En el Nombre del Arte XV
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Opinión
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Pareidolia. Una novela de Rosana Antolí.

Diseño: Grupo AM

¿Qué es real? Esa es una pregunta compleja, es más, es la pregunta más compleja del mundo ¡y de la historia también!. La filosofía le ha dedicado incontables páginas a lo largo de 3,000 años, y sin embargo diariamente, -de forma egocéntrica e irresponsable-, casi todos los seres humanos seríamos capaces de responderla en corto tiempo y sin pensarlo mucho: lo real es lo que creemos, lo real es lo que pensamos, lo real es lo que percibimos, lo real es lo que cada uno de nosotros entendemos por real.

Es por esta razón que entre psiquiatras, sociólogos y filósofos crearon el concepto de “nivel de realidad”. Según este concepto, las personas, de acuerdo a nuestras habilidades, capacidades, conocimientos, concepción del mundo y nuestra experiencia, podemos experimentar y entender la realidad desde distintas profundidades. Por ejemplo, para un niño, o un aborigen australiano, la luna es algo “suspendido” en el cielo. Para un esquimal, el hogar de Dios, los griegos determinaron que era un astro, y la astronomía moderna determinó que es un satélite. En otro nivel de realidad, este satélite, en un tiempo muy antiguo fue parte de nuestro planeta, y una colisión de proporciones cósmicas la convirtió en un una inmensa roca girando alrededor de la tierra. Por supuesto, desde el nivel de realidad de un psiquiatra, la luna es el astro responsable de el recrudecimiento de los problemas psicológicos y psiquiátricos cada vez que se presenta llena. Todos, desde el niño que mira  algo “suspendido” en el cielo, hasta el psicólogo, que sufre con las alteraciones de sus pacientes en los días de luna llena, todos, creen que tienen razón, y en gran medida, esto es cierto. Es cierto desde su nivel de realidad y ese nivel de realidad depende de la existencia entera de quien lo vive y lo experimenta.

Así que lo que es real para cada persona, tiene muy poco que ver con si tiene suficientes elementos para entenderlo como real, tiene también poco que ver con la lógica, y tiene mucho más que ver con su experiencia en la existencia humana, con quien es y con la particular historia que ha tenido. Y aún dentro de este  mar de incertidumbre visible, dentro de este ilógico, dentro de lo individual que puede representar la realidad, apostaríamos la vida a nuestra concepción personal de lo real, lo que nuestro sentido común nos indica. Es el ridículo más grande del mundo. Pero vivimos en él cada minuto de nuestra existencia.

Ahora bien, siempre ha sido difícil ponerse de acuerdo con lo real, pero nuestra época es un reto a toda concepción que haya podido tenerse sobre la realidad. Así como las novelas más complejas dan saltos argumentales donde lo que parecía ser, no es y lo que se miraba menos probable termina siendo realidad, al más puro estilo de Agatha Christie o de Alfred Hitchcock, así la realidad de nuestra época nos atropella y nos da una bofetada en cualquier momento. Con algo de astucia, el mensaje sería claro: Hay que tener cuidado con lo que nos parece real, es solo nuestro conjunto de prejuicios el que nos lleva a tener nuestras conclusiones, y las conclusiones (que solo son nuestras) las tomamos como la realidad, y solo por este hecho, deberíamos aprender a dudar de nosotros mismos todo el tiempo. Pero no lo hacemos. No, al contrario. En esta época, en la que por sentido común deberíamos cerciorarnos de lo que es real y de lo que no lo es antes de actuar, asumimos como reales las cosas más rápido que nunca.

Hay una frontera sumamente delgada entre lo que es real y lo que solamente nos parece real. De eso se trata la pareidolia, y la novela de Rosana Antolí con ese nombre, y de la que decidí  escribir el día de hoy.  

Todos hemos mirado algo que parecía un rostro donde el azar nos jugó una mala pasada, y tuvimos que voltear dos veces. Seguro que la experiencia dejó más de un escalofrío o en el mejor de los casos, nos reímos de nosotros mismos. Pero esa risa no llega para quien padece pareidolia, y no llega porque esa mala jugada de la mente es una realidad continua, es la reacción constante. Y de acuerdo a lo que propone Rosana Antolí, es una realidad cansina y agotadora, para algunos, incluso un suplicio que termina con las ganas de vivir.

En términos prácticos la pareidolia es una afección psicológica leve que se agrupa con el conjunto de psicopatías en las que la realidad del sujeto que la padece se ve alterada. Su nombre deriva etimológicamente del griego “eidolon” que significa figura, imagen o idea, y el prefijo “par” que puede significar “casi” o “junto” esto significa que las personas ven “casi imágenes”.

