer secretario, tenía la responsabilidad de entregar boletas de la elección federal, contar votos y respaldar en todo lo que me pidiera Arturo Torres Fox, nuestro presidente de la casilla 4 adjunta de la sección 1687. El lugar era donde siempre votamos pero ahora ya no contábamos con las instalaciones del Departamento de Ciencias Aplicadas al Trabajo de la  UdeG. Nos daban un patio inclinado con una carpa limitada donde estarían las cuatro casillas. La nuestra era la cuarta.

Cuando vimos lo apretado del lugar pensé de inmediato que deberíamos llamar al Rector o a alguien de la Universidad para que nos dieran un espacio digno dentro de los salones. De inmediato Dulce Noriega, la representante del INE me instruyó con suma amabilidad: las casillas son inamovibles. Si el INE dijo que el estacionamiento estaba bien, moverla la invalidaría.

Así comenzamos a armar las urnas, la casilla para votar en secreto y a contar las boletas que nos entregaron. Setecientas doce para federales, setecientas catorce para estatales. La lista de electores era de 693. Llegaron dos representantes de partido, uno del PRD y otra de Nueva Alianza. Se les dijo que si deseaban firmar las boletas podían hacerlo. Eran más de 4 mil firmas. Declinaron por sensatez y para no perder el tiempo. Calculo que si hubieran dicho que sí, nos hubiéramos tardado una hora más en abrir la casilla.

A la hora pactada llegamos los seis ciudadanos. Organizar el espacio, las mesas, las urnas y las casillas nos llevó casi una hora y media. Los electores ya hacían fila, esperaban en una mañana despejada. Sentíamos la presión.

Abrimos retrasados.

A las 8:57 terminamos el acta de apertura y las boletas listas. Angelines Labiaga, mi sobrina, entregaría las boletas estatales y las federales serían mi responsabilidad. Arturo Torres Fox, el presidente,  recibía a los votantes. Entre los escrutadores, Arturo Pinto cuidaba la fila para que estuviera en orden. Nuestra casilla era la contigua número 4 de la sección 1687. Justo al lado estaba Ana Graciela Lomelín, de la número 3.

Desesperado porque las boletas no se desprendían bien, porque ya teníamos a la gente apurándonos, comencé a entregar boletas con el folio. Apurado le dije a una funcionaria del INE que si no había problema y me dijo que no. Pero en el fondo sabía que las boletas no podían llevar números que las identificaran. En cuanto tuve un respiro comencé a desprenderlas sin folio y entregarlas como debía. Ya para entonces ma ayudaba Adrián Salazar, escrutador. Las boletas estatales se desprendían sin problema.

Orden en la fila

Arturo Pinto, el más estoico de nuestros escrutadores, no se limitaba en ordenar con autoridad a los electores que no brincaran la fila, también vigilaba el correcto depósito de las boletas. Estuvo de pie la mayor parte de las 9 horas que duró la elección.

Más orden de los vecinos

A media votación mis cuadernillos de boletas lucían disparejos, revueltos y mal cortados (entregamos todo integro y la cuenta final nos salió perfecta).  Al lado Ana Graciela y sus compañeros tenían todo en orden. Las boletas contadas y separadas con post it notes. Los cuadernillos emparejados y los lomos de los folios como si los hubieran cortado con guillotina. Me dio pena.

Regresó a la memoria el tiempo cuando era un alumno de los últimos lugares en la primaria del Lux. Entonces no podía decir que era disléxico o tenía el síndrome de atención deficitaria. Eso no existía. Ahora como primer secretario de casilla, resentía esa imposibilidad de llevar con orden papeles y útiles de trabajo.

Lo comenté con Ana Graciela y me dijo algo interesante. Tal vez sean más felices quienes no tienen la obsesión del orden. Cosas de la vida, yo sufría por el desorden y todavía me parece imposible creer que los muy ordenados sufran.

A las 6 terminamos y a contar.

Las casillas cerraron en punto de las 6. Comenzó la cuenta. En nuestra casilla votó el 81 por ciento de la lista, como pocas en el país. Alguien con autoridad nos indicó que teníamos que comenzar por la presidencial. PAN PAN y PAN un poquito de PRI y menos de Morena. Bromeábamos: estamos en una panadería.

