Olor a pizza 
Olor a pizza 

Olor a pizza 

Opinión
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Crónicas viajeras

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Estaba en el comedor de la oficina. Apunto de abrir el tupper que llevaba para comer. Llevo unos días en operación “come sano, vive sano” y estaba emocionada porque había descubierto unas especias que hacían que el pollo supiera deli. La cuestión es que abrí la bolsa y el olor que salió me transportó 20 años atrás. 
Y es que olían exactamente a las mini pizzas que tenían la base como si fuese un mini bagel que mi madre me permitía comer sólo en vacaciones. En mi casa todo es muy healthy, esto quiere decir grandes cantidades de brócoli al año. Ese maldito brócoli. Pero en verano, no. No señor. En verano, los arbolitos verdes plantados en la milanesa a modo decorativo cambiaban por sándwiches de helado y cantidades industriales de pizzitas. 
Las especias olían a esos beagels con salsa de tomate, queso chedar y mini peperonis que se calentaban en el hornito. Olían a la quemadura de segundo grado que te hacías en el paladar por no poder esperar para dar la primera mordida. Olían a ese queso/plástico adictivo. 
Pero, como cualquier recuerdo de la infancia, ese olor a pizzitas lo tengo relacionado con el olor de la casa en dónde las engullía. En ese momento, allí en medio de la oficina, recordé el olor a cloro y al plástico de los flotis del primo/bebé de turno, a alfombra antigua, a casa de la abuela, a la madera de las escaleras que sonaba cada vez que alguien las pisaba (bueno, la casa entera crujía). Olían a las hamburguesas con mostaza que mi padre preparaba un día sí y otro también; al cemento caliente mientras hacía competencias en bicicleta.
Y no hay olor o recuerdo que no implique ver a toda esa gente que te acompañaba en la experiencia. Recordar la fila larga, muy larga, para que me tocara mi turno de jugar al Mario Bros, que generalmente perdía por una estúpida tortuga. A las noches de películas o más bien maratones. Todavía recuerdo cuando J. me obligó a ver toda la saga de Star Wars. Sí, las seis películas con versión extendida. A las travesuras de mis hermanos haciendo la cama china a todos los que dormíamos en esa casa. A los paseos por la tarde con mi madre y a los de madrugada (9am) con mi padre que no le gustaba ver a su hija adolescente tumbada leyendo todo el día. A esos libros que sólo podía leer allí. 
Ahora, todo eso es un recuerdo. Ya no escucho crujir las escaleras y ciertamente nadie me persigue para ver sagas completas. Ya no tengo largas conversaciones con mi abuela. Ya no soy buena jugando al Mario Bros. Y lo peor de todo, me volví alérgica al gluten, por lo que esas mentadas pizzitas ya no están en mi menú de verano. 
Creo que extrañar ese olor, esas risas y esas tardes es parte de mirar al futuro y esperar cosas buenas. Podrá dar miedo, lo desconocido siempre atemoriza. Nada podrá no ser igual que esos días. El mañana podrá plantear inestabilidad. Pero un cambio, un paso hacia adelante, un mirar más allá… no hará que el pasado vuelva, sino que convertirá el presente en una nueva historia que contar, en unos cuantos años más. 
 


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