Para la psiquiatría, se define como un fenómeno psicológico consistente en que un estímulo recibido al azar, vago o aleatorio (que es habitualmente una imagen o un sonido) se percibe erróneamente como una forma reconocible. Quien la padece, mira rostros formados por la beta de un tronco, por las sombras de las paredes, mira figuras entre las nubes, o descubre formas entre las piedras. Escucha su nombre entre el bullicio de un bar, o cree escuchar que alguien dijo algo que nunca dijo. Quien que la vive, mira un mundo que constantemente produce un delirio erróneo: donde nada hay, mira una figura reconocible. Quien tiene pareidolia mira a diario una realidad alterada y construida, que une puntos que nada tienen en común.

Pareidolia, de Antolí es una novela gráfica. No podía ser creada de otra forma.  El Arte gráfico ha sido la principal vía de expresión de la autora. En dibujos en blanco y negro, con influencias musicales, literarias y cinematográficas, al más puro estilo de un cómic, y narrado desde una perspectiva íntima, en el breve espacio de una habitación ocurren monólogos delirantes en los que la protagonista habla con su pasado, con sus culpas, con sus arrepentimientos, con sus fobias y con sus tristezas. Todo parece todo. Todo asemeja a todo. La ropa de cama la mira, con ojos tenebrosos, en las sombras se aparecen los rostros de su pasado. En las paredes se forman sombras de rostros que le hablan, que la recriminan y que la hacen sentir culpable.

En la realidad en la que creemos, en lo que consideramos real, en ese espacio en el que nos sentimos confiados de nuestros sentidos y de nuestro sentido común, es que nos buscamos constantemente a nosotros mismos. Buscamos nuestra identidad en lo que miramos como real, para poder sentirnos reales también, y en la novela, la protagonista se busca también, busca resolverse, busca encontrar las respuestas a sus preguntas y preguntas que embonen en sus certidumbres: una mancha de café en la pared es un pasado amante con quien dialoga imaginariamente, un montón de ropa es ella de niña y una grieta en la pared será David Bowie. Pero Rosana Antolí nos engaña, parece que hable desde la locura, pero lo hace desde la lucidez. Desde una dolorosa lucidez.

Hay quien mira una nube en forma de dragón en el cielo. La pareidolia es un estado mental, un tipo de esquizofrenia en el que, quien la padece, mira un dragón en forma de nube, y no una nube en forma de dragón.

Nuestra mente está entrenada para intuir. Es un entrenamiento basado en miles de generaciones de seres humanos, en millones de generaciones de formas de vida que nos precedieron. Distinguir rápidamente una forma de un rostro que apenas alcanzaba a vislumbrarse en la oscuridad le brindaron a nuestros antecesores unos cuantos segundos de ventaja. Descifrar imágenes y sonidos le dieron una ventaja a su existencia, correr, actuar, atacar, y probablemente, gracias a esa aguda intuición, nosotros estamos aquí, leyendo esta columna.

Sin embargo, parece que hoy la pareidolia no le entrega ninguna ventaja a quien cuenta con ella. Quienes la padecen, tienen un estado de constante alerta, una excitación permanente que mantiene en angustia al cuerpo y a la mente. Y regresando al tema de la realidad, la pereidolia mantiene al que la padece en vilo, la realidad se mantiene cambiando todo el tiempo.

Si una persona tiene pareidolia conceptual, vive la dramática circunstancia de la paranoia. Está esperando confirmar lo que su intuición –o su fecunda imaginación- le indican. Una vez que un pensamiento se ha instalado en su persona, lo que encuentra día con día, aleatoriamente, es una confirmación del entramado que se ha creado, y al fin al, su realidad llega a estar tan lejos de la realidad en la que convive con otras personas, que es tomada por loca.

¿Por qué hablar de Pareidolia? Creo que nuestra sociedad vive una pareidolia colectiva. Creo que los niveles de realidad en los que convivimos han tenido tantas idas y vueltas en los últimos años, que nos dejaron en ese estado de neurosis y paranoia que comentaba.

Ayer resultó exonerada del proceso penal que la mantenía en reclusión, la lideresa sindical Elba Esther Gordillo. Ayer también se entregó la constancia de mayoría al nuevo Presidente Electo de nuestro país. Nuestra pareidolia conceptual nos llevó a unir estas dos ideas, haciéndonos creer que algo tenían en común. Es la paranoia. Porque no, nada tienen que ver estos hechos, es la costumbre de tener un sistema político corrupto y nocivo, es el temor de encontrar el dolo en quien gobierna.

Y así como quien padece celotipia busca encontrar en cualquier palabra y en cualquier hecho la confirmación de sus sospechas, o la protagonista de Pareidolia de Antolí se imagina rostros dibujados en las manchas de la pared, nosotros buscamos unir hechos que no tienen relación entre sí, para confirmar las sospechas que se crean en nuestras mentes.

Esta es la época de la razón. No de la reacción. Por ello no nos queda abusar de la intuición, y mucho menos ser abusados por ella viviendo episodios de pareidolia. Vale más pensar las cosas bien, que pensarlas mucho tiempo, que nuestro tiempo nos exige raciocinio, y unos segundos de ventaja ya no representan ningún beneficio.

 

Razonablemente: José Luis Ramos Ortigoza


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