La cuenta no nos daba. Arturo Pinto y Eduardo Lugo comenzaron de nuevo, me llamaba la atención el esfuerzo de los dos. Estábamos cansados. Decidimos contar de 50 en 50 y todo cuadró.

Los dos observadores de partido estaban atentos y un tanto sorprendidos del resultado. Una de las representantes preguntó cuál era nuestra profesión. Eduardo mencionó que dirigía una empresa de mil 300 empleados, yo dije que era periodista del am y Arturo mencionó que donde trabajaban había 12 mil empleados.

Ahí estaba Arturo, presidente de la Flecha Amarilla, como ciudadano, poniendo en orden la fila con firmeza durante horas, luego contando los votos hasta que cuadraran las cuentas en una jornada agotadora. Reflexionaba que por eso Flecha Amarilla está en buenas manos y que su determinación era ejemplo encomiable.

Estaba Arturo Torres Fox, sobrino del ex presidente, con gran amabilidad dando instrucciones a los electores. Repitió una y otra vez que los marcadores del INE eran imborrables, que lo demás eran “chismes”. Estuvo Adrián Salazar, quien me relevaba con gusto en los descansos. Seis personas de muy diversas edades y ocupaciones cumplíamos felices porque nuestro país nos importa.

Ayuda invaluable

Pero todo el trabajo de los ciudadanos no pudo tener éxito sin el auxilio de los funcionarios del INE. Dulce Astrid Noriega estuvo siempre atenta a todas las preguntas, a todos los requerimientos. Pidió pizzas y trajo refrescos y con una refinada educación nos dijo que habían sobrado 200 pesos de los viáticos que entrega el INE a los funcionarios de casilla. Me daba pena aceptarlos pero pensé que era algo que ella debía cumplir.

Entrega de paquetes.

Había que llevar los paquetes al INE y al IEEG. Arturo Torres llevaría los federales y yo me encargaría los estatales. Salimos después de las 12, luego de llenar y llenar actas de cierre, conteo de votos y firmas y firmas de todos. De algún lugar mágico surgió el orden  cuando pusimos todo en las bolsas indicadas para cerrar los paquetes.

La calle Jorge Vértiz Campero donde está el IEEG, era un caos estupendo. Decenas de coches parados, camionetas que llegaban con paquetes y decenas de trabajadores temporales que acercaban las cajas a funcionarios que los recibían detrás de una computadora. Había sillas en las colas serpentinas para aguantar. Una señora mayor, con empleo temporal en el IEEG me acompañaba pero ya estaba muy agotada.  Comentó que le pagaban bien por esos días de trabajo pero que ya no volvería para la siguiente.

El paquete lo pude entregar pasadas las 2 de la mañana.

Después de 20 horas, extraña satisfacción

La jornada había comenzado a las 6 am del domingo, cuando reviso periódicos y correos. Durante todo el día no había tenido noticia de lo que pasaba en la elección. Sólo un mensaje: ganaba AMLO como barredora, algo que no sucedía en nuestra casilla. El pronóstico se cumplía ante la mirada un tanto sorprendida de quienes deseaban el triunfo de ANAYA. Era la primera ocasión en 39 años que no presenciaba comicios desde la redacción de am, sin embargo sentía un placer difícil de explicar. Amor a México; gusto por la democracia; admiración por todos quienes estuvimos en esas 4 casillas y los funcionarios electorales.

Cierto, el costo de la democracia en México es enorme por la desconfianza del pasado. Pensé que el precio de votar se podrá reducir a una décima parte con las nuevas tecnologías seguras de “Blockchain”. Todo digital y confiable. Será en seis años o en doce tal vez.

Además sabía que si bien el país sería otro por el arribo de López Obrador al poder, nosotros no seríamos Venezuela, que el país no se iría a la porra ni se establecería un gobierno autoritario. Lo vi en la votación, en la limpieza del proceso, en la alegría y voluntad de todos en participar y ayudar. Lo vi en la gente que llevaba los paquetes como parte de su compromiso. Entonces pensé que somos mejores de lo que creemos, que México tiene un gran futuro si logramos cambiar y damos rumbo a nuestra gran nación para que las nuevas generaciones tengan orgullo en esta tierra que les entregaremos. Espero que en paz.


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