Oda al pop millennial
Oda al pop millennial

Oda al pop millennial

Opinión
|

Crónicas viajeras

.


Cuando tenía como 13 o 14 años me topé con un artículo que narraba la vida de un periodista. Su vida era como de un rock star, y yo quise, con todo el ímpetu de una adolescente, tener la vida que él tuvo. Entrevistas a gente interesante, cocteles con aceitunas, bailes con mujeres con guantes y una biblioteca tan grande como la de La Bella y la Bestia. Sí, sí, con escaleras y todo. También me encantó, más bien me enamoró, la Olivetti que tenía justo en medio de su despacho. 
 Y no sé por qué, asocié esa imagen, esa estética, ese estilo de vida, a la de una persona culta. Y obviamente, con cero premeditación y con la misma rapidez que me comía una caja entera de Frutiloopies, decidí que sería una “persona culta”.
Para ello, me senté en la mesa de la gente grande, leí libros con más de una sobreesdrújula en el título y escuché los vinilos que mi abuela tenía en su casa. Fue una época de mucho aprendizaje y mucha frustración porque… ¿qué niña de 14 años puede leer de un tirón la Metafísica de Aristóteles? Mi familia viendo Onda Vaselina y yo neceando con filosofía griega. 
No lo acabé. Pero vaya que lo intenté. Creo que llegué a tal punto de “payasez” que me compré un libro de un alemán que se titulaba La Cultura, todo lo que hay que saber. Me lo leí con un cierto sentido de culpa. Como si estuviera copiando en un examen. Como si quisiera irme por el camino rápido. 
Pues así seguí unos años. A modo jueza, separando lo que consideraba culto y lo que no. Lo clásico de lo pop. Lo de ayer y lo de hoy. Esto me generó un gran desconocimiento de lo que estaba pasando en mi época. En mis días. 
Pero mi estupidez, la de considerar arte a lo que lleva un siglo enterrado, acabó cuando empecé la carrera y unos profesores me presentaron el increíble placer de la cultura contemporánea. 
La que rompe esquemas. La que dice: “Eh, que lo que hizo la generación pasada está bien, pero yo he nacido para escribir una nueva página en este libro y las redundancias no me van”. 
Y me emocioné. Me volví fan de los 90 y los 2000. Vi por primera vez Star Wars y la música me encantó. Declaré mi amor a Disney. Bailé con el niño que me gustaba música pop y lloré con esas mismas canciones cuando me daba cuenta que le faltaban tres años de madurez.  
Pero lo que descubrí fue a no juzgar lo que una generación estaba en proceso de crear. Que a todos les guste lo que les gusta. Que todos pongan un renglón en la historia. Y el panorama se abrió considerablemente. 
Incluso pude interpretar con mejor tino lo que se producía en mis días porque, simplemente, yo vivía en esos tiempos y ¿quién mejor para interpretar algo que quien lo vive? 
Ahora, mi lista de spotify es tan variada que me podrían considerar una persona bipolar. Me entusiasma ir a conciertos con pocas personas y seguir la carrera desde el inicio de gente talentosa. Me gustan las galerías que no tienen la fecha de muerte del artista. 
Y, cuando pueda, me encantaría colgar de arte vivo las paredes de mi casa. Me entusiasma crecer con mi generación millennial. Y si me dejan añadir, creo que esta metáfora funciona en el arte, en la política, en el deporte, en la literatura. 
Sigo queriendo una Olivetti, obviamente, pero mirar el ayer y el hoy es igual de interesante. Y a pesar de que me guste la buena escritura, tengo más puntos de conexión con el Chingonario que con la RAE. 


Te damos respuesta en 48 horas y puedes disponer del dinero en menos de 10 www.premo.mx